Metrópolis
“No me he robado un hijueputa peso”: Rafael Martínez
Esta fue la entrevista publicada por El Callejero en su edición impresa N.º 0017, en mayo de 2019, cuando Rafael Martínez relató parte de su historia de vida mientras permanecía suspendido como alcalde de Santa Marta y, además, bajo medida de detención domiciliaria.
Hoy, Opinión Caribe retoma esta publicación tras las recientes arremetidas de Martínez contra la gobernadora del Magdalena, Margarita Guerra, por conceder una entrevista a este medio de comunicación, perteneciente a Unidad de Medios S.A.S., grupo editorial del que también hace parte El Callejero, medio al que el propio Martínez, siendo mandatario, también otorgó una entrevista.
“No me he robado un hijueputa peso”: Rafael Martínez
El Alcalde electo de Santa Marta nos abrió las puertas de su casa y de su historia, y sin censura habló de las dificultades que vivió desde pequeño y cómo ha sacado adelante su vida.
Por: Genny Álvarez
Reza un viejo adagio popular: “unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”; también podría agregarse: “a algunos les toca buscar su propia estrella para brillar con luz propia”.
A Rafael Alejandro Martínez lo conoce gran parte de Santa Marta, en especial quienes votaron por él en las elecciones pasadas. En esta ocasión muestra otra cara, una con la que se identifica cualquier samario que ha salido adelante luchando con tesón para lograrlo.
Sentado en el sofá de la recepción del edificio donde cumple detención domiciliaria por supuestas irregularidades en su administración, con el alma tranquila, me recibió. Y como toda entrevista, debía despejar las dudas sobre sus inicios. Pues de un proceso injusto, muchas veces solo se conoce el final.
“Mi vida es la radiografía de quienes nunca se cansan de luchar. Soy un hombre que se ha hecho a pulso. Llegué a la Alcaldía de Santa Marta por la gracia de Dios. Me defino como un hombre responsable, coherente y consecuente, con valores aprendidos desde casa”, expresó Martínez al tratar de describirse.
Me llama la atención que, en medio de su discurso, menciona palabras y expresiones que cualquier samario del común mantiene presentes en su jerga. “No hay vaina más bacana que sentarse a hablar con los taxistas y con quienes tienen historias por contar. Eso es lo que más admiro”, manifiesta entre risas.
Al aproximarse a sus 48 años, Martínez no teme recordar su pasado, el cual ha estado marcado por vicisitudes, carencias, pobreza y falta de oportunidades. Tenía que elegir entre salir adelante o dejarse arrastrar por su entorno. ‘Rafa’, como lo llama el pueblo, es el mayor de siete hermanos, tiene cuatro hijos y está casado por segunda vez.
Hay un personaje en la vida de Rafael Martínez del cual no se cansa de hablar. Parece que cada vez que la nombra encontrara más argumentos para confirmar que la vida está llena de retos y que nada ha sido fácil: su madre. “Todo se lo debo a ella”, enfatiza Rafael en un tono sereno, pausado y seguro. Le pregunté cómo sobrevivió en medio de la pobreza. “Vengo de una familia muy humilde, de un corregimiento de Guamal, donde no había agua ni luz siquiera. Pasábamos muchas necesidades. Mi mamá se fue a buscar nuevas oportunidades a Bogotá. Regresó por mí y nos fuimos para El Banco, lugar en el que nos fue muy bien”.

Tal vez las oportunidades para Rafael no estaban en Colombia. Su madre decidió marcharse para Venezuela, aprovechando la bonanza de ese momento en el vecino país. “A los siete años me llevó a vivir a Caracas, donde estuve hasta los 15. Recuerdo que muy ‘pelao’ trabajé en un camión vendiendo verduras; debido a las circunstancias también me desempeñé como albañil, tirando pala y concreto. Trabajé recogiendo semillas de palma en los barrios ricos de Venezuela. Todo esto lo hacía para ayudar a mi mamá y para conseguir mis propios recursos”.
Tal vez se pudiera pensar que esta historia es contada por cualquier persona, menos por el alcalde de la ciudad, a quien la situación incluso lo obligó a vender pasteles. “Mira, una anécdota muy humana, porque resulta que de cada tres pasteles uno era de un amigo o mío. Una vez vendimos pasteles por 18 días y no funcionó, porque nos comíamos las ganancias”, narró entre risas y carcajadas Martínez, quien reconoció que vendió hasta paletas en las playas de Caracas, además de intentar criar conejos, aunque el negocio no funcionó.
Todo este esfuerzo me transportaba a las dificultades de muchos samarios para quienes la vida no ha sido nada fácil. “A la edad de 13 años regresé a mi pueblo, La Pedregoza, donde volví a mi realidad. Una tía me trajo a Santa Marta a terminar mis estudios. Culminé la primaria en la I.E.D. Francisco de Paula Santander; luego entré al Liceo Simón Bolívar, desde donde empecé a responder por mí mismo”, relata Martínez, quien con nostalgia, pero a la vez satisfecho por el deber cumplido, recuerda los momentos en que fue mesero del antiguo Rodadero Sur, donde hasta cerveza le tocó vender.
La historia contada hasta el momento me hacía pensar que, para nuestras generaciones, todo esto puede sonar a cuento chino e incluso a fantasía, porque se nos hace ajeno creer que la superación personal puede ser una opción para quienes un día no tuvieron nada. El calor era inclemente, pero la conversación seguía cotidiana. Sin más rodeos, ‘Rafa’ disparó su artillería.
“Pienso que, a pesar de todo lo vivido, nunca pensé en renunciar. Tenía un ángel que siempre me decía que debía estudiar, que echara para adelante. El sacrificio y el esfuerzo los he tenido frente a mis ojos durante años; por eso a mi hijo mayor le he dicho que debe trabajar desde temprano, porque las cosas en la vida cuestan. De hecho, ahora en diciembre lo puse a trabajar en una ferretería. La vida es un cúmulo de esfuerzos”, comentó al reportero sobre sus posibles detractores desde su llegada a la ciudad. Agregó: “cuando quise retirarme de los estudios, buscaba alternativas para seguir, tanto que me tocó terminar el bachillerato de noche”.
En Santa Marta las cosas no fueron fáciles para el joven Martínez, quien a su llegada a la Universidad del Magdalena tuvo que tomar decisiones difíciles, porque había días en los que salía y no sabía qué hacer, ya que la escasez de dinero le hacía replantearse la idea de estudiar. “Para ir a la universidad tenía que pensar con qué desayunar, almorzar o cenar. No sabía qué hacer. Pero gracias a la ayuda de muchos amigos y parientes saqué adelante la carrera”.
Los esfuerzos para resolver el diario vivir estaban en la inventiva de Rafael. Un día trabajaba en algo y al siguiente le tocaba cambiar porque sus ingresos eran bajos. Pagar comida, transporte y estudio era su preocupación. “Tenía 18 años cuando me independicé. Trabajé un buen tiempo como ayudante de buseta; cobraba los pasajes por las tardes, ya que en la mañana estaba en el colegio. Cuando salía de la buseta me iba a cargar cajas de banano al puerto, era uno de los famosos ‘paraguayos’. Recuerdo que, por falta de experiencia en este trabajo, cada vez que cargaba una caja tocaba el banano, lo que me abrió las uñas y al día siguiente no podía tocar nada”.
Todas las situaciones vividas hicieron que Martínez reflexionara sobre temas cruciales que más tarde harían parte de su propuesta política. Militó en el movimiento estudiantil, grupo que luchaba por una tarifa diferencial en el pasaje para estudiantes. “Una vez nos detuvieron por esa revuelta, que venía desde el INEM, pasaba por la Normal de Varones, bajaba y convocaba a los del Rodrigo y el Liceo. En ese proceso conocí muchísima gente, nos sensibilizamos con esa realidad y con el papel que los individuos juegan en esas luchas. Todo esto nos ha llevado a luchar por una causa: que las políticas y las entidades estén al servicio de todos… No es una cuestión de ricos y pobres”, afirma Rafael.
La Universidad del Magdalena dejó una huella en la vida del alcalde Martínez. Allí logró culminar sus estudios de Administración de Empresas en la era de recuperación institucional de Carlos Caicedo. Nunca pensó en ser el primer mandatario de la ciudad; considera que todo se fue dando por la necesidad de mantener un esquema de gobierno. “Cuando la clase política sacó al doctor Caicedo de la Universidad, yo renuncié. Entonces hicimos un experimento al lanzarme al Concejo y saqué 1.740 votos sin comprar uno solo, sin maquinaria. Esta fue una muestra de que la causa era la defensa de la Universidad y de un proyecto que pudiera mostrarle a Colombia que, si las entidades públicas se administran bien, pueden darles oportunidades a todos”, precisa Martínez, ya no en un tono calmado, sino fuerte y claro.
“Nunca he tenido una agenda oculta para llegar a la Alcaldía. Siempre tuve el apoyo de quienes lideran el movimiento; las cosas se han dado. Un año antes de las elecciones se debía elegir a alguien que le diera continuidad al cambio; asumí el reto y todo esto cuajó en la campaña política. Le propusimos un programa a la ciudad y lo estamos cumpliendo”, puntualiza Rafael Martínez.
A su llegada al gobierno distrital nada varió en su vida, pues, según cuenta, sigue manteniendo los mismos valores éticos y culturales que aprendió al lado de su madre y sus tías. Por eso le parecen injustas las etiquetas de corrupto que hoy le han endilgado. “Nunca le he pedido a nadie que no investigue y que, en un marco de debido proceso, nos demuestren irregularidades, si las hay. Es un sinsabor muy feo que un juez diga que soy un peligro para la sociedad”, explica Martínez con un poco de nostalgia y pesar por la presunta persecución política que asegura haber vivido.
La tensión en la conversación llegó cuando agregó, con tristeza e impotencia: “yo no me he robado un hijueputa peso. Le embarran el buen nombre y la vida a uno. No aguanta tener que soportar las injusticias de la justicia”.
Todo parecía llegar a su final, pero la idea no era quedarse con el ‘hijueputazo’. Queríamos saber cómo esperaba ser recordado al finalizar su mandato. Frente a ello señaló: “quiero que recuerden a este alcalde como aquel que inició sobre bases sólidas y le dio continuidad a un modelo de gobierno que avanzó muchísimo y que puede avanzar a mejor ritmo”.
Hoy, Rafael Martínez espera con ansias que pase el tiempo para que la justicia se pronuncie. Mientras ello sucede, continúa en el sofá de su casa, con paciencia, rodeado de revistas, periódicos, libros y películas, esperando que el panorama cambie. No dejó pasar la oportunidad para enviarles un mensaje a los lectores de El Callejero: “por ningún motivo, pase lo que pase, dejen de estudiar. Esto es lo único que les garantiza ascender en las esferas sociales. ¡Ojo! Cuando uno tiene claro para dónde va, nada lo puede desviar, porque en la vida hay muchas dificultades”.
