Editorial & Columnas
La universidad es el lugar correcto para equivocarse
Por: Gerardo Angulo Cuentas
Hace unas semanas retomé la “dictadura” de clases. Primer día, salones llenos, unos doscientos jóvenes se matricularon en mis cursos. Cada uno de ellos es como abrir un cuaderno nuevo: con expectativa, siento esa mezcla de ilusión y susto que nadie confiesa en voz alta. Cada semestre me pasa lo mismo: no veo matrículas ni códigos, veo vidas en construcción. Y entonces recuerdo algo que casi nadie les dice con claridad: la universidad es el lugar correcto para equivocarse.
Durante años les hemos repetido lo contrario. Que equivocarse es fracasar, que perder una materia es una tragedia, que una mala nota es casi un estigma. Sin darnos cuenta, hemos criado generaciones que prefieren no intentar antes que arriesgarse a fallar. Estudiantes que callan para no “quedar mal”, que repiten procedimientos para no innovar, que buscan la respuesta segura en lugar de hacer la pregunta difícil. Y eso, pedagógicamente, es un desastre.
Porque si uno lo piensa con calma, el error en la universidad es barato. Si te equivocas en una tarea, pierdes unos puntos. Si te equivocas en un examen, pierdes el examen. Si pierdes el examen, pierdes el corte. Si pierdes el corte, pierdes la materia. Y si pierdes la materia, la repites. Nada más. No te despiden, no quiebras una empresa, no dejas a nadie sin salario. Solo repites. Y repetir, aunque duela el orgullo, sigue siendo un lujo que el mundo laboral no ofrece.
Afuera la historia es distinta. Un error puede costarte un contrato, un proyecto o el empleo completo. Hemos visto profesionales brillantes quedarse sin trabajo por una mala decisión tomada bajo presión. Hemos visto empresas caer por no haber probado antes en pequeño. Por eso me preocupa cuando los estudiantes quieren graduarse sin haber fallado nunca. Salen con buenas notas, sí, pero con una fragilidad enorme frente a la frustración. Y la vida, tarde o temprano, siempre frustra.
Lo curioso es que el mundo de la innovación funciona justo al revés de lo que enseñamos en clase. Allí el error no es vergüenza, es método. Se habla de prototipos, de iteraciones, de ensayo y error. Se falla rápido y barato para no fallar tarde y caro. Basta mirar casos visibles: Elon Musk explotó varios cohetes antes de lograr que uno aterrizara con éxito; cada explosión fue un aprendizaje. Bill Gates lanzó productos que no funcionaron, tomó decisiones equivocadas y aun así construyó uno de los imperios tecnológicos más influyentes del planeta. Nadie llega lejos acertando siempre a la primera.
Por eso, en clase, cada vez estoy más convencido de que mi tarea no es solo enseñar fórmulas, modelos o teorías. Mi tarea es dar permiso. Permiso para intentar, para proponer ideas raras, para preguntar lo que suena obvio, para equivocarse sin miedo al ridículo. Prefiero mil veces un estudiante que falla cinco veces intentando algo nuevo que uno que saca cinco perfectos repitiendo lo que ya está hecho. El primero está aprendiendo a pensar; el segundo solo está aprendiendo a obedecer.
La universidad debería ser un laboratorio de errores controlados, un gimnasio emocional donde uno se cae sin romperse, donde el fracaso no te define, sino que te entrena. Aquí es donde se aprende a perder con dignidad, a levantarse, a corregir, a volver a intentar. Aquí se forma la piel gruesa que después protege en la vida profesional. Si no practicamos eso ahora, ¿cuándo?
Siempre se los digo casi como una provocación: equivóquense aquí, equivóquense mucho, equivóquense barato. Arriesguen en el proyecto, experimenten en el taller, pregunten en el examen, propongan soluciones imperfectas. Si algo sale mal, no pasa nada. Para eso es la universidad: para aprender antes de que los errores cuesten demasiado.
Tal vez esa sea, en el fondo, la verdadera función social de la educación superior, especialmente la pública: no fabricar estudiantes perfectos, sino personas valientes. Gente que entienda que el fracaso no es lo contrario del éxito, sino su materia prima. Porque si vamos a equivocarnos —y nos vamos a equivocar— mejor que sea aquí, donde el costo es bajo y el aprendizaje es alto. Después, la vida cobra intereses, y ahí, lo más seguro, que no tengamos segunda oportunidad.
¿Tú qué crees?
P.D. Si algún empresario quiere conversar no dude en escribirme Yo sé dónde tomar buen café.
