Geopolítica Parroquial
Derrotas tempranas
Por: Víctor Rodríguez Fajardo
El poder produce un efecto casi biológico en los recién llegados: al estrenarlo, un primíparo suele quedar envuelto en una burbuja de soberbia que lo desconecta de la realidad. Hoy, el presidente electo Abelardo de la Espriella, apadrinado por la aparente infalibilidad de su estratega Suárez, parece convencido de que gobernar será la prolongación de una exitosa campaña de confrontación. Sin embargo, antes de poner un pie en el palacio presidencial, la geopolítica parroquial podría prepararle derrotas tan tempranas que arruinen su luna de miel antes del primer decreto.
El primer síntoma de ese aislamiento es un embeleco logístico y simbólico: trasladar su posesión a una guarnición militar en una ciudad con precaria conectividad aérea, terrestre y hotelera para recibir delegaciones y congresistas. No sería un simple capricho estético, sino un error estratégico: proyecta atrincheramiento en lugar de autoridad e incomoda a un establecimiento que suele cobrar caro los desaires.
Pero el error de fondo no es de formas, sino de poder. Abelardo ha abierto un frente innecesario con el Centro Democrático. No es una disputa ideológica, pues ambos habitan el mismo vecindario electoral, sino una pelea sucesoria: quién manda en la derecha colombiana.
Con una bancada propia de apenas cuatro senadores bajo el aval de Salvación Nacional, el presidente electo sabe que necesita algo más que votos presidenciales. Necesita quitarle a Álvaro Uribe Vélez el título de jefe natural de la derecha y erigirse como nuevo caudillo. En un país donde buena parte de los partidos son más gobiernistas que ideológicos, la Casa de Nariño parece confiar en que la burocracia y los afectos familiares bastarán para someter al Congreso.
En los pasillos del Capitolio ya se perfila la operación. Alfredo Deluque, amigo de Abelardo, aparece como candidato a la presidencia del Senado; Nicolás Barguil se proyecta para presidir la Cámara; Diego González aspira a continuar en la Secretaría General del Senado; y John Abiud Ramírez conservaría influencia sobre la administración de la Cámara.
El Ejecutivo podría creer que controla el presupuesto, la agenda y la operación legislativa. Mientras tanto, el uribismo, que aportó más de tres millones de votos a la coalición vencedora, quedaría como el gran perdedor del reparto burocrático, confinado a posiciones menores mientras Abelardo se siente dueño del Congreso.
Pero en política no hace falta que dos adversarios se conviertan en aliados para que voten juntos. Basta con que compartan, durante unas horas, el mismo enemigo.
Ese es el riesgo que Abelardo parece subestimar. El Pacto Histórico, el Centro Democrático, los verdes, los sectores indígenas y algunos independientes no necesitan formar una coalición permanente. Les bastaría construir una mayoría coyuntural, una alianza de castigo destinada a propinarle al presidente electo su primera derrota.
La suma parlamentaria existe. Lo difícil no es contar curules, sino lograr que sectores históricamente enfrentados coincidan en una votación. Abelardo, sin embargo, podría estar resolviéndoles el problema: les ofrece un adversario común.
Armando Benedetti, experto en convertir fracturas en operaciones políticas, tendría allí una oportunidad. No necesitaría reconciliar al petrismo con el uribismo. Bastaría con hacerlos coincidir en una decisión devastadora para el nuevo mandatario.
El primer escenario sería la elección de las autoridades del Congreso. Una mayoría transversal podría impulsar una mesa directiva autónoma frente al Ejecutivo. Esa mesa no tendría por sí sola la facultad de impedir el traslado de la posesión, pero sí podría conducir el procedimiento y facilitar que las plenarias rechazaran la autorización necesaria para sesionar fuera de Bogotá.
Ese podría ser el primer cobro.
Con una sola votación, una mayoría hostil obligaría a Abelardo a abandonar su embeleco militar y reorganizar la ceremonia en la capital. No sería una derrota cualquiera, sino una humillación pública antes del 7 de agosto: el presidente electo, que quiso comenzar su gobierno exhibiendo fuerza desde una guarnición, terminaría retrocediendo ante un Congreso que todavía no controla.
A ese escenario se suma Santiago Uribe Vélez. Tras confirmarse su condena por el caso de “Los Doce Apóstoles”, el gobierno saliente de Gustavo Petro autorizó que cumpliera su reclusión en el Grupo de Caballería Juan del Corral, en Rionegro. Álvaro Uribe agradeció públicamente la decisión.
Ese agradecimiento no prueba un pacto ni convierte a Petro y Uribe en socios. Pero en la política tradicional los gestos rara vez desaparecen sin dejar memoria. No siempre se pagan mediante acuerdos explícitos; a veces basta una abstención, una llamada que no se hace o una votación presentada como defensa institucional.
Mientras Abelardo intenta “matar al padre” político de la derecha, el viejo león de El Ubérrimo podría descubrir que el mandatario saliente entiende mejor que el presidente electo los códigos de respeto, familia y reciprocidad que pesan en la política colombiana.
El uribismo tendría una justificación perfecta para rebelarse sin admitir que ayuda a Petro: defender la institucionalidad del Capitolio. Le bastaría sostener que la posesión debe realizarse ante el Congreso, que las Fuerzas Militares no pueden convertirse en escenografía partidista y que las instituciones no deben trasladarse por el capricho de un gobernante.
Petro tampoco tendría que ofrecer una reconciliación histórica. Una coincidencia puntual podría servirle para proteger su legado, fracturar a la nueva coalición y demostrar que Abelardo aún no controla el Estado que está por recibir. La política colombiana está llena de coincidencias imposibles que duraron exactamente lo necesario para derrotar a un tercero.
En Macbeth, Shakespeare hace que las brujas profeticen al soberbio tirano que no será vencido hasta que el bosque de Birnam marche contra su castillo. Macbeth se burla porque los árboles no pueden caminar, hasta que contempla al ejército enemigo avanzar oculto bajo las ramas cortadas.
Abelardo de la Espriella, en su ingenuidad de debutante al creer que la política tradicional está petrificada, podría estar logrando el mismo milagro: unir bajo un mismo follaje al uribismo y al petrismo. No porque hayan superado sus diferencias, sino porque ambos tendrían razones para impedir que el nuevo presidente se convierta, desde el primer día, en dueño absoluto de la derecha y del Congreso.
La “patria milagro” que promete Abelardo no sería entonces la de la concordia, sino la de sus enemigos marchando coordinados hacia el Capitolio. A Petro y a Uribe no tendría que unirlos el afecto; podría bastarles Abelardo.
Solo faltan cuatro días. En Colombia, donde la política muta más rápido que cualquier pronóstico, el presidente electo todavía puede aterrizar en Rionegro, tomarse la foto con Uribe y desactivar la rebelión. Pero si insiste en humillar al jefe histórico de la derecha, quizá descubra que Petro y Uribe no necesitan reconciliarse para derrotarlo.
Y que nadie diga que el bosque no avisó.
