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Geopolítica Parroquial

Margarita decide el 2027: nadie gana solo en el Magdalena

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Por Víctor Rodríguez Fajardo, el chiflador de iguana de la política parroquial, aunque incomode a las torres del coronel.

El 2027 en el Magdalena y Santa Marta no se cocina como una elección normal; se teje a media voz, con sonrisas prestadas, teléfonos boca abajo y gente jurando que no está en campaña mientras ya pregunta por la última encuesta.

Aquí la política local se mueve bajo una ley vieja y cínica: el enemigo de mi enemigo puede ser mi fórmula, mi aval y mi financista. Los principios suelen llegar temprano a la reunión, pero casi siempre se van antes de que sirvan el café.

Hay que decirlo sin anestesia: nadie puede ganar solo en 2027. Ni el caicedismo con su épica, ni el petrismo con su bandera, ni el pinedismo con su Alcaldía, ni el abelardismo con sus salones, ni los tradicionales con su calculadora. El que salga solo, sale a perder bonito.

La elección no será de pureza. Será de amarres, pactos incómodos y repartos calculados. Y en medio de ese mercado de alianzas, una figura empieza a pesar más que muchos discursos: Margarita. No como adorno de tarima ni como ficha secundaria, sino como la bisagra del poder.

El caicedismo: fuerte, sí; invencible, ya no

Fuerza Ciudadana conserva estructura, marca, relato y una base disciplinada. No es un grupo de amigos con camisetas naranjas: es una maquinaria política con memoria y entrenamiento electoral.

Pero ya no está en su época dorada. El desgaste existe, la soberbia pesa, los nombres repetidos cansan y las torpezas de palacio, cuando se acumulan, terminan costando más que un enemigo bien organizado.

El caicedismo puede competir por la Gobernación y por la Alcaldía. Eso nadie serio lo discute. Pero repetir la hazaña de quedarse con los dos grandes tronos se ve lejano. Aquello fue una combinación especial de momento político, desgaste contrario, narrativa fresca, errores ajenos y viento a favor. Eso no se fabrica dos veces con el mismo molde.

Pretender repetirlo sería confundir un milagro electoral con una fórmula de Excel.

Petro y Caicedo: aliados por necesidad, rivales por vanidad

La única alianza realmente probable de la izquierda es el combo Petro–Caicedo. No porque se amen, se admiren o se tengan confianza. Todo lo contrario: se necesitan, pero se miran con recelo.

Comparten electores, enemigos y parte del lenguaje alternativo, pero no necesariamente mesa ni afectos. El caicedismo cree que el petrismo local no tiene suficiente músculo territorial. El petrismo cree que el caicedismo quiere tratarlo como invitado de segunda. Unos se creen dueños de la plaza; los otros, dueños de la bandera nacional del cambio.

Son aliados naturales por necesidad, pero rivales emocionales por vanidad.

En 2027 tendrán que sentarse a la misma mesa y tragarse sapos sin limón, porque separados se hunden. El petrismo aporta marca nacional, discurso y una bolsa electoral que no se puede despreciar, pero sin estructura territorial puede quedarse haciendo ruido. El caicedismo aporta recorrido, liderazgos y maquinaria, pero sin el petrismo corre el riesgo de quedarse hablando solo en una parte del electorado alternativo.

La negociación será brutalmente simple: “tú te quedas con la Gobernación y yo con la Alcaldía”. O al revés. O según diga la encuesta. O según quién tenga más hambre y menos pudor. No por amor. Por cálculo.

Pinedo y Abelardo: la otra mesa

Al frente se cocina el combo Pinedo–Abelardo, con los tradicionales sazonando el sancocho desde la cocina.

Pinedo tiene la vitrina de la Alcaldía actual, la administración y el Palacio de la 14. Abelardo representa otra fuerza: élites, sectores conservadores, discurso de orden y una derecha regional que no siempre grita, pero nunca llega tarde al reparto.

Juntos no vienen a fundar una escuela de pensamiento. Vienen a mirar cómo se reparten el mapa sin que la ambición les rompa la mesa.

El pacto puede ser igual de crudo: “yo me quedo con la Alcaldía y tú con la Gobernación”. O al revés, si las encuestas se ponen groseras.

Si controlan sus egos, ordenan candidato único y evitan las puñaladas tempranas, serán una fuerza poderosa. Pero si cada jefe llega con su aspirante, su fotógrafo, su lista de secretarías y su derecho divino a mandar, no será una coalición: será una pelea de gallos con membrete.

Y cuando el gallinero se alborota demasiado, el adversario ni siquiera tiene que pelear. Le basta con mirar.

SuperMargui: la bisagra territorial

Aquí aparece la verdadera pregunta de la elección: ¿dónde se para Margarita?

Margarita tiene algo que no se decreta en una sede política: conexión real con la calle. La gente siente que aparece, que camina, que atiende, que no mira desde el balcón. En una tierra donde muchos dirigentes saludan desde camionetas y prometen desde tarimas, parecer cercana no es un detalle: es una ventaja.

Si se queda en la izquierda, mantiene vivo el puente emocional del caicedismo con una parte del voto popular que no se mueve solo por ideología ni por maquinaria, sino por cercanía.

Pero si cruza la calle hacia Pinedo–Abelardo, el golpe sería durísimo. No sería una fuga más; sería una pérdida simbólica, territorial y emocional. El caicedismo perdería una cara amable. El petrismo perdería una posible bisagra popular. La izquierda quedaría más cerrada, más dependiente de sus jefes y menos conectada con la calle.

Porque Margarita no solo podría llevar votos. Podría llevar permiso moral. Podría decirle a una parte del electorado popular: “se puede votar por esta alianza sin sentirse traidor”. Y eso, en una elección polarizada, es dinamita fina.

Si Margarita cruza la calle, no cruza sola. Cruza con relato, afectos, barrios y la posibilidad de que otros crucen detrás sin agachar la cabeza.

El 2027 será de combos

La elección no será de partidos puros. Será una competencia de bloques: Petro–Caicedo contra Pinedo–Abelardo, con los tradicionales buscando la mejor silla y los liderazgos menores midiendo cuánto valen sus votos.

La izquierda enfrenta su dilema: unirse con quien le incomoda o perder con dignidad. La derecha enfrenta el suyo: ceder cuotas a tiempo o convertirse en una procesión sin santo.

En este tablero, Margarita es frontera. Si se queda con la izquierda, esta respira. Si se va con la derecha, la izquierda se achica. Si espera, encarece su valor. Ella puede convertir una alianza fría en una alianza votable.

Por eso hay que decirlo con el sombrero puesto: Margarita define la elección de 2027. No porque pueda ganar sola —nadie puede—, sino porque puede hacer ganadora a una coalición y dejar famélica a la otra.

Cuando nadie gana solo, el que define no siempre es el más grande ni el que más grita. A veces define quien presta el puente, quien permite el cruce, quien vuelve votable una alianza que hasta ayer parecía pecado.

Y en 2027, esa bisagra tiene nombre de mujer: Margarita.

P.D.

En el sonajero de la política parroquial ya ruedan nombres como Alvarito Méndez, Chofo Gómez, David Farelo, Joseline Azar, Pedro Gómez, Abraham Katime, María José Navarro, Fabio Manjarrez, Nene Pérez, Manuel Polo Florido, Rafael Martínez, Carlos Caicedo y Virna Johnson. Faltan los datos de otros municipios, donde también se cocinan aspiraciones, vetos, bendiciones y cuentas pendientes.

No todos serán candidatos. Algunos serán cartas de negociación, globos de ensayo o nombres puestos a circular para medir temperatura. Pero los centros de poder ya están activados. Tal vez quien termine siendo el ungido —o la ungida— todavía no lo sabe. O tal vez sí, y está haciendo lo que mejor se hace en esta política parroquial: negar en público lo que ya se conversa en privado.