La Firma
Pelea de Tigre con Burro Amarrao
Por: Amelia Cotes
Soy una mujer socialdemócrata. Desde siempre me han nombrado como mujer de izquierda, progresista; unos con admiración y otros intentando caricaturizarlo. Nunca me ha molestado. En mi familia y en mi propia historia hemos puesto trabajo, tiempo y convicción al servicio de causas que consideramos justas.
También soy una mujer cristiana. No por etiqueta religiosa sino por principios. Crecí creyendo que el amor al prójimo, la dignidad humana y la defensa del débil no son consignas sino deberes. Y muchas veces he amado más a otros que a mí misma.
No vengo del privilegio ni de las redes tradicionales del poder. No me formé desde la comodidad del centro del país ni financiada por oposiciones cómodas desde el extranjero. Me hice profesional y magíster con esfuerzo propio y cargando incluso deudas heredadas de la vida. Sin subsidios. Sin padrinos.
Por eso creí en el proyecto político del presidente Gustavo Petro.
Creí en la idea de un gobierno de la vida. Creí que quienes veníamos de territorio, quienes habíamos trabajado con víctimas, iglesias, comunidades y sectores históricamente excluidos, tendríamos un lugar no solo para llegar, sino para gobernar.
Y no me arrepiento de haber creído.
Porque solo en este momento histórico una mujer como yo —de base, defensora de derechos humanos, abogada— pudo llegar a dirigir la Dirección de Asuntos Religiosos y después la Dirección de Comunidades Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras del Ministerio del Interior.
Llegué agradecida, pero ejercí con autonomía. Gobernar no es conquistar cargos; es producir resultados. Y los resultados estuvieron ahí: capacidad ejecutiva, conexión con los territorios, ejecución presupuestal sobresaliente y una visión de gobierno que entendía que administrar también es una forma de transformar.
Hasta que fui mamá.
Y en este gobierno cometí el acto de permitirme ser nuevamente mamá.
En medio de la lactancia fui retirada del cargo por decisión del entonces Ministro del Interior, Juan Fernando Cristo. No ocurrió en el gobierno que combatíamos; ocurrió en el gobierno en el que creíamos. Ocurrió mientras impulsábamos procesos que considerábamos estratégicos para acercar el Estado a sectores históricamente ignorados, entre ellos avances en la relación institucional con las iglesias y el desarrollo del convenio de derecho público interno.
Y ahí entendí algo más incómodo.
Que muchas veces el problema no es quién llega al poder sino quién administra el acceso al poder.
Me resultó imposible ignorar una contradicción política que dolía: ver a Juan Fernando Cristo ejercer como Ministro del Interior de un gobierno elegido con una agenda de cambio y, al mismo tiempo, construir públicamente una identidad política de distancia con el petrismo, reivindicar una posición de “no petrista” mientras ocupaba uno de los cargos más determinantes del Ejecutivo. Ahora en su tierra de origen se evidenció que los votos de Abelardo superaran en más de 300 mil votos a Cepeda. O sea qué Cristo no fue profeta en su propia tierra.
Tal como dio puestos del Ministerio del Interior a sus paisanos opositores del Gobierno y crear puentes donde solo puede pasar el.
Y entonces apareció otra paradoja.
Hoy se presenta como articulador y conductor político alrededor de la candidatura de Iván Cepeda. Pero cuesta no preguntarse si el objetivo es construir una victoria colectiva o convertir esa campaña en una plataforma propia.
Porque una cosa es liderar un proyecto y otra usarlo como escenario.
Y ahí es donde muchos sentimos la fractura.
Nos pidieron creer en un cambio para terminar administrando lógicas conocidas: acuerdos desde arriba, reparto como método y el progresismo de base convertido en fuerza de carga.
Como los burros que cargan ladrillos para que otros inauguren la obra.
Duele más porque somos cristianos políticos en el sentido profundo: creemos en la dignidad, en la justicia y en la coherencia.
Por eso resulta simbólico que pareciera que sacaron el ejemplo de Jesucristo —el que se puso del lado de los últimos y cuestionó al poder— para poner en el centro otro Cristo: uno menos incómodo para el establecimiento, más útil para la negociación y más funcional para administrar el templo.
No hablo de fe. Hablo de símbolos.
Y ningún proyecto sobrevive cuando reemplaza la convicción por la conveniencia.
Yo sigo creyendo en transformar.
Pero ya no estoy dispuesta a romantizar el poder.
Porque cuando quienes sostuvieron el proyecto desde abajo terminan cargando el peso para que otros acumulen, ya no estamos frente a una contienda entre iguales.
Cristo anda montado en el burro. Ya no es Jaguar contra Tigre.
Ahora parece una pelea de Tigre con Burro amarrao.
