Connect with us

Editorial & Columnas

Poder: un calvario para la maternidad

Published

on

Por: Amelia Rocío Cotes Cortés

 

En esta Semana Santa, cuando el país se detiene para reflexionar sobre el sacrificio y el sentido de la dignidad humana, vale la pena mirar una realidad que muchas mujeres enfrentan en silencio: el camino de la maternidad en los espacios de alta dirección.

 

Un camino que, más que un ascenso, se parece a un viacrucis.

 

Existe una creencia extendida según la cual el acceso al poder reduce la vulnerabilidad. Que quienes alcanzan cargos de dirección cuentan con mayores garantías y autonomía. Pero en el caso de las mujeres gestantes y lactantes, esa idea no siempre se corresponde con la realidad. Las barreras no desaparecen. Se transforman.

 

En los niveles más altos, la discriminación rara vez es abierta. Opera de forma más sutil: en expectativas de disponibilidad absoluta, en dudas implícitas sobre el compromiso, en decisiones que no se explicitan, pero que terminan afectando trayectorias.

 

La maternidad, en este contexto, suele ser leída como una interrupción. Y con ella, aparece la primera estación de este camino: la exigencia. Se espera presencia constante, rendimiento continuo, una lógica de liderazgo que no reconoce los tiempos del cuerpo ni del cuidado.

 

La segunda estación es la duda. No se formula de manera directa, pero se traduce en exclusiones progresivas, en menor participación en decisiones, en cuestionamientos velados sobre la capacidad de quien materna.

 

La tercera es la pérdida. En algunos escenarios, la licencia de maternidad —que debería ser un periodo de protección— es interpretada como un tiempo sin trabajo efectivo. Bajo esa lógica, se excluye a mujeres de prestaciones como la bonificación de dirección. El mensaje, aunque no siempre explícito, es contundente: maternar tiene costo.

 

La cuarta estación es la negociación permanente. Lograr condiciones mínimas para el cuidado —horarios razonables, espacios para la lactancia, ajustes básicos— no es automático. Incluso en cargos de alto nivel, sigue siendo una lucha.

 

Y la quinta es la invisibilidad. Desde afuera se asume que el poder protege. Pero estas dinámicas no siempre dejan rastro formal, lo que las hace más difíciles de identificar y de corregir. El resultado es un modelo que, en la práctica, sigue castigando la maternidad. Esto no es un problema individual. Es estructural.

 

No basta con reconocer derechos en la norma. Es necesario garantizar que se materialicen en todos los niveles. Porque si ni siquiera en la alta dirección se logra proteger plenamente la maternidad, el mensaje hacia el resto de la sociedad es preocupante.

 

Las mujeres no deberían tener que elegir entre liderar y cuidar. La maternidad no puede seguir siendo el costo del poder. Y el Estado tiene la responsabilidad de transformar esta realidad, para no seguir crucificando mujeres.