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Geopolítica Parroquial

CRÓNICA DE UNA CAPITULACIÓN: El pacto de las sombras y el ocaso del caicedismo

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Por: Víctor Rodríguez Fajardo

En el Magdalena, la política de cúpulas acaba de chocar de frente con la realidad de las urnas.

Mientras los comunicados oficiales intentan adornar la renuncia presidencial de Carlos Caicedo y su adhesión a la campaña de Iván Cepeda como un “gran acuerdo de fuerzas progresistas”, desde las entrañas del Pacto Histórico se comenta una verdad mucho más pragmática, incómoda y dolorosa: Caicedo no llegó a la campaña de Cepeda como socio mayoritario ni como jefe natural de una fuerza decisiva. Llegó por la puerta de atrás, buscando salvar los restos de su honra política ante unas bases visiblemente menguadas.

El peso real del feudo: la tasa de los 50 mil votos

En la política parroquial, el poder no se mide por comunicados, fotos ni discursos épicos. Se mide por una sola cosa: la capacidad real de endosar votos.

Y, en ese mercado frío de la política, las acciones de Fuerza Ciudadana cotizan a la baja.

En los pasillos de la campaña presidencial de Cepeda, las cuentas no se hacen con romanticismo ideológico sino con calculadora en mano. La expectativa real sobre el caicedismo en el Magdalena no supera los 50.000 votos. Esa es la tasación cruda del antiguo feudo naranja.

No es un capricho. Es la lectura matemática del golpe electoral sufrido por Jorge Agudelo, ficha clave de Caicedo en las pasadas contiendas, cuyas cifras encendieron las alarmas sobre el verdadero alcance actual de una maquinaria que durante años se vendió como invencible.

A ese desgaste electoral se suma una fractura interna aún más letal: la distancia prudente, pero evidente, de la gobernadora Margarita Guerra, quien entendió que su gobernabilidad no podía seguir dependiendo del manoteo político de Caicedo y Rafael Martínez. Su movimiento no fue una traición; fue una liberación política. En beneficio propio, sí, pero también en beneficio de un Magdalena que ya había pagado demasiado caro el bloqueo, la camorra y la incapacidad de construir consensos.

El año pasado, Martínez y Caicedo no lograron siquiera ordenar a su tropa para sacar adelante un proyecto de superávit en la Asamblea. Frenaron iniciativas sensibles para el departamento. Margarita llegó, armó mayoría de 13 diputados y le aprobaron todo.

Ese dato, más que cualquier discurso, explica el nuevo mapa del poder.

La foto de los que sí están

La masiva asamblea capturada en la imagen adquiere ahora un significado completamente distinto. No fue un evento improvisado ni una simple demostración de entusiasmo. Fue la fotografía del Pacto Histórico real en el Magdalena: el de los liderazgos que han sostenido el proyecto desde el primer día, sin ambigüedades ni cálculos de última hora.

En la primera línea aparecen Fabio Manjarrés, Norma Vera, Felipe Hernández, Efraín Mojica, el bloque estratégico del grupo de Katime, los sectores leales a María José Navarro, Naylea Barros, Efraín Mojica, Vilbrum Tovar, los hermanos Cadena y, por supuesto, los amigos de Pica.

Ahí están los cuadros orgánicos, históricos y militantes de la convergencia nacional en la región. Ahí están los que tienen calle, estructura, contacto territorial y capacidad real de mover votos.

Están todos los que cuentan.

Menos Carlos Caicedo.

Y su ausencia no es un descuido de agenda. Es el síntoma visible de una campaña que lo fagocitó.

El Pacto Histórico en el Magdalena prefirió tomarse la foto con las bases y los mandos medios que realmente mueven el territorio, dejando claro que el respaldo de Caicedo es, por ahora, un acuerdo de papel: sirve para los micrófonos de Barranquilla, pero no altera el orden de los factores en la política parroquial del Magdalena.

El ocaso naranja

La paradoja es cruel: Caicedo, que durante años se vendió como dueño absoluto del progresismo en el Magdalena, terminó llegando tarde a una casa donde ya no lo estaban esperando.

Su adhesión no ordena la campaña. No redefine el tablero. No impone condiciones. Apenas intenta evitar que el derrumbe parezca derrota.

Pero la política tiene una regla implacable: cuando un jefe necesita explicar que todavía manda, es porque ya empezó a dejar de mandar.

A tres días de las elecciones, la geopolítica parroquial dictó su veredicto: mientras la publicidad inercial de Caicedo sigue flotando en las vallas como un fantasma del pasado, la realidad política avanzó sin él.

El poder real cambió de manos, de rostros y de método.

En el Magdalena, el caicedismo ya no camina como maquinaria invencible. Camina como recuerdo de una época que se está apagando.

Te acabaste, cabo e’ vela.