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Geopolítica Parroquial

Los “Nunca” del Establishment

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Por: Victor Rodríguez Fajardo – El Man del Sombrero

Colombia no ha sido un laboratorio de gobiernos de izquierda. Durante más de dos siglos, el país ha sido administrado por derechas, conservatismos, liberalismos de élite y coaliciones diseñadas para cambiar de manos sin cambiar de dueño. Sí hubo liberalismos reformistas, pero nacieron dentro del viejo edificio liberal-conservador. Y durante el Frente Nacional, la democracia funcionó casi como notaría del poder: alternancia pactada y Estado repartido.

Gustavo Petro, con contradicciones, sigue siendo una excepción histórica: el único presidente de izquierda que llegó al poder por fuera del pacto tradicional de élites. Pero incluso Petro tuvo que negociar con pedazos del establecimiento y descubrió que una cosa es ganar una elección y otra gobernar un país construido sobre intermediarios, clanes y poderes fácticos.

Ahí está el punto. El problema no es que un presidente negocie. En Colombia nadie gobierna solo. El problema es la distancia entre lo prometido en campaña y lo ejecutado en el poder. Todos negocian. La diferencia está en el tamaño de la transacción, en la honestidad del relato y en si esas alianzas sirven para transformar algo o simplemente para conservarlo todo.

En ese contexto apareció Abelardo de la Espriella, el Man del Sombrero, vendiendo una promesa poderosa: gobernar con “los nunca”. El lema pegó porque tocó una rabia real. La gente está cansada de ver los mismos apellidos, clanes y operadores entrando y saliendo del Estado como si los ministerios fueran finca heredada. Para muchos, votar por él era cerrarle la puerta a la rosca y abrirles espacio a voces sin padrino.

Pero la campaña es una cosa y el poder es otra. La campaña se gana con épica; el gobierno se arma con transacciones. La campaña promete pureza; el gobierno exige mayorías. La pregunta no es si De la Espriella debía nombrar un gabinete de desconocidos. Eso sería ingenuo. Gobernar no es hacer una lista de personas puras; es administrar poder, intereses y urgencias.

La verdadera pregunta es otra: ¿hasta dónde puede negociar un gobierno que prometió ruptura sin convertirse en aquello que decía combatir?

Ahí entra el gatopardismo: cambiar lo suficiente para que nada esencial cambie. Mover las sillas, cambiar el mantel, poner música nueva y conservar sentados a los mismos comensales. Pintar la fachada de revolución mientras se protege la arquitectura del poder. Y lo que se ve alrededor del gabinete tiene mucho de eso: cambio de empaque, continuidad de fondo. Una promesa contra la rosca administrada con herramientas de la rosca.

Con los nombres reportados públicamente, el gabinete deja de ser rumor y empieza a convertirse en retrato. Y ese retrato no huele a revolución ciudadana. Huele a política de siempre, pero con sombrero nuevo.

Lo que aparece no es una excursión hacia la ciudadanía, la academia sin padrino o los técnicos que nunca han tenido silla. Aparece el mapa conocido: excongresistas, exgobernadores, familias políticas, cuotas regionales, fichas de campaña y apellidos acostumbrados a caminar los pasillos del poder sin pedir permiso.

Ahora bien: no todos los nombramientos son iguales. Meterlos en el mismo saco sería facilismo. Hay perfiles de gobernabilidad, técnicos, ideológicos y burocráticos. No es lo mismo estabilizar un sector que entregar una cartera como cuota disfrazada de renovación.

Elsa Noguera en Transporte es difícil de maquillar. Nadie niega su experiencia administrativa. El problema no es su hoja de vida; es desde dónde llega y qué cartera recibe. Noguera aparece asociada al universo político del grupo Char. Y Transporte no es cualquier ministerio: es infraestructura, contratos, vías, concesiones, regiones y poder concreto. Ese nombramiento, leído así, no suena a rebelión contra la rosca. Suena a que la rosca encontró silla en primera fila.

Juliana Gutiérrez en Deporte exige cuidado. No se trata de descalificarla por ser hermana de Federico Gutiérrez; ese argumento, solo, sería débil. El punto es su perfil sectorial. Si su trayectoria no muestra experiencia robusta en política pública deportiva, y a eso se suma su vínculo con un jefe regional de peso, el nombramiento deja de parecer renovación y empieza a parecer cuota.

Mauricio Gómez Amín en Comercio no rompe moldes: viene del Congreso, de la política regional caribeña y de la campaña. Puede ser confianza política, incluso gobernabilidad; pero no es novedad ciudadana. Viviane Morales en Educación tiene lógica ideológica, pero no renovación: no abre conversación nueva, reabre una vieja batalla cultural. Iván Cancino en Justicia tiene credenciales, pero la justicia no se transforma solo con abogados famosos; se transforma con independencia.

Rodrigo Lara Restrepo en Interior y Miguel Gómez Martínez en Hacienda merecen algo más serio que un ataque por apellido. Nadie elige dónde nace. El punto es qué función cumplen. Interior es la negociación con Congreso, partidos y territorios. Hacienda es el mensaje a mercados, gremios y poder económico. Al poner allí figuras reconocibles para el establecimiento, De la Espriella manda una señal clara: la ruptura tendrá límites y la tranquilidad de los incluidos será prioridad.

Eso puede ser gobernabilidad. Puede ser pragmatismo. Puede ser necesario. Pero no es “los nunca”. Jaime Andrés Beltrán en Vivienda representa liderazgo territorial; Jorge Eduardo Mora en Defensa, seguridad dura; Fabio Arjona en Ambiente, el caso técnico más defendible. Ellos medirán si los técnicos serán columna vertebral o simples adornos de una repartición política.

Ahí está el corazón del asunto. De la Espriella no prometió simplemente gobernar bien. Prometió gobernar distinto. No dijo que iba a administrar el club con mejores modales. Dijo que iba a abrir ventanas, sacar el humo y llamar a quienes nunca habían sido invitados. Por eso cada nombramiento pesa más. No solo se evalúa la hoja de vida; se evalúa el símbolo.

Y el símbolo, hasta ahora, es gatopardista.

Algo cambia: el lenguaje, el estilo, la estética, el sombrero, la rabia contra el sistema. Pero algo permanece: intermediarios, clanes, cuotas, apellidos, regiones cobrando, partidos entrando por la puerta lateral y el establecimiento respirando tranquilo.

Sus defensores dirán que esto es pragmatismo, y tienen parte de razón. Un presidente sin Congreso, sin regiones y sin operadores termina convertido en comentarista de su propio fracaso. Pero una cosa es negociar para gobernar y otra gobernar para pagar negociaciones. Una cosa es incorporar experiencia y otra llenar el gabinete de señales para los mismos poderes. Una cosa es construir gobernabilidad y otra disfrazar el reparto con lenguaje de renovación.

La ciudadanía no esperaba un gabinete de santos ni de desconocidos absolutos. Esperaba proporción, equilibrio y una señal clara de que “los nunca” no eran una consigna bonita. Esperaba que, junto a los puentes necesarios con Congreso y regiones, aparecieran nombres independientes, técnicos sin padrino y voces no recomendadas por los mismos caciques.

Hasta ahora, esa señal es débil. La pregunta incómoda es sencilla: ¿De la Espriella quiere gobernar con los excluidos o tranquilizar a los incluidos?

Todavía puede corregir y sorprender. Pero los primeros nombres ya mandaron un mensaje. Y el mensaje no dice revolución. Dice acomodo.

El ColomboItaloGringo llegó prometiendo romper la mesa. Pero los primeros movimientos sugieren otra cosa: no vino a voltear el comedor, sino a cambiar la mantelería y reservar puesto entre los mismos comensales.

Eso no es ruptura. Es gatopardismo con sombrero.

En Colombia, todos dicen venir contra la rosca, hasta que descubren que la rosca también sirve para gobernar.