Política Parroquial
La Estafa del Siglo tiene Pantalla Táctil
Por: Víctor Rodríguez Fajardo
Cuando caminamos por ahí muy orondos, acariciando el vidrio de nuestros teléfonos como si fuera un talismán de libertad. Nos sentimos modernos porque nuestra nevera avisa que falta leche y porque el carro se parquea solo. Pero digamos la verdad, aunque nos amargue el tinto: NO SOMOS DUEÑOS DE NADA.
Estamos viviendo la transición más cobarde de la historia. Pasamos de ser propietarios a ser siervos digitales.
¿Nos hemos detenido a pensar por qué todo ahora es una bendita suscripción? No es por nuestra comodidad. Es porque el sistema descubrió que vendernos un objeto una vez es un mal negocio. Lo brillante —lo perversamente brillante— es vendernos el permiso para existir dentro de su propio entorno.
Miremos al alrededor y despertemos de una vez:
- El secuestro del hardware: Pagamos por los sensores del carro, pero si no pagamos la mensualidad, el fabricante apaga la calefacción desde una oficina a diez mil kilómetros. Pagamos el seguro, la gasolina y la lavada, pero la corporación es la que decide si tenemos derecho a encender el aire acondicionado si tenemos calor.
- La ilusión de la compra: NO «compramos» una película, ni un libro digital, ni una canción. Arriendamos una licencia que puede desaparecer mañana si a un abogado en California se le ocurre cambiar un párrafo en los términos que aceptamos sin leer.
- El espía en el bolsillo: Nos convencieron de que el GPS era para no perdernos. Mentira. El GPS es para que ellos no nos pierdan. Cada paso que damos, cada frenada que hacemos, cada vez que nos quedamos mirando una foto más de tres segundos, estamos entregando la materia prima de nuestra propia manipulación.
Lo más triste de esta distopía es que no la impusieron con fusiles. La impusieron con comodidad. Nos volvimos flojos. Preferimos que la aplicación elija por nosotros qué comer, qué ruta tomar y hasta qué pensar, con tal de no tener que esforzarnos.
Nos están vendiendo la «nube» como si fuera el paraíso, pero la nube no es más que el computador de otro donde están guardadas las llaves de nuestra privacidad.
La realidad es esta: Si lo que usamos puede ser apagado de forma remota por alguien que no somos nosotros, entonces no somos propietario, solo somos invitados en nuestra propia vida. Y a los invitados los echan cuando dejan de ser rentables.
Es hora de dejar de aplaudir cada vez que una corporación nos quita un derecho y nos lo devuelve envuelto en una «app» bonita. El verdadero lujo hoy no es tener el último modelo; es tener algo que funcione sin pedirle permiso a nadie, algo que no le rinda cuentas a un servidor, algo que sea, de verdad, nuestro.
Dejemos de mirar la notificación un segundo y miremos la cadena que tenemos amarrada al dedo. El futuro no es de los que tienen más gigas, sino de los que todavía podemos decidir el camino sin que un algoritmo nos dé el visto bueno.
Abramos los ojos. El grillete brilla, pero sigue siendo un grillete.
— Victor Rodriguez Fajardo (@by_vicro500) May 6, 2026
