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Política Parroquial

¿»Cotes blancos» o «Cotes negros»?

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Por: Víctor Rodríguez Fajardo

Las encuestas no mienten… pero tampoco lo dicen todo. Cepeda lidera, sí. Pero tiene techo. Paloma se hundió por errores propios. Abelardo sube sin hacer ruido. Y Petro habla de fraude antes de que haya urnas. La

#GeopolíticaParroquial

le explica por qué en Colombia la próxima presidencia no la va a ganar el más popular — la va a ganar el que menos odios haya acumulado.

La #GeopolíticaParroquial

empieza a mostrar algo que en Bogotá todavía no quieren aceptar: una cosa es liderar encuestas… y otra muy distinta es tener cómo seguir creciendo.

Iván Cepeda lleva meses arriba. Tiene el voto duro petrista bien amarrado, disciplinado y emocionalmente caliente. Nadie puede negar eso. Pero también es evidente que el hombre se estacionó. Como esos buses viejos de la política colombiana que suben rápido la loma… pero se recalientan antes de coronar.

Y aquí es donde aparece el dato que de verdad duele: el «nunca votaría por él».

Porque las presidenciales no solo se ganan enamorando gente. También se pierden por el rechazo que uno va sembrando sin darse cuenta.

Cepeda hoy carga un problema bravo: tiene techo. Y el techo ya le está rozando la cabeza.

Mientras tanto, Abelardo viene creciendo como espuma de pony mal servida en fiesta de pueblo caliente. Despacio… pero sin parar. Cada encuesta lo muestra subiendo un escalón más. Y eso en política vale oro, porque las campañas no siempre las gana quien arranca primero. Muchas veces las gana el que llega embalado al último kilómetro.

Paloma, en cambio, se desfondó. Y no fue solo por ideología. Fue por método. Por cálculo. Por perder el relato en el momento más caro.

La jugada de Oviedo parecía inteligente al principio: abrir puente hacia el centro, vender moderación, mostrar amplitud. Pero terminó pareciendo otra cosa. En la parroquia ya mucha gente siente que Oviedo está jugando más para calentar motores rumbo a la Alcaldía de Bogotá que para ocupar la silla que dejó Francia Márquez.

Y esa ambigüedad, en política, no cobra cobro. Mata.

El declive de los herederos tradicionales, el ascenso de los nuevos dueños de El Curval y la radiografía de un poder territorial que siempre sabe cómo caer de pie.

El apellido Cotes, hoy estrechamente ligado a las entrañas del poder político y económico de Santa Marta y el Magdalena, esconde detrás de su heráldica una historia de mutaciones sociológicas digna de una serie de televisión. Probablemente llegó en el siglo XIX como parte de esa oleada de inmigrantes franceses o franco-ibéricos (Côte, Côtes o Côté) que ingresaron por los circuitos comerciales de La Guajira, buscando fortuna en el Caribe colombiano.

Con el paso por los puertos y la castellanización de la época, el “Kot” o “Koté” original se transformó en el Cotes que hoy todos conocen. Pero más allá de la filigrana genealógica, lo fascinante es cómo ese apellido dejó las lanchas de contrabando y el comercio decimonónico para convertirse en una estructura de poder territorial que terminó asfixiando, o salvando —según quien lo mire—, la vida pública del Magdalena Grande.

El Club Santa Marta y los apellidos «de cocina»

En aquella Santa Marta pequeña y pastosa, el verdadero poder parroquial se concentraba en unas pocas manos. Las familias tradicionales se conocían, hacían negocios, pactaban matrimonios y compartían whisky en el antiguo Club Santa Marta, el epicentro simbólico de una clase dominante cerrada y herederos de las viejas estructuras aristocráticas.

Esa sociedad samaria conservaba profundas y miserables jerarquías coloniales. De ahí surgió una expresión popular cargada de un clasismo feroz: los apellidos “de cocina”. Así llamaba la rancia aristocracia criolla a los hijos nacidos fuera del matrimonio formal entre los gamonales de la élite y las mujeres de los sectores populares o del servicio doméstico. Por eso, los apellidos más rimbombantes de la alta sociedad terminaron dispersos entre el pueblo raso, mezclados silenciosamente en la genética de la ciudad. El poder en Santa Marta, mucho antes de los likes y las campañas digitales, ya se movía entre sábanas amparadas por el silencio y el parentesco no reconocido.

Como la política parroquial siempre genera anticuerpos, Pedro Pueblo desarrolló su propia venganza simbólica a través del lenguaje de esquina. Y ahí es donde la historia se divide en dos colores sociales: los «Cotes blancos» y los «Cotes negros».

El declive político de los «Cotes blancos» y su exilio dorado

Los llamados “Cotes blancos” fueron durante décadas los dueños legítimos del balón en el Magdalena Grande. Pusieron alcaldes, gobernadores, senadores y representantes a la Cámara. Para ellos, el apellido era una llave maestra que abría de par en par las puertas de los ministerios, los contratos y los círculos cerrados del Jockey Club.

Sin embargo, la geopolítica parroquial no perdona el desgaste. Hoy, esa vieja estructura que acumuló hectáreas e influencia enfrenta el peor de sus mundos: el acoso judicial. Con investigaciones penales a cuestas y el agua al cuello en los tribunales, los máximos referentes de esta dinastía —con el exgobernador Luis Miguel «El Mello» Cotes a la cabeza— se han visto obligados a tomar una distancia prudente de la plaza pública local.

Hoy ven los toros desde la barrera. Muy de lejos. Más exactamente desde su exilio dorado en España. Es la gran ironía samaria: el apellido que cruzó el Atlántico para fundar un feudo en el Caribe, siglos después regresa a Europa en retirada, mientras observa en las pantallas de sus teléfonos cómo el tablero político del Magdalena se reorganiza sin ellos.

El camaleonismo empresarial de los «Cotes negros»

Porque el poder en el Magdalena nunca desaparece; solo cambia de cuenta bancaria. Mientras los «Cotes blancos» empacan maletas, los llamados “Cotes negros” —etiquetados así originalmente por el clasismo del Club Santa Marta para marcar su origen popular— se consolidan como la versión moderna, pragmática y ascendente del apellido.

Nacidos políticamente en las barriadas de Gaira y Pescaito, encontraron su primer trampolín en la estructura del excongresista Micael Cotes Mejía, hoy retirado en sus cuarteles de invierno. De esa cantera brotó Beto Cotes Mora, quien saboreó el poder local al coronar una curul en el Concejo de Santa Marta y presidir la corporación en 2011. Beto se apagó en la primera línea electoral, pero su retirada estratégica coincidió con el nacimiento del verdadero negocio: el músculo empresarial de la contratación estatal.

Junto a su hermano, Alex Cotes Mora, entendieron que en la geopolítica del Magdalena los votos van y vienen, pero el cemento y el asfalto son eternos. Han desarrollado un camaleonismo envidiable, capaz de contratar con tirios y troyanos. Su firma de ingeniería ha navegado con éxito en las aguas de Corpamag, en los municipios del departamento y, para sorpresa de los puristas ideológicos, en las administraciones asociadas a Fuerza Ciudadana. El ejemplo clásico es El Retén, bajo el gobierno de Checho Serrano. En la parroquia, el discurso público ruge en las tarimas contra el rival, pero debajo de la mesa, el pragmatismo del presupuesto une a los que públicamente se declaran la guerra.

El Curval: Los nuevos dueños del agua

Hoy por hoy, los hermanos Cotes se sientan en la mesa de los grandes cacaos de la región. Comparten el nuevo ecosistema del poder empresarial con figuras de la talla de Carlos Francisco Díazgranados Jr. El destino —y los pliegos de condiciones— los terminó uniendo en un megaconsorcio que tiene en sus manos el proyecto más ambicioso, costoso y políticamente sensible de la ciudad: la construcción de la planta de El Curval.

Sí, los antiguos «Cotes de Gaira y Pescaito», aliados con el pinedismo y en consorcio con los Díazgranados, son los encargados de ejecutar la megaobra de la administración de Carlos Pinedo Cuello para resolver la crisis histórica del agua potable. El líquido vital de Santa Marta, el botín por el que se han destruido reputaciones enteras, hoy se procesa bajo el sello de sus empresas.

En la parroquia dicen, medio en serio y medio en broma, que esta rama familiar aprendió a gambetear en las calles de Pescaito, cerca de la casa del Pibe Valderrama, y que por eso saben driblar en el fútbol, en la contratación y en cualquier tormenta jurídica. La gran pregunta que hoy quita el sueño en los pasillos de la Alcaldía es si Alex Cotes se lanzará formalmente al agua para la Alcaldía de Santa Marta en 2027. De tomar forma ese runrún, el reto no será conseguir los votos, sino armar la filigrana de ingeniería jurídica necesaria para seguir manejando concesiones millonarias sin caer en una inhabilidad de proporciones bíblicas.

Las Torres del Corone: El destino final

Al final del día, los Côte de hoy probablemente no tengan ni idea de su pasado francés, ni a Pedro Pueblo le importe. Pero en Santa Marta, las disputas de apellidos, las guerras de tuits y los odios de clase casi siempre terminan compartiendo manteles o cuentas de cobro.

Blancos, negros, tradicionales, emergentes, pinedistas, de Fuerza Ciudadana, liberales, godos o petristas; todos terminan arropados bajo la misma e inexorable lógica del poder territorial. Al final del pasillo, todas las líneas convergen en las mismas coordenadas: las oficinas de contratación, los puertos, las marinas y las inevitables Torres del Corone. Ese es el verdadero centro gravitacional donde la política parroquial del Magdalena deja de ser ideología y vuelve a ser lo que siempre ha sido: pura y dura administración de recursos, influencia y territorio.