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El puente que Santa Marta aún necesita.

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Por Ives Danilo Diaz Mena.

Las grandes ciudades no se construyen únicamente con megaproyectos. Muchas veces, son las pequeñas obras las que transforman la vida de miles de personas. En Santa Marta existe un ejemplo que pasa desapercibido para muchos, pero que quienes transitan diariamente por ese sector conocen de memoria: el antiguo puente peatonal de La Araña.

Durante años hizo parte del paisaje urbano y cumplió una función sencilla, pero esencial: permitir que las personas cruzaran con seguridad una de las zonas de mayor circulación vehicular de la ciudad.

Cuando fue retirado, seguramente existieron razones técnicas o urbanísticas que motivaron esa decisión. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que su ausencia también ha tenido consecuencias.

Hoy el panorama es diferente.

El flujo vehicular ha aumentado considerablemente. La movilidad en ese corredor es cada vez más compleja y cruzar la vía dejó de ser un acto cotidiano para convertirse, en muchos momentos del día, en un riesgo innecesario.

No son pocos los peatones que deben esperar largos minutos para encontrar un espacio entre los vehículos, exponiendo su integridad en un tramo donde la prioridad parece pertenecer exclusivamente a los automotores.

Pero el problema se hace aún más evidente cuando llegan las lluvias. Las aguas se acumulan, las calles se inundan y caminar deja de ser una opción sencilla. En medio de charcos mezclados con aguas residuales, muchos ciudadanos improvisan tablas, bloques o pequeños pasos para evitar mojarse.

Otros simplemente no tienen alternativa y terminan atravesando el agua, exponiéndose no solo a una caída, sino también a problemas de salubridad. Es una escena que se repite cada temporada invernal y que, con el paso del tiempo, terminó por normalizarse. Y ese quizás sea el mayor problema.

Nos acostumbramos tanto a convivir con las dificultades que dejamos de preguntarnos si podrían resolverse. El debate sobre la movilidad en Santa Marta suele concentrarse en grandes avenidas, intercambiadores o proyectos de alto impacto. Sin embargo, pocas veces dirigimos la mirada hacia las necesidades del peatón, que también hace parte de la ciudad y merece desplazarse con seguridad y dignidad.

Recuperar una infraestructura peatonal en este punto no debería entenderse como un gasto menor ni como una obra de poca importancia.

Sería una inversión en seguridad vial. En movilidad. En accesibilidad. Y, sobre todo, en calidad de vida.

Las ciudades modernas no se miden únicamente por la velocidad con la que circulan los vehículos. También se evalúan por la forma en que protegen a quienes caminan.

Santa Marta necesita seguir creciendo, pero ese crecimiento debe ponerse al servicio de las personas. Quizá ha llegado el momento de que la ciudad vuelva a preguntarse si ese puente que un día desapareció sigue haciendo falta.

La respuesta, para quienes cruzan diariamente ese sector, parece evidente. Escuchar esas voces también es una forma de planificar. Porque una ciudad verdaderamente humana no es la que construye más obras. Es la que construye las obras que su gente realmente necesita.

“Una ciudad avanza cuando caminar por ella deja de ser un riesgo y vuelve a ser un derecho.”