Geopolítica Parroquial
El espejo argentino
¿Les espera a Petro y Uribe el destino político de Cristina y Macri bajo el gobierno de Abelardo de la Espriella?
Por Víctor Rodríguez Fajardo
Argentina no es el destino inevitable de Colombia, pero sí su advertencia más cercana. Ambos países han atravesado ciclos de polarización, frustración social y desgaste institucional que terminaron debilitando a sus fuerzas tradicionales y despejando el camino para liderazgos disruptivos de derecha.
El paralelismo, sin embargo, no puede convertirse en una comparación de brocha gorda. Gustavo Petro no es Cristina Fernández de Kirchner, Álvaro Uribe no es Mauricio Macri y Abelardo de la Espriella tampoco es una copia tropical de Javier Milei. El parecido no está en la identidad de los protagonistas, sino en la función que cumplen: una izquierda que sale desgastada del poder, pero conserva una base fiel; una derecha tradicional que pierde el monopolio de la oposición; y un outsider que convierte la rabia ciudadana en votos y luego intenta desplazar a quienes le ayudaron a llegar.
No estamos ante dos tableros idénticos, sino frente a un espejo deformado en el que Colombia podría empezar a reconocer algunos rasgos de su futuro.
Cristina y Petro: gobernar desde el banquillo
Cristina y Petro representan izquierdas populares, movilizadoras y personalistas. Ambos construyeron sus liderazgos confrontando a las élites económicas, reivindicando a los sectores excluidos y ampliando el papel del Estado. También establecieron una relación emocional con sus seguidores que sobrevive a los malos resultados, los escándalos y las derrotas.
Pero las diferencias son profundas. El kirchnerismo tiene más de dos décadas de organización territorial, gobernadores, intendentes, sindicatos y operadores electorales. Esa estructura demostró su solidez cuando, en diciembre de 2022, Cristina fue condenada a seis años de prisión e inhabilitación perpetua por administración fraudulenta —y el kirchnerismo respondió llevando a Sergio Massa al 36,6% en la primera vuelta de 2023. La condena no desintegró el movimiento; en ciertos sectores, lo cohesionó.
El petrismo, aunque superó los ocho millones y medio de votos en la primera vuelta de 2022 y los once millones en la segunda, continúa dependiendo mucho más del liderazgo de Petro. Las divisiones del Pacto Histórico y las disputas entre sus aliados revelan una coalición menos cohesionada de lo que su votación sugiere. El kirchnerismo demostró que puede sobrevivir electoralmente a Cristina. El petrismo todavía no sabe si puede sobrevivir a Petro.
Los escenarios judiciales tampoco son equivalentes. Cristina fue condenada por hechos específicos examinados durante años con pleno acceso a la defensa. Petro sale de la Presidencia rodeado de investigaciones relacionadas con la presunta financiación irregular de su campaña —caso en el que su propio hijo Nicolás Petro fue condenado— y con actuaciones de su gobierno cuyas responsabilidades deberán determinar las autoridades competentes.
No existe una condena anticipada, pero sí un peligro político: una sucesión de procesos puede limitar la movilidad de un dirigente con mayor eficacia que una derrota electoral. Cada citación será presentada por sus seguidores como persecución; cada protesta en su defensa, por sus adversarios, como presión contra la justicia. Petro podría terminar atrapado en una paradoja: restringido jurídicamente, pero fortalecido simbólicamente.
Su decisión será crucial. Puede convertir cada investigación en una convocatoria permanente a la resistencia o emplear su capital político para construir una oposición con propuestas sobre empleo, seguridad, energía y reforma del Estado. Una izquierda que solo exista para resistir a De la Espriella dependerá de los errores del Gobierno. Una izquierda que se organice como alternativa podría aprovecharlos para regresar al poder. Cristina eligió la resistencia simbólica y conservó su centralidad desde el banquillo; sacrificó con ello la posibilidad de construir una oposición capaz de gobernar. Petro tiene esa misma encrucijada por delante.
La autonomía judicial será determinante. Un proceso adelantado con pruebas y garantías tendría legitimidad. Una revancha disfrazada de justicia convertiría a Petro en mártir y podría reunificar al petrismo. Al Tigre no le conviene regalarle a su adversario la jaula dorada de la persecución.
Macri y Uribe: cuando el heredero desplaza al padrino
Macri y Uribe tampoco son equivalentes. Macri representa una derecha empresarial, metropolitana y tecnocrática. Uribe encarna un liderazgo popular, territorial y doctrinario levantado alrededor de la seguridad y la autoridad. Durante dos décadas no solo dirigió un partido: ordenó buena parte del sistema político colombiano.
Ambos, sin embargo, enfrentan una desgracia común: la derecha que ayudaron a construir empezó a caminar sin pedirles permiso.
La inflación del 53,8% registrada en 2019 —el año de su derrota— selló el fracaso del gradualismo de Macri y agotó la promesa de una gestión técnica y ordenada. Cuando Milei apareció prometiendo acabar con la «casta», sectores del macrismo lo respaldaron para impedir el regreso del kirchnerismo. El cálculo funcionó, pero la factura llegó pronto: La Libertad Avanza recibió dirigentes, votos y capacidad legislativa del PRO y luego ocupó buena parte de su espacio político.
Macri ayudó a montar el León y terminó corriendo detrás de él.
Uribe puede encontrarse ante una situación semejante. Sus prolongadas controversias judiciales, las derrotas electorales y las dificultades del Centro Democrático para renovar su narrativa abrieron un vacío que De la Espriella supo ocupar. El triunfo del Tigre no significa la extinción del uribismo. Significa algo más inquietante: la derecha colombiana comprobó que puede ganar bajo otro apellido, otro símbolo y otra conducción.
De la Espriella necesitó los votos y parte de la estructura uribista para ampliar su coalición, pero una cosa es recibir la bendición y otra aceptar tutela. El presidente electo no parece prepararse para administrar una herencia ajena, sino para fundar una hegemonía propia. La verdadera disputa ya no es por la Presidencia, sino por quién mandará en la derecha durante la próxima década.
Uribe deberá escoger entre convertirse en patriarca honorario, conservar al Centro Democrático como fuerza autónoma o confrontar al nuevo gobierno cuando considere amenazado su legado. El «destino Macri» no sería desaparecer, sino pasar de dueño de la derecha a referente histórico; de repartir las cartas a descubrir que también puede convertirse en una de ellas.
Para un caudillo acostumbrado a ordenar la baraja, no hay retiro más amargo que terminar pidiendo turno en la mesa que antes controlaba.
El León, el Tigre y los límites
Milei y De la Espriella comparten notoriedad mediática, marcas personales y capacidad para transformar el descontento en combustible electoral.
Uno rugió contra el Estado; el otro contra el desorden.
Milei llegó con una doctrina económica radical: reducir el gasto, desregular, privatizar y achicar el Estado. Esa coherencia tuvo un costo social severo —la pobreza trepó al 52,9% en el primer semestre de 2024 según el INDEC, antes de iniciar una recuperación parcial— pero le permitió sostener una narrativa sin contradicciones internas evidentes. De la Espriella propone una combinación más compleja: liberalismo económico, conservadurismo moral, nacionalismo y fortalecimiento del poder coercitivo estatal. Reducir burocracia puede ser compatible con la austeridad, pero ampliar las capacidades militares, policiales, penitenciarias y de inteligencia cuesta dinero. El Tigre deberá demostrar que la «Patria Milagro» tiene presupuesto y método, no solamente voz gruesa y buenos reflectores.
Ambos comparten, además, una vocación refundacional. No se presentan como administradores, sino como fundadores de una nueva época. El peligro comienza cuando confunden una victoria electoral con una escritura pública sobre el país.
Milei descubrió que la motosierra también necesita Congreso, gobernadores y jueces. De la Espriella enfrentará su prueba cuando una corte frene un decreto, el Congreso bloquee una reforma o un organismo internacional cuestione su política de seguridad. Allí tendrá dos caminos: negociar dentro de las instituciones, como Milei se vio forzado a hacer, o aproximarse al modelo de Bukele en El Salvador, donde la concentración progresiva del poder erosionó los contrapesos sin producir una ruptura formal inmediata. Colombia tiene instituciones más robustas que El Salvador, pero la democracia que se desgasta sin romperse formalmente es la más difícil de detectar y la más costosa de revertir. La diferencia entre autoridad y autoritarismo se conocerá cuando el poder encuentre un límite y el Tigre decida si lo respeta o pretende saltárselo.
Un espejo, no una condena
Colombia no está condenada a repetir a Argentina. Petro puede quedar condicionado por sus frentes judiciales sin terminar como Cristina. Uribe puede perder la hegemonía sin desaparecer como Macri. Y De la Espriella puede compartir la teatralidad de Milei sin derivar hacia una concentración de poder al estilo Bukele.
Pero todos deberán decidir.
Petro, entre organizar una oposición programática o convertir cada investigación en resistencia. Uribe, entre bendecir al heredero, disputarle el mando o contemplar cómo la derecha aprende a caminar sin él. De la Espriella, entre gobernar dentro de las instituciones o intentar someterlas a la voluntad de la «Patria Milagro».
La pregunta no es si Colombia copiará el libreto argentino, sino quién entenderá primero la advertencia.
Argentina ya mostró cómo un outsider puede devorar políticamente a quienes lo ayudaron a llegar, mientras la antigua izquierda conserva centralidad desde el banquillo judicial.
Ahora Colombia entra en su propia escena.
El León ya rugió. El Tigre acaba de conquistar el palacio. Falta saber quién terminará enjaulado y quién descubrirá, demasiado tarde, que entregó las llaves.
