Connect with us

La Firma

DEL HONOR AL MANOSEO

Published

on

HONORIO LE PUSO LA BANDA Y LE MARCÓ LA CANCHA

En Santa Marta discuten sus votos; en el Congreso nadie discute el peso de su palabra. Esa distancia explica su poder y la cuenta que el Caribe puede cobrarle.

Por Víctor Rodríguez Fajardo, El Man del Sombrero

Honorio Henríquez llegó a la Presidencia del Congreso rodeado de una solemnidad merecida. No es poca cosa que un samario ocupe esa dignidad y, desde allí, imponga la banda presidencial a Abelardo de la Espriella.

Pero en el Caribe la solemnidad dura apenas hasta que aparece la memoria.

Aquí pasamos rápidamente del honor al manoseo, no por irrespeto, sino porque todos nos conocemos demasiado. En la calle samaria, donde los elogios suelen venir con un puñalito escondido, la frase que más se escucha es esta:

—Lo leyó muy bien.

Es un elogio con veneno.

Nadie discute la calidad del discurso. Lo que la calle examina no son las palabras, sino la historia del hombre que las pronunció.

Y a Honorio lo conocemos.

Por eso esta columna tiene una regla sencilla: escuchar al presidente del Congreso con respeto, pero leer al dirigente político con memoria.

El discurso y la calle

Honorio no se limitó a recibir al nuevo Gobierno. Describió un país con inseguridad agobiante, cuentas fiscales críticas, soberanía energética comprometida, narcotráfico, minería criminal, salud devastada y corrupción.

Pero no se quedó recitando desgracias desde el atril.

Llevó el discurso hasta la Colombia que, mientras en Cali veía cruzar una banda presidencial, cruzaba los dedos para conseguir una medicina, evitar el reclutamiento de un hijo o abrir un negocio sin pagar extorsión.

Ahí estuvo su mayor virtud: conectó la ceremonia con la calle.

Dijo que la paz no se decreta, sino que se construye cuando la educación abre oportunidades, la salud atiende a tiempo, el campesino trabaja sin miedo y el Estado llega antes que el fusil.

Recordó que el adversario político no es el enemigo y rindió homenaje a Miguel Uribe Turbay. Fue el momento más humano de la intervención.

Honorio levantó, además, la vara con la que ahora habrá que medirlo: lo público no es un privilegio; representar no basta si no se responde; ocupar un cargo no alcanza si no se entregan resultados.

El discurso fue bueno.

Ahora falta que la gestión no se le quede por debajo.

Cooperación sí, subordinación no

El corazón político de su intervención estuvo en la advertencia, serena pero inequívoca, al presidente que acababa de posesionar.

Henríquez pidió un “consenso por Colombia”, respetando el pluralismo y la identidad partidista. Advirtió que siempre aparece alguien recomendándole al nuevo Gobierno debilitar las colectividades para asegurar la gobernabilidad e imponer la voz oficial, camino que fortalece el caudillismo.

Eso no fue protocolo.

Fue una raya en el piso.

Honorio llegó a la Presidencia del Senado después de derrotar por 56 votos contra 45 a Alfredo Deluque, la opción preferida por el Gobierno entrante. Antes de ponerle la banda a Abelardo ya le había demostrado que no tenía el Congreso en el bolsillo.

Por eso su llamado al consenso sonó a declaración de autonomía:

Cooperación sí. Subordinación no.

Y ahí comienza la realpolitik.

El Plan Nacional de Desarrollo, la reforma tributaria, el Presupuesto de 2027 y buena parte de las medidas del ajuste fiscal y de la agenda de Abelardo pasarán por el Congreso que preside Honorio.

Los partidos pueden negociar una agenda, pero no rematar el Estado por cuotas. El Gobierno puede construir mayorías, pero no convertir a las colectividades en una venta de repuestos donde se compra congresista por congresista.

Porque negociar una agenda no es lo mismo que negociar el Estado.

La advertencia también obliga a Honorio. Defender a los partidos no puede significar defender sus apetitos; preservar la autonomía del Congreso no puede convertirse en bloquear por bloquear; construir consenso no supone apagar a la oposición.

Su presidencia deberá evitar dos extremos: un Congreso arrodillado ante el Gobierno y otro dedicado a cobrarle cada voto.

El poder que no aparece en el tarjetón

En la parroquia existe una caricatura que Honorio conoce de sobra.

Después de tres periodos, algunos siguen llamándolo “senador sin votos”. Según esa caricatura, su cercanía con Álvaro Uribe le basta para encontrar sitio en la lista.

La frase tiene crueldad parroquial, pero cuenta apenas la mitad de la historia.

Mientras se desarrollaba la elección del presidente del Senado, un exsenador me explicó la otra mitad:

—En Santa Marta pueden decir que Honorio no tiene votos y que se elige porque es el más cercano a Uribe. Pero aquí goza de credibilidad. Es prenda de garantía porque siempre cumple lo que promete.

Ahí está una parte de su poder que no aparece en el tarjetón.

La confianza de Uribe puede explicar su lugar en una lista. No explica, por sí sola, los 56 votos en el recinto.

Honorio construyó otra moneda: la palabra.

Y en una corporación donde los acuerdos cambian entre el ascensor y el salón de sesiones, ser considerado confiable no es una virtud decorativa.

Es poder.

Otro congresista terminó de dibujarme esa influencia. Le pregunté quién sería el próximo contralor general.

—El que diga Honorio —respondió.

La frase no prueba una decisión tomada ni que pueda sacar un contralor del sombrero. Pero revela cómo se percibe su capacidad para orientar acuerdos y acercar votos.

La frase no elige contralor.

Pero mide el tamaño de la sombra.

Eso engrandece su elección y aumenta la cuenta. A quien sus colegas consideran prenda de garantía no se le puede medir como a un senador más.

Si su palabra pesa tanto en Bogotá, debe comenzar a pesar también en Santa Marta.

La factura regional

Ahí aparece la contradicción que la parroquia tiene derecho a señalar.

Honorio puede ser punto de equilibrio en las grandes decisiones nacionales. Pero Santa Marta todavía tendría dificultades para identificar resultados regionales proporcionales a semejante influencia.

Desde el Caribe pronunció quizá la frase más honesta del discurso: hay familias obligadas a escoger entre pagar la luz o llevar comida a la mesa.

Eso ocurre todos los meses.

Honorio no es un recién llegado a ese expediente. Ha sido senador desde 2014 y uno de los políticos más cercanos al uribismo. Durante el gobierno de Iván Duque, cuando Electricaribe fue sustituida por Air-e y Afinia, ocupaba una curul del partido de Gobierno y tenía un acceso al poder nacional que pocos dirigentes samarios disfrutaron.

No diseñó por sí solo aquel modelo ni es responsable directo de cada factura. Pero tampoco era un ciudadano sin voz, curul ni capacidad de advertencia.

La pregunta no es si Honorio creó Air-e.

La pregunta es qué balance hace de aquella transición, qué controles promovió y qué hará ahora para que el Caribe no vuelva a recibir otra empresa, otro nombre y la misma factura.

El presidente del Senado no fija las tarifas, pero puede convocar debates, articular la bancada caribe, impulsar reformas y llevar la crisis energética al Plan de Desarrollo y al presupuesto.

La factura de una familia de Ciénaga, Fundación, El Banco o los barrios del sur de Santa Marta no será el único indicador de su gestión. Pero sí será el termómetro más honesto de su contenido regional.

Honorio ya estuvo cerca del poder.

Esta vez estará sentado en una de sus cabeceras.

Por eso ya no basta con salir en la foto.

Hay que mostrar qué consiguió la región después de la foto.

Dos libretas para una misma historia

El discurso de Abelardo dejó abierto un pagaré con Colombia.

El de Honorio abrió otra cuenta: la del Congreso que promete cooperar sin arrodillarse y defender las instituciones sin convertirlas en feria de cuotas.

Al presidente se le medirá por lo que haga desde el Ejecutivo. A Honorio, por lo que impulse, garantice o controle desde el Legislativo.

En la calle dicen que lo leyó muy bien.

Puede ser.

Pero la historia es más grande que el discurso.

En la parroquia podrán seguir llamándolo “senador sin votos”. En el Congreso lo reconocen como hombre de palabra y prenda de garantía.

Eso es poder.

Y el poder no se mide por la silla que se ocupa, sino por los resultados que se consiguen desde ella.

El orgullo de la Nena Pinedo ocupa hoy un espacio real en la historia nacional: su hijo preside el Congreso, impuso la banda presidencial y su palabra pesa entre quienes toman las grandes decisiones.

Ahora falta que esa historia nacional coincida con la libreta parroquial.

Una libreta se llenará en las Torres del Corone, entre conversaciones sobre ministros, contralores, mayorías y cuotas.

La otra se escribirá en el bordillo, donde Pedro Pueblo, bajo el sol canicular y con una Águila fría, le preguntará al vecino:

—¿Ya sabes la última de Hono?

Entre esas dos conversaciones se definirá su legado.

En Bogotá preguntarán qué dice Honorio.

En Santa Marta preguntaremos qué hizo Hono.

Ya no será suficiente leer bien. Tendrá que presidir bien, negociar bien y responder bien.

Porque una cosa es ser prenda de garantía para los congresistas.

Y otra, mucho más difícil, convertirse en garantía de resultados para su tierra.

En Bogotá ya saben que la palabra de Honorio vale. Ahora Santa Marta quiere saber cuánto vale para ella.