Editorial & Columnas
La historia de Mario y las vidas jóvenes que Medicina Legal registra
Mientras algunos barrios de Santa Marta imaginan futuro, otros apenas sobreviven al tránsito, la pobreza y el abandono institucional. La ciudad habla de progreso, pero son sus laderas las que muestran qué vidas protege y cuáles termina registrando, sin nombre, en sus reportes oficiales.
Por: José D. Pacheco Martínez
Viví en Alto San Jorge durante mis años de estudiante de Periodismo, en un espacio que la familia me adjudicó dentro de la casa: una habitación en una loma áspera, con la carretera a pocos metros y una vista directa a la curva que levanta y hunde la vida del barrio. Desde allí observaba la rutina del tráfico, la fragilidad de las casas, los rostros que se perdían entre polvo y brisa. En una misma línea visual cabían la precariedad del cerro, el bullicio del centro histórico, la línea de los techos en Pescaíto y el resplandor lejano de la playa de Los Cocos, donde se estaciona un estrato social que rara vez mira hacia la periferia.
Esa fue mi primera ventana hacia la desigualdad: una geografía visible desde la cama donde estudiaba para ser periodista. La segunda ventana era móvil: la de la buseta que tomaba cada mañana y cada tarde para llegar a clases. Allí, entre empujones, conversaciones a medias y silencios espantados por el reguetón del conductor, empecé a fijarme en un punto fijo del camino: una terraza abierta a la calle donde un muchacho cortaba cabello. Pelos al viento, radio encendido, tijeras rápidas. Esa terraza parecía más un escenario que un negocio; una extensión del barrio convertida en oficio. Era Mario.
No lo conocí de inmediato. Su figura formaba parte del paisaje, como una señal de tránsito que nadie menciona pero todo el mundo necesita. Un día fui, no por vanidad, sino porque el calor hacía insoportable seguir postergando un corte. Al llegar, un amigo en común remató la presentación con una frase que todavía escucho nítida: “Él estudia periodismo, te puede escribir un artículo.” Nos reímos los tres, porque en ese entonces yo acababa de publicar en una extinta revista dominical la crónica de un señor que picaba gravilla en un cerro vecino, día y noche, marcando con su martillo el pulso mineral del barrio.
Mario celebró ese texto como si encontrar belleza en la dureza fuese una obligación moral. Desde entonces dejé de verlo como “el peluquero de la loma” y empecé a reconocerlo como lo que era: un creador encerrado en una terraza sin techo formal. Su peluquería no era un cuarto ni un local; era un punto de encuentro. Conversaciones, historias, música, sueños baratos y caros. Mario improvisaba versos mientras motilaba, grababa videos en su celular, hablaba de canciones que quería sacar. No era un artista frustrado: era un artista emergente en un territorio donde el talento camina siempre al borde del abismo.
Allí entendí algo que la academia no enseña con tanta crudeza: en los barrios castigados, la creatividad no es adorno, es mecanismo de supervivencia. La gente inventa oficios, negocios, canciones, porque el Estado solo aparece en época electoral o en forma de patrulla. El resto del tiempo, la vida se sostiene a punta de ingenio y resistencia.

Por eso su muerte, años después, pegó como un golpe seco. Supe de ella por una nota corta: una moto, un choque, Santa Marta, un joven muerto. Nada más. En un país saturado de violencia armada, un accidente de tránsito parece un mal menor, un daño colateral del desarrollo. Pero en ciudades como la nuestra la carretera también mata y, a veces, mata más que las balas.
Las cifras oficiales lo ponen en claro. Según el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, entre enero y octubre de 2025 el departamento del Magdalena acumuló 837 muertes violentas: 528 homicidios, 192 muertes en eventos de transporte, 76 muertes accidentales y 41 suicidios. Una radiografía de territorio en disputa. De esas 837 vidas cortadas, 296 se quedaron en Santa Marta: 150 homicidios, 88 muertes en accidentes de transporte, 38 accidentales y 20 suicidios.
Ahí, en esa mezcla de disparos y choques, de riñas y curvas mal diseñadas, está la ausencia de Mario. No necesito el número exacto de su fila en la tabla de Medicina Legal para saber qué significa: otro joven de barrio consignado a una celda de Excel, otro cuerpo que la ciudad se saca de encima con un titular breve y un minuto de silencio que dura lo que tarda el semáforo en cambiar.
En Alto San Jorge se vive bajo un doble régimen de amenaza. Por un lado, la violencia visible: la posibilidad de una bala perdida, un robo que se complica, una vieja cuenta que se cobra con sangre. Por otro, una violencia que no sale en las fotos: calles sin iluminación, curvas peligrosas, transporte público saturado, motos como única opción para llegar puntual al trabajo o a la universidad. Si no te mata el conflicto, te puede matar el trayecto. Si no te dispara alguien, te atropella el diseño urbano.
La muerte de Mario es política porque obedece a decisiones políticas. No hubo sicarios, pero sí hubo vías mal planeadas, controles laxos, una ciudad que se ha preocupado más por la postal turística que por la seguridad de quienes sostienen la vida diaria. También es sociológica: confirma que en Santa Marta el origen geográfico pesa más que el talento. Nacer en Alto San Jorge, en Pescaíto o en cualquier ladera popular significa jugar todos los días una ruleta con múltiples casillas de riesgo.
A veces regreso mentalmente a mis dos ventanas. Desde la habitación veía el mapa completo de la desigualdad; desde la buseta veía la terraza de Mario como un pequeño santuario de dignidad. En esas dos imágenes está la ciudad que somos: una que exhibe el mar en folletos y otra que esconde sus muertos en boletines técnicos.
Escribo esta crónica para que Mario no sea solo un número más en esa contabilidad fría. Para que su terraza, ese escenario improvisado donde se cruzaban tijeras, risas y versos, no se disuelva en la estadística. Él tenía lo que tantas políticas públicas dicen querer promover: oficio, emprendimiento, cultura, arraigo. Lo que le faltó fue lo único que no depende de él: una ciudad dispuesta a proteger la continuidad de su historia.
Porque al final, eso es lo que duele: Mario no murió solo. Murió dentro de un patrón de mortalidad juvenil que Medicina Legal registra con rigor técnico, pero que barrios como Alto San Jorge sienten en carne viva. Cada cifra en esas tablas tiene familia, amigos, canciones pendientes, deudas por pagar, cuadernos a medio escribir. Cada nombre borrado nos hace un poco más pobres, aunque el PIB diga lo contrario.
Santa Marta no puede seguir aceptando que sus jóvenes se repartan entre la morgue y la estadística. Mientras haya terrazas como la de Mario —donde la gente canta, trabaja y sueña pese a todo— la ciudad tendrá una última oportunidad de redimirse. Pero esa oportunidad se agota rápido. El día en que esas terrazas se queden vacías, no será Medicina Legal quien nos lo recuerde: será el silencio.
