La Firma
Caño de Mayo
Por Jesús Morales Pérez
Escritor Pivijayero
jesusmoralesperez20@gmail.com
Dicen los más adultos de la vereda —esos que se sientan en mecedoras de bejuco a espantar la tarde con cuentos—, que el pueblo de Caño de Mayo nació casi sin querer, por culpa de la sed.
Allá arriba, en el corregimiento de Altos de la Montaña, tres misioneros jesuitas pasaban los días evangelizando almas y buscando sombra entre piedras. Pero el agua, compañera vital y terca, se les hizo esquiva. Cuentan que uno de ellos, el más joven, alzó los brazos al cielo y dijo: “Señor, si no hay agua aquí, debe estar allá abajo”. Y así, con sotanas arremangadas y una brújula vieja que más confundía que guiaba, emprendieron el descenso.
Bajaron monte, cruzaron tierras quebradas entre peñas y pobladas de maleza y el día 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, encontraron un claro en la tierra: fértil, plano y regado por un caño de aguas tan limpias que se podía ver el alma reflejada. Fue ahí donde acamparon, rezaron y fundaron lo que llamaron Caño de la Virgen de Mayo. Con los años, como siempre pasa con los nombres largos y las lenguas perezosas, la gente lo fue cortando hasta dejarlo simplemente en Caño de Mayo.
Mucho después, en pleno julio de 1985, cuando ya el pueblo tenía casas de bahareque, techos de palma y patios con vacas que mugían al alba, llegó al caserío un personaje que no traía cruz ni sotana, sino cuadernos, un silbido único y una sonrisa contagiosa de alegría, el profesor Azael Maya.
Las casas quedaban lejanas unas de otras, dispersas entre bajadas y subidas, con apenas tres calles que parecían hechas por un borracho con brújula. Unas cien familias vivían en el pueblo, muchas de ellas con fincas donde criaban de todo lo que caminara o chillara.
Azael llegó con el alma dispuesta a enseñar: a sumar sin miedo, a leer sin tartamudeos, a escribir sin falta de ortografía. Pero al poco tiempo, el destino —que en Caño de Mayo suele andar descalzo y en silencio— le mostró otra misión.
Un día, al salir de clase, una niña llamada Lucía le dijo:
—Profe, ¿usted también cura el alma?
—¿Cómo así? —respondió él, riendo.
—Es que mi abuela dice que usted no vino solo a enseñar, sino a sanar lo que está herido.
Y esa frase, simple como un tinto colado en totuma, le quedó resonando a Azael. Porque empezó a notar que la vereda no solo tenía sed de saber, sino hambre de esperanza. Que los niños no solo necesitaban leer, sino reír. Que los viejos no solo querían escuchar, sino conversar y que las mujeres del pueblo no solo lavaban ropa, sino sueños también.
Así que empezó a visitar casas. A leer cuentos bajo los almendros. A organizar campeonatos de trompo y festivales de coplas. A escribir cartas para los que no sabían y a curar con palabras a los que habían dejado de hablar.
La gente comenzó a llamarlo no solo profe, sino don Azael, el sembrador de alegría. Y aunque él insistía que era solo un maestro, todos sabían que algo más estaba ocurriendo.
Una tarde de agosto, un campesino le dijo entre risas:
—Usted es como esos jesuitas del cuento, profe. Pero en vez de buscar agua, vino a darnos alma.
Y Azael, con la camisa empapada de sudor y polvo en los zapatos, solo alcanzó a responder:
—Uno no elige la misión, compadre. La misión lo elige a uno.
Y así, en Caño de Mayo, el maestro que llegó con la intención de enseñar a escribir, terminó reescribiendo la historia del pueblo, una sonrisa, una anécdota y una esperanza a la vez. Porque hay lugares donde la geografía no es solo de montes y caños, sino del alma. Y hay hombres como Azael Maya, que sin ser santos ni soldados, hacen milagros con una tiza y un corazón abierto.
