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Editorial & Columnas

¿Por qué Votar por el que diga ASPU-Petro?

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

gerardo@angulo.com.co

Aquel muchacho me esperó al final de la clase con una seriedad que me dio hasta miedo. Corozalero, de esos que hablan golpeao y sin anestesia, curtido entre Sincelejo y la Universidad de Sucre antes de terminar recalando en Unimagdalena. Se me acercó mientras yo guardaba el marcador y me soltó la pregunta como quien lanza una piedra al techo de zinc para ver qué ruido hace: “Profe… ¿y usted por qué no tiene una Toyota de ochocientos millones si usted es profesor de universidad pública?”. Yo pensé que era mamadera de gallo. Pero no. El pelao hablaba completamente en serio. “No profe, es que eso dicen en TikTok… que ustedes viven sabroso”. Y ahí entendí que en Colombia ya no hace falta estudiar ni investigar para opinar: basta con tener datos móviles y una cuenta en redes sociales.

Yo soy profesor universitario. Me dedico principalmente a la docencia y a la investigación. Casualmente, mi objeto de estudio es la gestión de las universidades y todo lo relacionado con ciencia, tecnología e innovación. Es decir, me paso la vida estudiando precisamente eso que tantos opinan sin conocer. Y por eso puedo decir, con conocimiento de causa, que este gobierno ha sido uno de los que más ha maltratado simbólica y materialmente la profesión del docente investigador. El primer golpe fue cultural: se instaló una moda peligrosa de desprecio hacia el conocimiento académico, hacia los títulos, hacia la rigurosidad intelectual. Y mientras desde ciertos sectores se burlaban del mérito académico, terminó destapándose una mafia de compra de títulos que llegó hasta los círculos más íntimos del poder. Hasta la cama presidencial terminó salpicada por ese desprecio hipócrita hacia la academia: públicamente se sataniza el estudio, pero privadamente se compran credenciales para aparentar prestigio.

Y aquí es donde viene una verdad incómoda para muchos de mis amigos que posan “progres” en cafeterías instagrameables con un discurso antielitista: aunque durante años se dijo que Iván Duque era un inepto absoluto, fue durante su gobierno que se creó el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. ¿Perfecto? No. ¿Insuficiente? También. Pero existía una ruta de fortalecimiento institucional que en estos últimos años se frenó, se burocratizó y se llenó de discurso ideológico. Porque una cosa es hablar bonito de ciencia en tarima y otra muy distinta es construir capacidades científicas reales. Muchos investigadores en Colombia no viven de discursos; viven peleando convocatorias, sobreviviendo con contratos temporales y haciendo milagros para sostener grupos de investigación con presupuestos que en otros países apenas alcanzarían para comprar café.

Y mientras tanto, en el sector universitario, hemos vivido una persecución silenciosa contra el salario profesoral. Una persecución técnica, administrativa y hasta simbólica. Lo más doloroso es que buena parte de esa situación ha sido tolerada —e incluso celebrada— por dirigentes sindicales que parecen más comités de campaña política que representantes de profesores. Hay juntas directivas sindicales que viven, comen, duermen y respiran pensando en Petro, en Cepeda y en la próxima batalla ideológica de Twitter, mientras las bases profesorales siguen enfrentando precarización, incertidumbre y desgaste. Se olvidaron de representar docentes y empezaron a representar causas partidistas. Y cuando un sindicato deja de escuchar a sus bases para convertirse en sucursal emocional de un proyecto político, deja de ser sindicato y se convierte en barra brava.

Por eso esta columna se llama “No voy a votar por el que dice Petro”. Y tampoco voy a votar por el que diga Uribe, ni Fico, ni Claudia, ni Francia, ni el influencer político de moda. Porque ya estoy cansado de este país donde la gente no vota pensando, sino obedeciendo emocionalmente. Nos volvimos una nación de ventrílocuos ideológicos. La gente no analiza propuestas: adopta tribus. No contrasta datos: comparte reels. No estudia: memoriza consignas. Y eso es especialmente peligroso en un país que necesita desesperadamente fortalecer la educación, la investigación y el pensamiento crítico.

El Caribe colombiano siempre tuvo algo hermoso: aquí se discutía duro, pero con picardía, con calle, con conversación real. Hoy en cambio mucha gente parece poseída por algoritmos políticos diseñados para mantenernos rabiosos y enfrentados. Unos creen que Petro es un salvador cósmico perseguido por las élites intergalácticas; otros creen que es el anticristo tropical que se roba hasta los aguacates del desayuno. Y en la mitad quedamos millones de ciudadanos que simplemente queremos un país donde el conocimiento no sea ridiculizado, donde el investigador no sea tratado como sospechoso y donde el profesor universitario no tenga que explicar que no maneja una Toyota de ochocientos millones.

Yo no quiero votar por el que “dice Petro”. Quiero votar por el que entienda que sin ciencia, sin universidades fuertes y sin respeto por el conocimiento, Colombia seguirá condenada a discutir teorías económicas por reels mientras otros países producen tecnología, educan ciudadanos con pensamiento crítico y construyen futuro. Porque un país que desprecia a sus docentes e investigadores no construye soberanía: construye ignorancia turboalimentada con chaGPT y TikTok.