Connect with us

La Firma

Cuando el socorro también se vuelve enemigo

Published

on

Hoy, después de una lluvia que colapsó más de 100 barrios, una máquina de Bomberos fue apedreada cuando iba a socorrer. ¿Qué dice esa piedra sobre nosotros? ¿Y qué revela sobre el Estado cuando la prevención solo llega con la tragedia?

Por: José D. Pacheco Martínez

Hace menos de una semana, Santa Marta vivía en clave de conmemoración. Las calles estaban llenas de luces, discursos, festivales, autoridades. Quinientos años de historia eran contados desde la alegría, la memoria y el orgullo. Se hablaba de resiliencia, de identidad territorial, de una ciudad que había sobrevivido a los siglos para mirarse al espejo con dignidad. Durante 15 días, se tejió una imagen de comunión: la ciudad celebraba con la frente en alto.

Pero bastaron tres horas de lluvia para que esa postal se rompiera.

El domingo 3 de agosto, un aguacero de 155 milímetros colapsó más de 100 barrios de Santa Marta. El agua bajó de los cerros como una sentencia, anegando casas, arrastrando motos, interrumpiendo la luz, inundando la ciudad más antigua de Colombia como si nunca hubiera aprendido a defenderse. La emergencia fue inmediata. Las instituciones, tardías.

Y en medio de esa tensión apareció el hecho más doloroso de todos: una máquina del Cuerpo de Bomberos fue atacada con piedras cuando intentaba llegar al corregimiento de Taganga para auxiliar a la comunidad. No era un incidente aislado. Era un síntoma. Era un mensaje crudo y feroz: el socorro también se ha vuelto blanco del rechazo.

¿Qué dice esa piedra sobre nosotros como sociedad? Dice que la alegría celebrada días atrás no alcanzó a reconstruir lo más elemental: el pacto de confianza entre comunidad e instituciones. Que mientras el centro aplaudía el aniversario, muchas periferias seguían sintiéndose abandonadas. Que el gesto de ayuda ya no es reconocido como legítimo, porque el dolor acumulado desdibuja incluso a los que no son culpables.

Y esa fractura no es solo emocional. Es estructural. Porque lo más grave no es que los bomberos hayan sido agredidos, sino que la emergencia los haya obligado a llegar tarde. Porque detrás del ataque está la historia de una gestión del riesgo que no previene, sino que aparece a recoger ruinas. Un sistema que no actúa antes del desastre, sino después. Que no alerta, sino que registra. Que no protege, sino que contabiliza.

El Ideam había advertido crecientes súbitas en los ríos Manzanares, Piedras, Córdoba y sus afluentes. El boletín existía. ¿Dónde estuvo la intervención preventiva? ¿Quién evacuó los sectores de mayor riesgo? ¿Quién canalizó o limpió las quebradas antes del aguacero? Nadie. Como tantas veces, la institucionalidad fue reactiva, no preventiva. Y en esa omisión florece la rabia que, tarde o temprano, se lanza —literalmente— contra cualquiera que lleve un uniforme.

Porque esa piedra, injusta y absurda, no solo rompió un vidrio. Rompió el mito de la ciudad reconciliada. Mostró que los fuegos artificiales no bastan para sanar un cuerpo urbano fracturado. Mostró que la esperanza no se decreta desde una tarima, sino que se construye en el barro, en la quebrada, en el socorro que llega antes de que todo colapse.

La emergencia no solo inundó calles. Inundó la ilusión de que celebrando se resolvía lo pendiente. La piedra lanzada al bombero no debe leerse solo como un delito, sino como una señal urgente de que algo esencial se ha perdido. Cuando el que ayuda se convierte en enemigo, el peligro ya no es la lluvia: es la descomposición del lazo social.

Santa Marta, que celebró su historia bajo la promesa de un futuro común, tiene hoy una tarea aún más urgente: restaurar el respeto por lo público, por el auxilio, por lo que nos cuida. No puede haber reconstrucción física si antes no hay reconstrucción ética. Y eso empieza por garantizar que el próximo camión de bomberos pueda llegar… sin miedo.