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LAS MÁQUINAS PUEDEN PRODUCIRLO TODO, PERO NO PUEDEN COMPRAR NADA
Cada empresa gana cuando reduce costos mediante automatización. Pero si todas disminuyen salarios y concentran productividad, el sistema enfrenta una paradoja: abundancia de bienes frente a escasez de consumidores solventes.
Por Víctor Rodríguez Fajardo
El salario que regresaba al mercado
El trabajador ocupó durante siglos dos lugares dentro del capitalismo. Era un costo para la empresa y, al mismo tiempo, el consumidor que sostenía a las demás. Con el salario compraba alimentos, vivienda, ropa, transporte y entretenimiento. El dinero pagado por una compañía regresaba al sistema como demanda para otras.
Cada empresa tiene un incentivo individual para automatizar y reducir costos. Pero si muchas disminuyen la masa salarial mientras los beneficios de productividad quedan concentrados, aparece una contradicción colectiva. Automatizar puede ser racional para cada compañía y, sin mecanismos de distribución, irracional para el sistema.
Una fábrica automática podría producir millones de bienes. Eso no garantiza que exista una población capaz de comprarlos. El capitalismo no necesita solamente seres humanos con necesidades; necesita consumidores solventes.
Abundancia sin compradores
No existe un colapso predeterminado. La tecnología también crea ocupaciones, reduce precios y abre mercados. La demanda puede sostenerse con inversión, crédito, exportaciones, gasto público o consumo de quienes reciben las ganancias. Pero ninguna de esas posibilidades resuelve por sí sola la distribución.
La contradicción se vuelve más aguda cuando buena parte de la vida funciona mediante pagos recurrentes. El ciudadano necesita dinero permanente no solo para adquirir algo nuevo, sino para impedir que se desactive lo que ya utiliza: almacenamiento, programas, conectividad, movilidad, educación o herramientas de trabajo.
La pobreza digital no siempre consistirá en carecer de objetos. Puede significar tener el computador y perder el programa; conservar el teléfono y quedar fuera de la aplicación bancaria; guardar archivos y no poder pagar la nube. La falta de ingresos comenzaría a apagar porciones de una vida ya construida.
El límite del crédito
Durante un tiempo, el crédito puede ocultar la caída del ingreso. Una familia mantiene consumo con tarjetas, cuotas y préstamos; la demanda sobrevive aunque el salario pierda fuerza. Pero el crédito traslada consumo futuro hacia el presente y añade intereses. No reemplaza indefinidamente una distribución suficiente de la productividad.
Los precios bajos tampoco resuelven todo. La automatización puede abaratar determinados bienes, pero vivienda, energía, salud, cuidado y educación no disminuyen necesariamente al mismo ritmo. Una persona podría acceder a entretenimiento casi ilimitado y continuar excluida de aquello que determina una vida digna. La abundancia digital puede convivir con escasez material.
La pregunta correcta no es cuánto dinero debe repartir el Estado, sino qué parte de la vida debe quedar fuera del cobro permanente. Servicios universales, competencia real y propiedad distribuida reducen la cantidad de ingresos que una persona necesita para no ser desconectada. Una sociedad de consumidores solventes no se construye solo enviando dinero: también evitando que cada necesidad se convierta en peaje.
La distribución también puede ocurrir antes de cobrar impuestos. Salarios ligados a productividad, participación accionaria y competencia que reduzca rentas monopólicas reparten valor dentro del proceso económico. Esperar al final para corregir toda desigualdad mediante transferencias deja intacto el poder de quienes fijan precios y condiciones.
En esa discusión se decide si la abundancia será un mercado compartido o un privilegio sostenido artificialmente.
¿Renta para vivir o para pagar plataformas?
Una renta básica puede liberar a quien ya no debe aceptar cualquier trabajo para sobrevivir. También puede convertirse en una tubería: el dinero sale del Estado, pasa brevemente por el ciudadano y termina en plataformas privadas que alquilan herramientas esenciales.
Su efecto dependerá de la propiedad, la competencia, la regulación y los servicios públicos disponibles. No es lo mismo recibir una transferencia en una economía con salud, educación, transporte y conectividad garantizados que recibirla para pagar cada una de esas necesidades a monopolios privados.
El futuro podría combinar propiedad corporativa concentrada, sostenimiento estatal de la demanda y administración algorítmica de beneficios. También puede distribuir productividad mediante empresas, cooperativas, fondos colectivos e infraestructura pública. La tecnología abre ambos caminos; la política elige.
La paradoja queda planteada: si el capital reduce salarios, alguien tendrá que reconstruir la capacidad de consumo. Las máquinas pueden producirlo casi todo. Lo que no pueden hacer es comprar lo que producen.
Esta publicación pertenece a la serie LA SOCIEDAD DEL PERMISO, un ensayo por entregas de Víctor Rodríguez Fajardo sobre trabajo, propiedad y libertad en la era de la inteligencia artificial.
Próxima entrega: TENER LA CARCASA NO SIGNIFICA SER DUEÑO
