Editorial & Columnas
¿Por qué rodearse de gente leal?
Por: Gerardo Angulo Cuentas
Hace algunos años, en medio de una reunión especialmente tensa, vi cómo un directivo prácticamente dejó de escuchar las ideas que se discutían en la mesa. Ya no estaba analizando indicadores, ni estrategias, ni presupuestos. Estaba tratando de identificar quién lo estaba atacando, quién estaba filtrando información, quién sonreía mientras esperaba verlo caer. Recuerdo que al terminar la reunión me dijo algo que nunca olvidé: “Gerardo, uno llega a un punto donde deja de administrar proyectos y empieza a administrar desconfianzas”. En ese momento entendí algo incómodo: muchos líderes no se desgastan por el trabajo, sino por la sensación permanente de estar rodeados de personas que no quieren construir con ellos, sino sobrevivirles o sustituirlos.
Eso no es nuevo. Ya ocurría en la antigua Roma. Cuando Augusto consolidó el Imperio, descubrió que el verdadero peligro no siempre estaba en los enemigos externos, sino en la cercanía del poder: senadores resentidos, generales ambiciosos, aliados oportunistas y aduladores profesionales. Su respuesta fue crear la Guardia Pretoriana, un cuerpo diseñado no solo para protegerlo físicamente, sino para darle algo todavía más importante: tranquilidad psicológica. Porque un líder que siente que todo el mundo lo traiciona empieza a gobernar desde el miedo. Y el miedo produce dos deformaciones muy peligrosas: o el líder se vuelve paranoico y autoritario, o se vuelve débil y termina aislándose mientras los problemas crecen alrededor suyo.
Pero aquí aparece una confusión muy común en muchas organizaciones modernas. Rodearse de gente leal no significa rodearse de gente sumisa. No significa construir un coro de aplausos automáticos ni una corte de aduladores profesionales especializados en decir “sí señor”. La verdadera lealtad no consiste en evitar las críticas; consiste en criticar sin destruir. Consiste en poder decirle al líder “usted se está equivocando” sin que detrás exista una agenda oculta para quitarlo del camino. Las organizaciones más sanas que he conocido no son aquellas donde no existen conflictos, sino aquellas donde todavía existe confianza suficiente para disentir sin convertir cada diferencia en una guerra de desgaste.
He visto también el fenómeno contrario: líderes que, por miedo a rodearse de personas fuertes, terminan construyendo equipos llenos de mediocridad obediente. Y entonces ocurre algo fascinante: el líder ya no se siente perseguido, pero empieza a hundirse lentamente porque nadie le advierte sus errores. La historia romana también enseña eso. La Guardia Pretoriana terminó acumulando tanto poder que, en muchos momentos, dejó de proteger emperadores y empezó a escogerlos o destruirlos. Toda guardia creada desde el miedo corre el riesgo de convertirse en una prisión disfrazada de protección.
Quizás por eso la pregunta correcta no es solamente por qué rodearse de gente leal. La verdadera pregunta es: ¿cómo construir lealtades sanas? Y ahí está el desafío moderno del liderazgo. La lealtad auténtica no nace del miedo, ni del salario, ni de la manipulación emocional. Nace cuando las personas sienten que forman parte de algo digno, donde pueden hablar, disentir, crecer y equivocarse sin que cada error sea usado como arma política. Porque cuando una organización pierde eso, aparece el deporte favorito de muchas instituciones: desgastar al que lidera hasta verlo caer.
Y curiosamente, cuando eso ocurre, todos pierden. Incluso los que celebran la caída.
