Editorial & Columnas
Coherencia vs coyuntura
La contienda interna del Centro Democrático no se mide solo en aspiraciones presidenciales, sino en la capacidad de recomponer rumbo. Cabal representa la coherencia programática y el liderazgo de oposición, mientras Uribe Londoño simboliza un mandato moral nacido de la tragedia.
Por: José D. Pacheco Martínez
El tablero interno del Centro Democrático parece mostrar una multiplicidad de precandidatos, pero buena parte de ellos responde a jugadas tácticas más que a un proyecto real de poder. Paloma Valencia, Paola Holguín y Andrés Guerra han oficializado sus aspiraciones presidenciales, aunque es claro que su estrategia pasa por retirarse en el momento preciso para no arriesgar su curul en el Senado. La presencia de estos nombres sirve para ganar visibilidad, negociar cuotas y asegurar espacios, pero difícilmente llegarán al final del recorrido.
A pesar de eso, el pulso de fondo se concentra entre dos figuras: Miguel Uribe Londoño y María Fernanda Cabal. El primero apareció como actor central tras la tragedia familiar que estremeció al país: el asesinato de su hijo, Miguel Uribe Turbay, el 11 de agosto de 2025, luego de un atentado perpetrado en Bogotá. Apenas semanas después, el padre anunció su precandidatura presidencial. Su ingreso a la arena política es inseparable de esa coyuntura dolorosa, lo que convierte su aspiración en un fenómeno marcado por la memoria y el mandato moral de la tragedia.
Uribe Londoño carga con un capital simbólico considerable. No solo por la muerte reciente de su hijo, sino también porque su familia ha sido golpeada de manera reiterada por la violencia: Diana Turbay, madre del joven asesinado y esposa de Uribe Londoño, murió en 1991 durante un fallido operativo de rescate tras su secuestro. Ese trasfondo otorga a su candidatura una voz legítima en asuntos de seguridad y orden, aunque también despierta la inquietud de si se trata de una plataforma de oportunidad más que de una construcción política orgánica en el seno del partido.
En contraste, la figura de María Fernanda Cabal no emerge de la coyuntura, sino de una trayectoria sostenida en el sector público. Desde su llegada al Congreso, se ha convertido en una de las voces más consistentes en defensa de las ideas fundacionales del Centro Democrático: la seguridad democrática, la economía de mercado con reglas claras y el fortalecimiento de la institucionalidad frente al avance del populismo. Su paso por la Cámara de Representantes y, posteriormente, por el Senado, ha estado marcado por debates duros sobre la implementación del acuerdo de paz, el modelo agrario y la política de seguridad. En esas discusiones ha representado la línea más fiel a la doctrina uribista.
Su rol como senadora ha estado acompañado por una labor constante de oposición al gobierno de Gustavo Petro. Cabal ha encabezado debates de control político sobre seguridad, migración, relaciones internacionales y economía, convirtiéndose en un referente de resistencia ideológica. Mientras otros sectores del uribismo han optado por matices o han buscado aproximaciones tácticas, Cabal ha sostenido un discurso de confrontación directa que, para sus seguidores, constituye una muestra de coherencia. Ese trabajo la ha proyectado como líder no solo del partido, sino de un sector de la opinión pública que encuentra en ella una voz clara frente a un gobierno que perciben como radical.
Este contraste define el verdadero dilema para la militancia. Uribe Londoño encarna la coyuntura: un liderazgo que surge de la tragedia y que se nutre de la solidaridad y del clamor por justicia. Cabal representa la coherencia: una trayectoria legislativa y doctrinal que se ha mantenido firme incluso cuando la política colombiana giró hacia la fragmentación. La primera opción puede atraer simpatías inmediatas, pero la segunda ofrece el anclaje programático que un partido en crisis de identidad necesita.
La salida eventual de Valencia, Holguín y Guerra despejará el panorama. Entonces la militancia deberá decidir entre la oportunidad que ofrece Uribe Londoño y la solidez que proyecta Cabal. El desenlace marcará el rumbo del Centro Democrático en la era pos-Uribe: si se opta por un liderazgo coyuntural, el partido corre el riesgo de diluirse en una suma de episodios; si se elige coherencia, tendrá al menos la posibilidad de recomponer un proyecto político con identidad clara.
Para que esa recomposición sea posible, se requerirá más que un nombre. Hará falta disciplina ideológica, arraigo en las bases y capacidad de tender puentes hacia sectores afines de centroderecha. Bajo esas condiciones, el respaldo del Centro Democrático y de sus militantes parece obvio. Y si bien no corresponde anticipar resultados, es evidente que dentro de la baraja de precandidatos hay figuras que cumplen mejor con ese perfil. Entre ellas, se encuentra quien ha hecho de la coherencia una bandera y del Senado una trinchera: María Fernanda Cabal.
