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Mis pequeños pero grandes hermanos panameños.
Hace poco, mientras veía imágenes del Canal de Panamá al amanecer, pensé en lo injusto que ha sido el mapa. No por su forma, sino por las jerarquías que impone. A veces el tamaño territorial parece determinar la atención que un país recibe en los titulares del mundo. Por eso solemos mirar a los países centroamericanos como piezas pequeñas de un tablero grande, olvidando que algunas de las decisiones más trascendentes para la humanidad han ocurrido en esos estrechos pedazos de tierra que unen océanos, culturas y destinos.
Panamá es uno de esos casos luminosos. Un país que, con menos de cinco millones de habitantes, administra con precisión quirúrgica una de las infraestructuras más importantes de la historia humana: el Canal. Un país que pasó de ser zona de influencia extranjera a símbolo de soberanía responsable. Y lo hizo sin guerras, sin gritos, sin romper, sino construyendo acuerdos, cultivando paciencia y demostrando que la diplomacia también puede mover montañas… o, mejor dicho, abrirlas para que los mares se encuentren.
Desde 1999, cuando asumieron el control total del Canal, los panameños no solo heredaron una obra monumental: la reinventaron. En 2016 la ampliaron con ingeniería y visión estratégica propias. Esa ampliación —una de las mayores intervenciones en infraestructura de América Latina— no solo permitió el paso de los enormes buques “neopanamax”, sino que colocó nuevamente a Panamá en la conversación global como nación innovadora, capaz y soberana.
Lo que más admiro, sin embargo, no es el concreto ni la ingeniería, sino la actitud. Panamá entendió que administrar el Canal no era un privilegio, sino una responsabilidad. Que el verdadero desafío no era abrir compuertas, sino abrir mentes: las de sus propios ciudadanos y las de un mundo acostumbrado a subestimar a los pequeños. La Autoridad del Canal de Panamá (ACP) se ha convertido en ejemplo internacional de buena gestión pública. En una región donde los escándalos y la ineficiencia son titulares, ellos han demostrado que la excelencia también puede ser latinoamericana.
Y más allá del Canal, Panamá es un espejo donde Centroamérica se ve y se proyecta. Es el corazón de un continente que late entre el Caribe y el Pacífico, que mezcla acentos, colores y raíces afroantillanas, indígenas e hispánicas. Es un país que ha hecho de la neutralidad una virtud y del mestizaje una bandera. Y eso, en tiempos de muros y nacionalismos, es una lección silenciosa pero profunda.
Mis hermanos panameños son pequeños solo en extensión, no en estatura moral ni histórica. Su ejemplo debería recordarnos que los países no se miden en kilómetros cuadrados, sino en la grandeza con que administran su destino. En un mundo donde la potencia se confunde con el ruido, Panamá enseña que también se puede ser poderoso desde la discreción, grande desde la eficiencia y trascendente desde la paz.
Por eso hoy escribo estas líneas con respeto y gratitud. Porque cada barco que cruza esas esclusas lleva no solo mercancías, sino también una metáfora: la de un pueblo que supo transformar su posición geográfica en posición moral.
Y eso, mis pequeños pero grandes hermanos panameños, los hace gigantes ante el mundo.
¿Tú qué piensas?
