Geopolítica Parroquial
Del Tablero Nacional a la Hamaca Parroquial: El Magdalena de cara a 2027
Análisis territorial inspirado en la lectura de Mauricio de Vengoechea en Revista Cambio
Por Víctor Rodríguez Fajardo – Man del Sombrero
Este no es adivinación ni columna para repartir aplausos y garrotazos. Es un análisis territorial inspirado en Mauricio De Vengoechea sobre la presidencial de 2026, llevado a esa geografía más pequeña, enredada y peligrosa: la política parroquial del Magdalena.
La tesis de Vengoechea es sencilla, pero demoledora: “la oposición no gana elecciones, los gobiernos las pierden”. En idioma de calle: cuando un proyecto lleva tiempo gobernando, la elección deja de ser concurso de promesas y se convierte en examen sobre lo hecho, lo no hecho y lo que la gente siente que le quedaron debiendo.
No se trata de trasladar mecánicamente una presidencial al terreno regional. Una cosa es el voto nacional, movido por opinión y grandes relatos; otra el voto parroquial, cocinado entre barrios, corregimientos, clanes, gremios, líderes comunales y cuentas pendientes. Pero la tesis sirve como lente: en 2027, el Magdalena no solo escogerá candidatos: juzgará a todos los que hoy tienen poder.
En 2026, el triunfo nacional de Abelardo de la Espriella sobre Iván Cepeda no se explicó solo por los aciertos del “Tigre”, su narrativa de autoridad o su conexión con sectores inconformes. Fue también un voto de cobro contra el gobierno saliente de Gustavo Petro. Pero al bajar esa lectura al Magdalena aparece el espejo invertido: Cepeda ganó el departamento con 347.228 votos, mientras De la Espriella, aun perdiendo el territorio, obtuvo 255.098 votos locales y llegó a la Casa de Nariño.
Ese dato deja una advertencia grande como la Sierra Nevada: el Magdalena no está alineado automáticamente con Palacio. El progresismo regional conserva base, estructura y memoria de poder; pero la derecha nacional llega con gobierno, ministerios, burocracia y línea directa con Palacio. El mapa no está pintado de un solo color. Está partido. Y cuando un territorio queda partido, no gana necesariamente el más querido, sino quien entiende por dónde se está rajando la cerca.
Ahí entra el juego de los oficialismos. En el Magdalena no hay un solo poder desgastándose: hay dos. Por un lado, el oficialismo departamental, asociado al caicedismo, al guerrerismo y a las fuerzas que han administrado buena parte del relato regional. Por el otro, el oficialismo distrital, encabezado por el pinedismo en Santa Marta. Ambos pueden sentirse oposición en algún tablero, pero gobierno en otro. Y cuando usted administra presupuesto, firma contratos, promete soluciones y corta cintas, deja de ser comentarista y pasa a ser examinado.
En 2027 el ciudadano preguntará algo simple y brutal:
¿Y usted qué resolvió?
Santa Marta será el premio mayor. No solo por su peso electoral, sino porque allí se juega el relato simbólico del poder. La capital será el examen más duro para Carlos Pinedo Cuello, cuya administración prometió ordenar la casa y demostrar que después del caicedismo era posible gobernar mejor.
Pero la gente no vota agradecida por discursos administrativos; vota por resultados que pueda tocar. En Santa Marta el examen tiene nombre propio: agua, alcantarillado, vías, movilidad, seguridad y confianza. Si el pinedismo muestra avances reales, puede ser socio de una coalición anti-caicedista. Si falla, el caicedismo tendrá oportunidad de levantar el voto castigo. Porque en política parroquial la gente perdona muchas cosas, menos que le prometan agua y le sigan llegando carrotanques.
Ciénaga será el termómetro. Es puente con la provincia, puerta hacia zonas productivas y escenario de liderazgos tradicionales, gremiales y comunitarios. Allí la política se mide menos en ideología y más en obras, empleos, transporte, servicios e interlocución económica. Allí se sabrá si el oficialismo departamental conserva músculo más allá del discurso, y si el abelardismo puede convertir la ola nacional en estructura parroquial.
En ese intento de bajar Palacio a la trocha aparece Joaquín “Joaco” Gutiérrez Caballero. El poder nacional, como advierte el Man del Sombrero, no se transfiere con escritura pública. Que Abelardo haya ganado la Presidencia no significa que sus votos se conviertan solos en alcaldías, concejos, asambleas o Gobernación. Para eso se necesita un traductor entre el poder de arriba y la política de abajo.
“Joaco” podría ocupar ese papel: no como político tradicional de plaza pública, sino como operador gerencial con entrada a sectores jurídicos, empresariales, gremiales y políticos. Su reto no será tomarse fotos con ministros, sino untarse los zapatos de barro y demostrar que Bogotá ayuda, pero no reemplaza al líder que mueve veinte votos y dos buses.
Pero aun con traductor, ningún bloque tiene la elección escrita; por eso el tablero se abre en tres caminos.
El primero es la unidad alternativa: caicedismo, petrismo y aliados regionales logran candidatura única. Tienen a favor la matemática de Cepeda y una estructura probada. Su riesgo es el choque de egos: ¿manda Petro, Caicedo, la Gobernación o los aliados que no quieren ser convidados de piedra? Si logran unidad, son competitivos. Si se dividen, pueden regalar la casa con los muebles adentro.
El segundo escenario es el bloque anti-caicedista: abelardismo, pinedismo y clanes tradicionales se ordenan alrededor de una candidatura común. Su discurso sería convertir 2027 en un plebiscito contra la continuidad del modelo departamental. Tienen el viento de Palacio y el cansancio de sectores que quieren otro reparto de poder. Pero cargan un problema viejo: suelen unirse en los discursos y dividirse en las listas. Si cada jefe quiere poner candidato, terminarán como procesión con demasiados santos y ningún milagro.
El tercer escenario, por ahora, parece el más probable: la gran fragmentación. El Magdalena es tierra fértil para candidaturas múltiples, acuerdos a medias, venganzas políticas y dirigentes que dicen “vamos unidos” mientras imprimen afiches propios. En ese tablero no gana necesariamente el más preparado ni el de mejor imagen. Gana quien organice el desorden, cierre acuerdos de madrugada y distinga entre estructura real y ruido de redes. Aquí el que no sabe contar líderes termina contando derrotas.
La pregunta de fondo vuelve como boomerang:
¿Están los actuales alcaldes y la gobernadora perdiendo la próxima elección?
La respuesta más precisa es que no necesariamente la están perdiendo, pero ya entraron en el terreno donde pueden empezar a perderla. Los gobiernos no pierden elecciones el último mes de campaña; las empiezan a perder cuando la gente deja de creer que los problemas se están resolviendo.
De cara a 2027, el Magdalena no vivirá una elección limpia entre izquierda y derecha, cambio y continuidad, Petro y Abelardo, Caicedo y sus contradictores. Será algo más parroquial y más peligroso: un juicio simultáneo contra todos los que hoy tienen poder.
El caicedismo deberá demostrar que sigue siendo fuerza viva y no nostalgia de batalla. El pinedismo tendrá que probar que romper una hegemonía no era el punto de llegada. El abelardismo deberá aterrizar el poder nacional sin creer que la Casa de Nariño trae votos empacados en cajas. Y los clanes tradicionales tendrán que decidir si juegan a ganar juntos o vuelven a dividirse por vanidad.
No están derrotados, pero ya están siendo examinados. Y en política parroquial, cuando el examen empieza, el profesor no avisa.
El 2026 fue apenas el ensayo general. La obra completa se estrena en 2027. Y en el Magdalena, el que se confía, se duerme en la hamaca o pestañea en mitad del conteo, amanece pegando afiches del contrario.
