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Geopolítica Parroquial

Cuando el gringo pregunta por la cuenta

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El perfil de The New York Times no condena a Abelardo de la Espriella, pero le recuerda que la Presidencia convierte el pasado en asunto público.
Por Víctor Rodríguez Fajardo – El Man del Sombrero
En el Caribe sabemos que toda parranda tiene un momento incómodo: ese instante en que aparece alguien, mira las botellas vacías sobre la mesa y pregunta quién pagó el whisky. Eso, traducido al inglés y con acento de Manhattan, acaba de hacer The New York Times.
Cuando en Colombia todavía están repartiendo ministerios, acomodando escoltas y mandando a medir las cortinas de la Casa de Nariño, uno de los periódicos más influyentes del mundo apareció con una pregunta seca: Un momentico… antes de sentarse en la silla presidencial, ¿quién va a explicar algunas cuentas del pasado?
Y la sola pregunta bastó para que medio país saliera a pelear donde no era.
De un lado, aparecieron quienes presentaron el reportaje como la prueba definitiva de que Abelardo de la Espriella había sido “desenmascarado”. Del otro, quienes lo despacharon como una conspiración internacional de la izquierda global contra el nuevo presidente de Colombia. Como ocurre tantas veces, cada bando agarró el artículo por la esquina que le convenía, lo convirtió en munición y salió corriendo antes de terminar de leerlo.
Porque el reportaje dice cosas importantes. También deja preguntas abiertas. Y ambas cosas deben reconocerse.
Sí, recuerda que Abelardo defendió a Alex Saab. Sí, reconstruye su relación profesional con Jorge Luis Hernández, alias “Boliche”. Sí, menciona procesos, nombres, fechas y honorarios que ubican parte de su ejercicio legal alrededor de clientes y operaciones vinculados con redes financieras perseguidas durante años por las autoridades estadounidenses.
Pero el mismo texto reconoce algo decisivo: Abelardo de la Espriella nunca fue acusado formalmente ni condenado por las autoridades de Estados Unidos. Eso no es una nota al pie. Es el centro jurídico de la discusión.
En un Estado de derecho, un abogado no se convierte en delincuente porque su cliente lo sea. Si aceptáramos ese disparate, habría que cerrar la defensa penal y juzgar a los defensores por los delitos de quienes contrataron sus servicios. El derecho a la defensa no desaparece porque el acusado sea antipático, poderoso o socialmente indefendible. Al contrario: la solidez de la justicia se mide precisamente cuando garantiza ese derecho a quienes todo el mundo quisiera condenar antes del juicio.
Hasta ahí, el argumento es jurídicamente claro.
El problema comienza cuando ese abogado deja el escritorio, se quita la toga y pide el voto para convertirse en presidente de una nación que lleva más de medio siglo desangrándose por el narcotráfico.
Una cosa es ejercer la defensa. Otra muy distinta es aspirar a gobernar.
Cuando alguien solicita el poder máximo, su pasado deja de ser un álbum familiar. Se convierte en asunto de interés público. La prensa no solo tiene el derecho de levantar cada piedra: tiene el deber de hacerlo.
The New York Times lo hizo con documentos, testimonios y hechos verificables. Plantea interrogantes sobre el origen de determinados honorarios, la cercanía con “Boliche” y los ingresos obtenidos en ese mundo opaco. Pero investigar no es condenar. Sugerir una zona gris no autoriza a presentarla como delito demostrado. Esa frontera es fundamental.
También es legítimo preguntar: ¿por qué ahora? ¿Por qué este perfil aparece cuando Abelardo ya ganó y no cuando todavía competía? La oportunidad de una publicación también forma parte de su impacto político. Un reportaje puede contener información verdadera y, al mismo tiempo, aparecer en el momento escogido para producir el mayor daño posible. El buen periodismo no exige ingenuidad. Exige pruebas. Y la buena política no puede refugiarse eternamente en la teoría del complot cada vez que alguien pregunta por una cuenta vieja.
Ahora viene la parte verdaderamente delicada.
Abelardo ganó prometiendo mano dura contra el narcotráfico y recuperación del orden. A partir del 7 de agosto tendrá que demostrar que esas promesas pesan más que cualquier fotografía o episodio incómodo de su pasado. No podrá responder únicamente con indignación ni con discursos sobre persecución internacional. La respuesta más contundente será el Gobierno que construya, las personas que nombre y la independencia real con la que enfrente a quienes durante décadas han penetrado las instituciones colombianas.
La oposición no gobernará con el artículo de The New York Times. Pero sí intentará gobernar la conversación pública a partir de él. Porque en política la primera batalla casi nunca se libra por el poder. Se libra por el relato.
Durante los próximos meses, cada decisión de Abelardo relacionada con extradición, lavado de activos o política criminal será examinada a través del lente de ese reportaje. Es injusto, posiblemente. Pero también es previsible. Quien llega a la Presidencia no puede escoger qué parte de su biografía entra al Palacio y cuál se queda en la portería.
Mientras unos discuten si el artículo fue una emboscada periodística o una investigación necesaria, los colombianos siguen esperando respuestas sobre seguridad, economía, empleo y orden público. Esas respuestas no las escribirá The New York Times. Las escribirá el Gobierno. O las escribirá el fracaso del Gobierno.
En el Caribe hay un dicho que resume este episodio mejor que cualquier editorial neoyorquino: “El que vende pescado no puede ponerse bravo porque le pregunten si está fresco”.
Abelardo decidió dejar de ser el abogado de clientes difíciles para convertirse en el hombre más poderoso de Colombia. Con ese cargo llegan la banda presidencial, los honores y los aplausos. Pero también llegan las preguntas: las incómodas, las tardías, las interesadas… y las legítimas.
Eso no debería asustar a un presidente. Debería obligarlo a gobernar de tal manera que, dentro de cuatro años, lo que realmente pese no sea el expediente que revisaron unos periodistas en Nueva York, sino la cuenta que presenten los colombianos al terminar su mandato.
Porque cuando se apagan las luces, termina la parranda y llega la hora de pagar, el único perfil que importa es el que deja el poder cuando se va.
El Man del Sombrero escribe desde el Caribe colombiano sobre política, poder y las cosas que la gente dice en voz baja.