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Geopolítica Parroquial

La paradoja de El Banco: las maquinarias pusieron la música, pero el campo bailó a otro ritmo

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Por Víctor Rodríguez Fajardo – Man del Sombrero

 

En El Banco, Magdalena, pasó algo que a muchos jefes políticos les cuesta aceptar en voz alta: los votos no son ganado marcado, ni se trasladan de una elección a otra como bultos de yuca en una chalupa.

La segunda vuelta presidencial dejó una enseñanza dura para la política tradicional parroquial banqueña. En marzo, varios cacicazgos locales mostraron músculo en las legislativas: sacaron votos, llenaron planillas, movieron líderes y prendieron motores en los corregimientos. Cuando la credencial propia está en juego, todavía saben apretar la tuerca.

Pero en junio la película fue otra. Ya no se votaba por el congresista cercano, por el jefe que resuelve, por el padrino que consigue el puesto o por el dirigente que pone la camioneta. Se votaba por presidente. Y cuando la elección se volvió nacional, el votante rural miró menos al jefe local y más a su miedo, a su finca, a su negocio, a sus hijos y al país que cree que se le puede venir encima.

Ahí se partió el endoso.

La paradoja no está en decir, de manera simplona, que las maquinarias de marzo tenían más de 15.000 votos y que Cepeda apenas sacó 3.909 en la zona rural. Esa comparación mezcla peras con mangos: una cosa es una votación legislativa municipal y otra una presidencial rural. El punto serio es otro: las estructuras que parecían más fuertes en marzo no lograron convertir esa ventaja territorial en mayoría presidencial en junio.

En el municipio completo, Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta con 14.944 votos, frente a 12.209 de Iván Cepeda. La diferencia fue de 2.735 sufragios. Pero el dato que pone a hablar al mapa está en la ruralidad: según la infografía por corregimientos, De la Espriella sacó allí 5.972 votos, mientras Cepeda obtuvo 3.909. La ventaja rural fue de 2.063 votos.

Traducido al lenguaje de la calle: de cada cuatro votos de ventaja que Abelardo le sacó a Cepeda en El Banco, tres salieron del campo. La ruralidad no fue un adorno. Fue la que cargó la elección al hombro.

Sobre el papel, Cepeda tenía con qué competir y hasta con qué ganar. A su alrededor se movían estructuras que en marzo habían mostrado números grandes: Kelyn González, con 10.589 votos liberales; Elizabeth Molina, con 2.869 por el Partido Demócrata Colombiano; y Felipe Hernández, con 2.450 del Pacto Histórico y Fuerza Ciudadana. Sumadas, esas expresiones llegaban a 15.908 votos municipales.

Del otro lado, De la Espriella contaba con apoyos de sectores conservadores y de derecha como Franklin Lozano, que había marcado 3.777 votos, y Chadan Rosado, con 2.935. Entre ambos sumaban 6.712. La calculadora, fría y presumida, parecía favorecer al bloque de Cepeda. Pero la política real, la de la calle, la de la trocha y la urna, no siempre obedece a la calculadora.

Porque una cosa es votar por el jefe local, y otra muy distinta es votar por el rumbo del país.

En las legislativas, el voto tiene nombre, apellido y doliente. El elector sabe quién le pidió el favor, quién le prometió, quién le ayudó y quién le puede cobrar. Ahí la maquinaria funciona porque la elección toca directamente la supervivencia del dirigente: curul, contrato, burocracia, liderazgo y respeto político.

En una presidencial, en cambio, el cacique local pierde parte del control. Puede llamar, recomendar, empujar e insistir. Pero no siempre puede ordenar. La tarjeta presidencial queda más lejos del favor inmediato. El votante siente que tiene más margen para decidir. Y cuando vive en una zona donde la seguridad se volvió preocupación diaria, la cosa cambia todavía más.

No hay que exagerar ni inventar fantasmas. Sería irresponsable decir que todo el voto rural se explica por un solo grupo armado o por una sola amenaza. Lo que sí se puede decir, con los pies sobre la tierra, es que en El Banco y en el sur del Magdalena la conversación sobre seguridad pesa. Pesa en el ganadero, en el comerciante, en el campesino, en el mototaxista, en el tendero y en el que se mueve de corregimiento en corregimiento sintiendo que el Estado llega tarde o llega flaco.

Esa percepción pudo haber sido decisiva. Y en política, la percepción también vota.

Por eso el discurso de autoridad, orden y control territorial de De la Espriella encontró oído en buena parte del campo banqueño. No necesariamente porque todos fueran de derecha pura, ni porque se volvieran militantes ideológicos de un día para otro. Más sencillo: cuando la gente siente que la inseguridad le respira en la nuca, vota buscando protección.

Una placa huella se agradece. Una vía se celebra. Una obra se recibe. Pero si el ciudadano siente que le pueden quitar la tranquilidad, la finca, el ganado o la vida, el voto presidencial se vuelve otra cosa. Ya no es gratitud. Es defensa.

Belén resume bien ese mensaje. Allí, De la Espriella obtuvo 800 votos contra 385 de Cepeda. También ganó con fuerza en Aguasestrada, Caño de Palma, Menchiquejo, Hatillo de la Sabana y otros puntos rurales. Ahí se ve que la instrucción política tradicional encontró límite.

Pero tampoco conviene pintar la ruralidad como un bloque uniforme. Cepeda ganó en Algarrobal, Los Negritos y San Eduardo. Eso muestra que el campo banqueño no votó en manada. Hubo matices, liderazgos propios y microclimas políticos. Sin embargo, el balance general fue claro: la ruralidad inclinó la balanza hacia De la Espriella.

Otro punto importante: esto no empezó de cero en junio. De la Espriella ya venía adelante desde la primera vuelta en El Banco. En segunda vuelta, ambos candidatos crecieron, pero Cepeda no logró romper esa ventaja inicial. No hubo solo un derrumbe repentino del endoso, sino una tendencia presidencial ya sembrada que el campo terminó reforzando.

Entonces, ¿fracasaron las maquinarias? Sí y no.

No fracasaron porque hayan desaparecido. Siguen ahí. Tienen líderes, recursos, experiencia, presión y conocimiento del terreno. Sería ingenuo enterrarlas por una elección presidencial. Pero sí fallaron en algo clave: creyeron que el voto de marzo podía trasladarse completo a junio, como si el elector no pensara, no dudara y no tuviera sus propias urgencias.

El Banco les recordó que el voto se trabaja elección por elección. No se hereda completo. No se endosa entero. No se guarda en una caja fuerte.

Y esa lección apunta directo al 2027.

Las regionales serán otro campeonato. Ahí sí habrá doliente en cada esquina. Se jugarán Alcaldía, Gobernación, Concejo, Asamblea, contratación, nómina, obras y poder territorial. En esa elección, las maquinarias van a salir con todo. Nadie se va a quedar en la hamaca mirando pasar la chalupa. Kelyn González, el caicedismo, los conservadores, la derecha, los gremios y los liderazgos barriales pelearán voto a voto, porque ahí no se disputa una idea lejana de país: se disputa el presupuesto de la casa.

Pero la presidencial dejó una advertencia que nadie debería despreciar: hay un voto rural de seguridad que puede romper cualquier libreto.

Si las fuerzas tradicionales creen que en 2027 bastará con sacar la lista de líderes, repartir tareas y mandar razón por WhatsApp, pueden llevarse un susto. El campo banqueño ya demostró que escucha, pero también desobedece. Recibe obras, pero no siempre paga con voto. Respeta jefes, pero no les firma cheque en blanco.

La paradoja de El Banco es esa: las maquinarias pusieron la música, pero en junio la ruralidad bailó a otro ritmo.

Y el mensaje para los dueños del tablero quedó servido, clarito y sin anestesia: el voto no tiene dueño fijo; tiene momento, tiene miedo, tiene memoria y tiene hambre de seguridad.

https://www.opinioncaribe.com/2026/06/24/asi-voto-el-municipio-de-el-banco-magdalena-en-las-elecciones-presidenciales/

#PoliticaParroquial PURA. #OjoConEl2027