La Firma
El día que Colombia cambió de piloto y el avión siguió igual
Petro salió de la Casa de Nariño, Abelardo juró en Cali y la ESSMAR volvió a Santa Marta con sus pasivos y una historia de administraciones que cambiaban, en promedio, cada seis meses. Cambiaron los nombres. Los problemas siguieron sentados en primera clase.
Por Víctor Rodríguez Fajardo, el Man del Sombrero con Filo
Siéntese. O párese si está en el bus, que igual el que va pa’ Pivijork no arranca.
El viernes 7 de agosto de 2026, Colombia hizo lo que mejor sabe hacer: cambiar todo para que nada cambie.
Nuevo presidente, mismo hueco en la vía. Nueva cara, misma factura de servicios. Distinto nombre en el Palacio, mismo bolsillo vacío en el barrio.
El avión no cayó. Tampoco corrigió el rumbo. Siguió haciendo ese ruido que llevamos tantos años oyendo que ya creemos que es de fábrica.
El comandante salió del Palacio
Cerca del mediodía, Gustavo Petro recogió sus corotos, sus sueños de revolución y sus cuatro años de tuits incendiarios, y abandonó la Casa de Nariño.
Pronunció unas “breves palabras de despedida”.
Breves. BREVES.
El hombre que podía hablar tres horas sobre el agua y terminar explicando el origen del universo se despidió antes de que a Colombia se le acabara la batería del celular. Eso sí fue histórico.
Los uniformados lo despidieron firmes y callados. El protocolo permite decir “hasta aquí llegamos” sin mover un músculo de la cara.
Aunque siguió siendo presidente hasta la posesión de su sucesor, la imagen era contundente: Petro ya iba de salida y el nuevo piloto todavía no había tomado los controles.
Mientras Bogotá cerraba una puerta, Santa Marta esperaba que le devolvieran otra.
Petro cumplió, pero en tiempo de reposición
En el último día del Gobierno Petro, la Superservicios dejó firmada la resolución que puso fin a la intervención de la ESSMAR y ordenó devolverla al Distrito.
Hay que decirlo sin mezquindad: Petro cumplió.
Lo hizo cuando el árbitro ya tenía el silbato en la boca, pero el gol en el minuto 90 más cinco también sube al marcador.
La ESSMAR no regresó sola.
Volvió con sus pasivos, obligaciones, procesos y contratos en ejecución que ahora deberán revisarse con lupa.
Traducido del idioma burocrático al samario: devolvieron la empresa, pero también devolvieron las cuentas.
Llegó como una nevera usada: entregaron las llaves, el manual incompleto y las facturas atrasadas. La enchufamos y todavía no sabemos cuánto costará quitarle el ruido.
No confundamos la devolución de la nevera con haberla reparado.
Acabamos de aplaudir la entrega de una empresa de agua endeudada y con contratos pendientes de revisión como si fuera un logro extraordinario.
Sí. Eso somos. Sigan.
La puerta giratoria con recibo de acueducto
La intervención comenzó en noviembre de 2021 y terminó en agosto de 2026: casi 57 meses. Durante ese periodo pasaron diez responsables entre agentes titulares y encargos transitorios.
Haga la división: aproximadamente 5,6 meses por administración. En la ESSMAR cambiaban de conductor, en promedio, cada seis meses.
Algunos alcanzaron a presentar planes. Otros apenas debieron alcanzar a preguntar la clave del wifi.
David Millán Orozco duró cerca de 24 horas. Cuando todavía debía estar averiguando dónde quedaba el baño, ya lo habían relevado.
Hubo funcionarios que permanecieron menos tiempo en la gerencia que algunos usuarios esperando respuesta en la línea de atención.
Eso no es estabilidad institucional. Eso es una puerta giratoria con recibo de acueducto.
Los sindicatos no eran materas
Y aquí no vamos a jugar a los bobos.
Ninguna resolución dice que un agente salió por presión sindical. La burocracia rara vez confiesa quién empujó la silla.
Pero quienes cubrimos el gobierno local sabemos que los tres sindicatos de la ESSMAR tuvieron interlocución, capacidad de presión e influencia durante el Gobierno Petro. No fueron espectadores.
¿Fueron responsables únicos de cada relevo? No está demostrado.
¿Fueron irrelevantes? Tampoco.
No estoy hablando de delito. Estoy hablando de poder.
Y el poder no deja de existir porque no aparezca firmado en una resolución.
Cure, CAPICU y la prueba del grifo
Después de ese desfile quedó Abraham Cure.
Conoce el oficio. Pasó por Metroagua durante el periodo de los españoles, estuvo en la ESSMAR intervenida y vio entrar y salir a buena parte de quienes ocuparon la silla.
Eso no lo santifica. Pero le quita el derecho a decir que no sabía dónde se estaba metiendo.
Según información extraoficial conocida por esta columna, Cure cuenta con el respaldo del alcalde Carlos Pinedo Cuello para continuar al frente de la empresa.
Pinedo, para la calle samaria que lo conoce desde niño, es CAPICU: las iniciales de Carlos Pinedo Cuello convertidas en apodo mucho antes de que llegara a la Alcaldía.
Pero la garantía principal no puede ser para CAPICU, los sindicatos, los contratistas ni quienes ya aspiran a repartirse la empresa recuperada.
La garantía tiene que ser para el grifo.
Pinedo prometió solucionar el problema histórico del agua potable y el alcantarillado. Luego pidió que le devolvieran la ESSMAR. Petro cumplió y se la entregó.
Desde ahora, cada día sin agua será menos herencia y más responsabilidad propia.
La pelota es tuya, CAPICU.
Y Cure tendrá que demostrar que su mayor talento no era atravesar una decena de administraciones y seguir de pie, sino hacer que el agua llegue limpia, suficiente y constante a los barrios.
Porque Santa Marta no toma hojas de vida.
Santa Marta toma agua.
El Estado funcionó. La disfunción también
Entre la salida física de Petro de la Casa de Nariño y el juramento de Abelardo en Cali no hubo vacío constitucional.
Hubo varias horas sin fotografía del poder: el saliente ya había abandonado el Palacio y el entrante todavía no había tomado posesión.
¿Y qué pasó?
Nada diferente a lo de siempre.
El hueco siguió en la vía. El bus llegó tarde. La EPS puso música de espera. En alguna oficina pública alguien firmó un documento que mañana jurará no haber leído.
Puede verse como fortaleza institucional. También como una verdad incómoda: ni siquiera un cambio presidencial interrumpe nuestra rutina de ineficiencia.
El Estado funcionó. La disfunción también.
Abelardo tomó los controles
A las 4:30 de la tarde, en Cali, Abelardo de la Espriella juró como presidente de la República en la Arena USC.
El abogado caribeño. El del pelo en su sitio, la corbata recta y el tono de quien parece presentar un alegato final incluso cuando pide un café.
Buena suerte, doctor. De verdad. Sin sarcasmo.
Bueno, con el poquito indispensable para vivir en Colombia.
Abelardo recibe un país que lo mira como el pasajero que quiere confiar en el nuevo piloto, pero primero revisa dónde queda la salida de emergencia.
La mirada colombiana por excelencia: la del que quiere creer, pero ya aprendió a no apostar.
Petro puede decir que entregó la ESSMAR. Pinedo puede celebrar que la recuperó. Cure puede mostrar experiencia. Abelardo puede estrenar banda, gabinete y discurso.
Pero la nevera sigue enchufada haciendo ruido. Y hasta que no enfríe bien, todo lo demás es protocolo.
El agua tiene que llegar a Santa Marta. El avión tiene que avanzar en Colombia. Y desde ahora cada ruido del motor será responsabilidad del nuevo piloto.
Porque para funcionar mal, Colombia no necesita presidente. Para funcionar bien, Abelardo tendrá que demostrar que cambiar de piloto servía para algo.
