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Editorial

EL PAGARÉ DE ABELARDO

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Lo que prometió el 7 de agosto y lo que Colombia podrá cobrarle hasta 2030

Editorial de Opinión Caribe

Abelardo de la Espriella ya habló. Colombia escuchó. Y desde el 7 de agosto ocurrió algo definitivo: sus palabras dejaron de buscar votos y comenzaron a exigir presupuesto, leyes, instituciones y resultados.

El candidato terminó. Empezó a gobernar el presidente.

En su posesión trazó las líneas de los próximos cuatro años: seguridad, disciplina fiscal, empresa privada, Ecopetrol, narcotráfico, garantías a la oposición, reformas constitucionales sin Constituyente, corrupción, justicia, pobreza, familia, mérito y relaciones internacionales. Está pronunciado, transmitido y escrito.

Ahora viene la pregunta que separa a los presidentes de los candidatos: ¿cómo piensa hacerlo? Desde que se cruza la banda, cada promesa necesita responsables, recursos, votos e indicadores.

Perfecto.

Entonces hagamos algo elemental: creámosle.

Pero creámosle tanto que vamos a guardar sus palabras.

Un discurso presidencial no debería ser una colección de frases bonitas para la televisión. Es un contrato político con obligaciones, plazos y cuentas pendientes.

Opinión Caribe abre hoy una cuenta que permanecerá vigente hasta el 7 de agosto de 2030. La llamaremos El Pagaré de Abelardo.

No será una factura de la oposición ni un cheque en blanco del Gobierno. Será memoria de lo que prometió, financió, ajustó, podó o dejó caer.

Cada cierto tiempo volveremos con una pregunta sencilla y, quizá, incómoda:

Presidente, ¿cómo va la cuenta?

Los ocho renglones del pagaré

1. Seguridad: la fuerza decidida

El eje más claro fue el fin del diálogo con estructuras armadas que persistan en la violencia, su clasificación como narcoterroristas y el fortalecimiento de la Fuerza Pública. Anunció además un Bloque de Defensa para la Seguridad Urbana, ofensiva contra el narcotráfico y erradicación de cultivos ilícitos.

La doctrina quedó resumida en una frase: “someterse al imperio de la ley o enfrentar la fuerza decidida del Estado colombiano”.

Ahora deberá traducirla en presupuesto, capacidad operacional y resultados verificables contra el homicidio, la extorsión, el secuestro y las economías ilegales.

La mano dura también cuesta. Y la plata tendrá que aparecer.

2. Institucionalidad: reformar sin saltarse la Constitución

Abelardo descartó una Asamblea Nacional Constituyente, pero anunció cambios constitucionales. Eso significa que renuncia al atajo y acepta la ruta institucional: Congreso, mayorías calificadas, control judicial y pesos y contrapesos.

Si no habrá Constituyente, sus reformas pasarán por el Congreso. Puede renunciar a las relaciones manidas del establishment; no puede renunciar al Legislativo.

En democracia, un presidente tiene que conversar, acordar y negociar. La pregunta no será si negocia, sino qué negocia, con quién, bajo qué condiciones y a cambio de qué.

Porque negociar una agenda no es lo mismo que negociar el Estado.

3. Economía: la calculadora no aplaude

Congelamiento del gasto, reforma tributaria, eliminación del impuesto al patrimonio, reducción arancelaria, independencia del Banco de la República y recuperación de Ecopetrol como prioridad “definitiva y absoluta”.

Aquí no bastan los discursos. Son cifras, leyes, balances, inversiones y resultados.

Congelar el gasto mientras se fortalecen seguridad, infraestructura y política social obliga a escoger. Y cada peso que deje de recaudarse deberá compensarse con eficiencia, crecimiento, nuevos ingresos o recortes.

La calculadora no vota ni se emociona. Al final muestra si las cuentas cuadran.

4. Justicia y JEP: cirugía fina

El presidente prometió respeto institucional y, al mismo tiempo, una revisión “con absoluto rigor” de la naturaleza y los efectos de la JEP.

El Gobierno tendrá que precisar qué quiere cambiar sin desconocer la Constitución, el Acuerdo de Paz, las decisiones judiciales ni las obligaciones internacionales.

El país puede discutir la JEP. Lo que no puede hacer un Gobierno es desmontarla por la puerta de atrás mientras afirma respetarla por la puerta principal.

5. Corrupción: que la tecnología deje huella

Abelardo anunció tolerancia cero, entrega a la Fiscalía de información sobre presuntas irregularidades del gobierno saliente y trazabilidad digital de la contratación mediante inteligencia artificial.

Habrá que verificar si entregó la información y si los ciudadanos pueden rastrear realmente los recursos públicos.

La inteligencia artificial no combate la corrupción por pronunciar su nombre. Y digitalizar una vieja práctica no la vuelve transparente.

Si los contratos continúan en la misma opacidad, este renglón entrará rápidamente en mora.

6. Política exterior: el giro y sus resultados

Prometió fortalecer alianzas con democracias, condenar regímenes totalitarios y adherirse al Escudo de las Américas. El viraje frente al gobierno Petro es explícito.

Pero el giro deberá medirse en comercio, inversión, seguridad, cooperación y migración, no por la cantidad de amigos y enemigos acumulados.

Colombia puede escoger sus aliados. Lo que no puede escoger es su geografía. Y con sus vecinos tendrá que convivir.

7. Política social y drogas: cuadrar lo difícil

Abelardo priorizó la reducción de la pobreza y la protección de mujeres y niños. También anunció fumigaciones con “herbicidas de última generación”, compatibles —dijo— con la Corte Constitucional y la protección ambiental.

Deberá demostrarlo técnica y jurídicamente. Tampoco bastará con fumigar si el campesino vuelve a sembrar por falta de vías, mercado, crédito y alternativas.

Este renglón medirá tanto la fuerza del Estado como su capacidad para llegar después de la fuerza.

8. La batalla cultural: no fue decoración

Familia, mérito, autoridad, tradición, ley y creencia en Dios no fueron adornos: se presentaron como acción de gobierno.

Habrá que observar cómo se traducen en políticas públicas sin desconocer los derechos de quienes no comparten la visión oficial.

Una cosa es gobernar desde una identidad ideológica clara. Otra es pretender que el Estado tenga una sola manera legítima de pensar.

La base que lo eligió será la primera en cobrarle si la batalla cultural solo sirvió para llenar plazas.

El Plan Nacional de Desarrollo: donde el pagaré deja de ser metáfora

El discurso fue la firma. El Plan Nacional de Desarrollo será el documento en el que buena parte de esas promesas deberá adquirir metas, responsables, plazos y financiación.

No todas aparecerán en sus artículos: varias tendrán otros instrumentos. Pero el Plan será la hoja de ruta con la que el Gobierno dirá qué hará, cuánto costará y cómo lo medirá.

Allí comenzará el cobro real.

Algunas promesas sobrevivirán; otras serán ajustadas, podadas o descartadas frente a la realidad jurídica, fiscal y política.

Eso, por sí solo, no constituye una traición. Gobernar también consiste en escoger, corregir y reconocer que no todo lo prometido es ejecutable en los mismos términos.

Lo inadmisible sería que se evaporaran sin explicación o cambiaran de nombre para ocultar su abandono.

El Plan dirá qué quiere hacer.

El Presupuesto General de la Nación mostrará cuánto está dispuesto a pagar por hacerlo.

Y la ejecución presupuestal revelará si realmente lo hizo.

No bastará con encontrar una iniciativa escrita. Habrá que seguir la cadena: meta, presupuesto, contratación, ejecución y resultado.

Pero antes de resolver la aritmética de los pesos, Abelardo tendrá que resolver la aritmética de los votos.

El Plan deberá pasar por el Congreso; las reformas necesitarán leyes o actos legislativos; la seguridad, recursos. Y cada poda tendrá dolientes con representación política.

Ahí comienza la realpolitik.

Un presidente puede repudiar al establishment, pero no gobernar ignorando al Legislativo. Puede rechazar el reparto burocrático, pero debe construir acuerdos y mayorías.

La cuestión no es si Abelardo se relacionará con el Congreso. Tendrá que hacerlo. La cuestión es cómo.

Si construye una coalición programática y pública, podrá adelantar su agenda sin reproducir los vicios denunciados. Si termina pagando la gobernabilidad con cuotas, favores, contratos y silencios, la primera mora será moral y política. La elección del nuevo Contralor General será un termómetro.

Pero si, por conservar una supuesta pureza, deja naufragar su agenda, tampoco podrá presentarse como víctima. Los colombianos eligieron un Gobierno para producir resultados.

Ese será el verdadero desafío: no caer en la vieja política sin quedar paralizado por despreciarla. No vender el Estado para conseguir votos, pero tampoco quedarse sin votos por no saber gobernar.

El Plan medirá la aritmética de los pesos. Su paso por el Congreso, la aritmética del poder. Y ambas tendrán que cuadrar para que el pagaré pueda pagarse.

La cuenta está abierta

Opinión Caribe deja abierto este expediente.

Volveremos a los 100 días, al Plan, a cada presupuesto y gran reforma, al primer año, a mitad del mandato y el 7 de agosto de 2030.

Con los mismos ocho renglones. Con las mismas palabras que él pronunció. Y con la misma pregunta:

Presidente, ¿cómo va la cuenta?

Porque los discursos se pronuncian una vez.

Pero los pagarés se cobran todos los días.