La Firma
De la política y lo político
Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez
La política, arte, disciplina, doctrina u opinión referente al gobierno de los estados, el instrumento, el medio. Lo político es el fin, el hombre. Es la política la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos, y también la actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos, es en esencia aquella que involucra la toma de decisiones en grupo y las relaciones de poder para la distribución de recursos o el estatus, siendo aspectos clave en ella la actividad de gobierno y gestión pública, la participación ciudadana y las relaciones de poder, siendo esencialmente una lucha como muchos la consideran, un combate, una guerra por el poder que permite a los individuos y a los grupos que lo detentan asegurar su dominio sobre la sociedad y obtener provecho de ello. Para otros, es un esfuerzo dedicado a impulsar la supremacía del orden y la justicia; asegurarse que el poder sirva a los intereses generales, con objetivos sociales claros. Sostienen los primeros, que sirve para mantener los privilegios de una minoría sobre la mayoría; y los segundos, que es un medio para realizar la integración de todos los individuos en la comunidad para crear la ciudad justa, de la que hablaba Aristóteles.
Actualmente, es esencial entender que aquellos que hacen la política –los hombres políticos, el Estado, las instituciones– asuman como fin primario aquello que constituye lo político –los ciudadanos, la comunidad–. Los Estados, el poder y las políticas se han olvidado de lo fundamental, de su razón de ser: el hombre. Los llamados de personas conscientes de lo que esto está produciendo se intensifican, cognición por la que se habla del establecimiento de valores que puedan aplicarse a una sociedad global, a partir de la reflexión interna, reconociendo como punto de partida nuestra falibilidad. San Agustín decía: “Quien reviste la lucidez, reviste la tristeza”; de ahí la importancia de entender igualmente que nos encontramos ante eventos mundiales, nacionales y locales que nos deberían llevar a una intensa reflexión, toda vez que no podemos ser ni comportarnos como entes que van caminando a trastabillas, desmembrados y alimentándose de sobras.
Personas muy peligrosas son aquellas que quieren rehacer la historia, desempolvando ritos anquilosados y poblar la historia con muertos, sin caer en la cuenta qué uno de los principales deberes como ciudadanos sería luchar contra lo por esencia opresivo y mal intencionado, que lleva a que la eficacia de los Estados se halle envuelta en una tormenta de egoísmos estúpidos y una visión brutalmente escasa.
Pavoroso es sobremanera, observar cómo personas de una gran miseria humana, pero con el poder que el Estado les proporciona, desencadenan una guerra, anteponiendo todo, incluida las vidas humanas. Bien cabe aquí citar a Erich Hartmann, as de la aviación alemana durante la Segunda Guerra Mundial y el piloto más exitoso en la historia de la guerra aérea, cuando expresó: “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian, se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero que no se matan”. No por algo, una gran mayoría de aquellos que han tenido la horrorosa experiencia de haber estado guerreando, se vuelven combatientes por la paz.
Enfrentar a la ciudadanía, dividiéndola a través de discursos ominosos, haciendo de la mentira, el engaño, la desinformación y tergiversación de hechos, los personajes principales de su aventura teatral, lleva a destruir una cultura ajena a la propia, dando como resultado una hecatombe que se empieza a sentir con el paso de los días. Igual opera para aquellos que aprovechándose de su poderío económico manipulan a la opinión pública con el único objetivo de anteponer intereses personalísimos exhibiendo la podredumbre de su interior. La educación y la cultura, fundamentos primordiales de una humanidad más “humana”, no existen para esos personajes sacados de historietas surrealistas.
Pareciera no interesar ya el vital y trascendente objetivo de educar, sino el “becerro de oro” haciendo de las suyas, lo que se ha cargado a la juventud, objeto central de una demagogia desenfrenada y mal intencionada, sin que se tenga en cuenta que el conocimiento de una causa pasa por el de la comprensión y que comprender es un proceso intelectual y racional, que permite apropiarse de una noción nueva y constatar su coherencia con rigor, proceso que necesita esfuerzo, cuestionamiento y autocuestionamiento, mantener la exigencia, hacer de la disciplina una virtud, en la certeza que la sociedad requiere alumnos y ciudadanos disciplinados, que investiguen a fondo causas para saber a quién defienden y dónde se encuentran situados,
Hoy es más fácil marchar, pintar carteles, muros paredes y tocar cláxones que leer e investigar las verdaderas causas y motivos de acciones, lo que resulta peligrosísimo en consecuencia, al no darnos cuenta de que quienes van estimulando la guerra lo hacen desde la retaguardia y en la comodidad de sus suntuosas residencias.
No debemos, podemos ni tenemos que olvidar que el contenido principal de la acción política es la preservación de la paz. No hay vida sin paz. La libertad, el ejercicio de la razón y del pensamiento es la finalidad de la política; de allí que cualquier análisis, relaciones, experiencias no deben perder de vista lo esencial, vale decir personas y comunidad.
