La Firma
Simón el gran varón
O de cómo se elige un contralor en Colombia sin que nadie se entere de que ya estaba elegido
Por Víctor Rodríguez Fajardo, El Man del Sombrero
Lo que aquí se cuenta proviene de fuentes conocedoras de las tratativas políticas. No existe acta, grabación ni comunicado que documente las conversaciones reservadas. Por eso se presenta como una versión que deberá ser contrastada por sus protagonistas. Lo demás está a la vista: comunicados, respaldos, firmas y votos comprometidos antes de comenzar la elección.
La elección del nuevo Contralor General de la República olió a fiesta de cumpleaños donde ya habían cortado el pastel, repartido las porciones y guardado la mejor tajada antes de que llegara el primer invitado.
Muchos de los concursantes felicitaron anticipadamente a Jorge Eliécer Laverde Vargas con esa elegancia amarga del que sabía que había perdido antes de que contaran los votos. Algunos anunciaron que ni siquiera asistirían a la sesión del Congreso en pleno.
Porque esto, señores, no fue una elección.
Fue una coronación con trámite incluido.
Una misa con el muerto ya enterrado.
El cuadro de bancadas que oficializaron su respaldo a Laverde es de esos que hacen pensar que la democracia colombiana tiene mucho de liturgia y muy poco de sorpresa.
Firmaron el Partido Liberal, el Partido Conservador, el Centro Democrático, Cambio Radical y el Partido de la U. La coalición de los que mandan cuando quieren mandar, que no siempre es lo mismo que gobernar y casi nunca es lo mismo que servir.
Después llegaron otros respaldos: la Alianza Social Independiente, sectores de la Alianza Verde, el Nuevo Liberalismo, Creemos y representantes de las Circunscripciones Especiales de Paz.
Cada cual con su comunicado, su explicación y su conciencia tranquila.
Cuando se abrió la sesión, Laverde ya tenía una mayoría suficientemente amplia para convertir la votación en una formalidad. Ganó en el papel antes de que el ujier abriera la puerta del recinto.
Después ganó en las urnas del Congreso.
La elección simplemente confirmó lo que los comunicados, las firmas y los votos comprometidos habían resuelto desde el día anterior.
En este país eso se llama de muchas maneras.
La más suave es consenso.
La más honesta no la escribo porque me conocen la letra.
El gran varón
El candidato comenzó su aspiración con el músculo del Partido Liberal. Y en el documento suscrito por las cinco bancadas que conformaron el bloque principal apareció una firma con especial significado político:
Simón Gaviria, nuevo vocero del trapo rojo.
Simón el gran varón.
Porque quien pone primero el nombre sobre el papel no siempre es quien más arriesga. A veces es quien mejor calcula. El que llega temprano al mercado y compra barato lo que después puede valer una fortuna en votos, influencia, favores y capital político.
Capital que no figura en ningún balance, pero que todos saben cobrar cuando llega la hora.
Y la hora llegó.
El gallo de Honorio
Según fuentes conocedoras de las conversaciones, hubo una reunión reservada. De esas que no tienen convocatoria, acta, registro de asistencia ni minuta de compromisos. Solo personas que saben que estuvieron allí y que lo sucedido dependerá siempre de quién lo cuente, a quién se lo cuente y a qué distancia del micrófono.
En esa conversación estaba Honorio Henríquez.
Honorio, hombre de palabra.
Palabra de gallero, que en ciertos círculos vale más que cualquier documento porque se empeña mirando a los ojos.
Honorio llegó con su gallo bajo el brazo: el actual Personero de Bogotá. Era su candidato. Lo había apostado y lo había dicho. Y en su mundo decirlo es casi tanto como hacerlo, porque la palabra empeñada funciona como moneda de curso legal en esa economía invisible que mueve al país real.
Pero, según la versión conocida por esta columna, alguien le recordó con la cortesía fría de quien no necesita levantar la voz que una coalición amplia lo había llevado a la Presidencia del Senado.
Y que las deudas políticas no se pagan con discursos.
Llegaba el turno de otro socio. No necesariamente del Gobierno de Abelardo de la Espriella, sino de esa coalición silenciosa que rara vez aparece completa en las fotografías, pero que interviene en las decisiones que siguen: Contraloría, Defensoría, Procuraduría, ascensos militares, magistraturas, Fiscalía y Registraduría.
La lista es larga.
La memoria de los socios también.
Honorio escuchó. Honorio cumplió. Retiró su gallo sin aspavientos ni rabia pública, con la serenidad de quien entiende que hoy cede una ficha porque mañana continuará sentado en la mesa.
Si esa versión no corresponde a la realidad, sus protagonistas podrán desmentirla.
Pero el resultado político quedó a la vista: el candidato de Honorio salió del camino y el de Simón recogió la mayoría necesaria para convertirse en Contralor General de la República para el periodo 2026–2030.
Así funcionó esto.
Sin gritos.
Sin escándalo.
Con firmas.
Y finalmente, con votos.
La hoja de vida y el cargo
Jorge Eliécer Laverde tiene una hoja de vida académica amplia. Es abogado, doctor en Derecho y registra maestrías y especializaciones suficientes para empapelar una pared.
Nadie está diciendo que sea un ignorante ni que carezca de capacidades.
El punto es otro.
Su trayectoria profesional conocida se ha desarrollado principalmente alrededor del Congreso, especialmente como secretario de la Comisión Sexta del Senado. Esa experiencia puede convertirlo en un conocedor excepcional del funcionamiento legislativo, de las bancadas y de los resortes internos del poder.
Pero no equivale, por sí misma, a una trayectoria especializada en control fiscal.
Y ahí está el detalle que el diablo no solamente subrayó con rojo, sino que encerró en un círculo y acompañó con tres signos de exclamación:
Lo eligieron para dirigir el máximo organismo de control fiscal precisamente quienes conocían de primera mano su capacidad para convivir con el Congreso.
No quienes pudieran acreditar que hubiera dedicado su vida a perseguir el detrimento patrimonial.
Esa era la discusión que debía darse.
Pero cuando los votos ya están contados, discutir la idoneidad parece una descortesía.
Todos a una
Ahora viene la parte que exige estómago y lucidez al mismo tiempo.
Incluso sectores del Pacto Histórico terminaron acompañando la candidatura. Laverde salió elegido con una votación abrumadora, como han salido otros altos funcionarios y como seguirán saliendo mientras el modelo resista.
A primera vista, semejante coincidencia puede presentarse como consenso democrático, madurez institucional y grandeza de miras.
Pero desde la acera del frente se ve distinto.
Todos comen juntos.
No estoy hablando necesariamente de corrupción en el sentido penal de la palabra. Tampoco afirmo que cada voto implique un delito o que todos los congresistas actúen movidos por intereses ilícitos.
Hablo de algo más sofisticado y duradero:
La arquitectura del establecimiento.
El pacto político —unas veces explícito y otras tácito— según el cual los organismos de control no pueden quedar en manos de un extraño. De alguien que no conozca los códigos del sistema, no le deba gratitud a ningún sector y pueda actuar con absoluta libertad frente a quienes lo eligieron.
Eso sería incómodo.
Incluso peligroso.
Por eso resulta preferible un funcionario respaldado por casi todos. Cuando todos participan de la elección, la responsabilidad política se diluye y la protección se vuelve colectiva.
Hasta el congresista más invisible entiende cómo funciona.
El que solo abre la boca para decir presente. El que todavía espera que le asignen una oficina que no parezca un clóset con ventana. Ese también tiene parroquia: concejales, diputados, alcaldes, gobernadores, contratistas y compromisos regionales.
Gente pequeña en el mapa nacional, pero enorme en el mapa local.
Gente que algún día puede necesitar una llamada, una audiencia, una explicación o una puerta abierta.
Para eso sirve poder decir que el Contralor también recibió tu voto.
No necesariamente como un favor ilegal.
Sí como una póliza política colectiva.
Pagada en votos.
Renovada en cada elección.
Cobrada, cuando corresponde, en interlocución y silencio.
La paz de los satisfechos
Así las cosas, todos se hicieron pasito.
En Colombia todo cambia para que todo siga igual. La frase parece un cliché, pero continúa siendo el manual de operaciones más preciso para entender esta república.
A eso le llaman paz política.
Y Pedro Pueblo aplaude porque le hablan de gobernabilidad, estabilidad, institucionalidad y bien común. Con semejante sermón, hasta el ateo termina arrodillado, ve la luz y sale convencido de que vive en el mejor de los mundos posibles.
Pero esa no siempre es la paz del ciudadano.
Es la paz de quienes quedaron satisfechos con el reparto.
Mientras tanto, la patria de abajo continúa en la cola del hospital, en la factura del arriendo, en la escuela sin techo y en el bache que lleva tres años esperando un presupuesto comprometido siempre en otra parte.
Esa patria no apareció en el comunicado.
No participó en la reunión reservada.
Mucho menos firmó el acuerdo.
¿Quién controla al controlador?
El Congreso eligió como sucesor de Carlos Hernán Rodríguez a Jorge Eliécer Laverde Vargas, quien asumirá la dirección del máximo organismo de control fiscal del país.
Ahora vendrá el empalme.
Después llegarán los nuevos equipos, los recomendados, los conocidos y los especialistas en navegar el poder sin mojarse la ropa.
Nuevas torres del corone seguirán apareciendo en municipios que no tienen acueducto, pero sí contratistas. Nuevos pisos, terrazas y penthouses que nadie sabe cómo se pagaron, aunque en la parroquia todos sospechen de dónde salió la plata.
Y Colombia continuará su vida republicana con la fe intacta y el bolsillo roto, esperando que en 2027 aparezca el dotor que salve la patria.
Como siempre.
Como nunca.
Como siempre.
Los grandes escándalos de corrupción rara vez nacen espontáneamente dentro de los organismos de control. Con frecuencia estallan primero en los medios nacionales o en esa prensa parroquial que trabaja sin blindaje, sin abogados de planta, con el alcalde viviendo a dos cuadras y el contratista siendo compadre del dueño de la emisora.
Después del titular y de la indignación pública llegan los procesos.
Algunos avanzan con rapidez.
Otros caminan con esa lentitud burocrática que en Colombia no siempre es descuido.
A veces parece método.
Por eso preocupa lo que sucede en las contralorías territoriales. Instituciones que deberían vigilar el poder local, pero que en demasiadas ocasiones terminan capturadas por las mismas fuerzas que tendrían que investigar.
Ojalá la Contraloría del Magdalena escape de esa descripción.
Ojalá el expediente relacionado con el diputado Edgar Arias, sobre el cual ya encendimos las alarmas por el riesgo de vencimiento de términos, reciba una actuación oportuna, transparente y ajustada a derecho.
Su presunción de inocencia permanece intacta.
Pero la obligación de los organismos de control también.
Esperemos que Manuel Julián no resulte siendo de los que se echaron el gallo. Porque en esta tierra esa frase tiene demasiados significados y casi todos terminan en la misma dirección:
La impunidad con buena dirección postal.
La linterna incómoda
Gobierno y oposición, derecha e izquierda, cacique tradicional y tecnócrata recién desempacado suelen coincidir en algo:
Cuando la prensa pregunta demasiado, hay que desacreditarla.
Que es amarillista. Que está vendida. Que trabaja para unos o para los otros.
La acusación cambia según quien la pronuncie, pero el propósito casi siempre es el mismo:
Apagar la linterna antes de que ilumine lo que no debe verse.
El Congreso eligió Contralor y todos fingieron que hubo competencia.
Simón puso la firma.
Honorio cumplió la palabra.
Las bancadas depositaron los votos.
Y Jorge Eliécer Laverde Vargas salió elegido exactamente como había entrado al recinto: con la elección resuelta.
Ahora hablarán de independencia, transparencia y control fiscal.
Pedro Pueblo podrá creerles si quiere.
El Man del Sombrero no.
Porque en esta elección el gran varón no fue el elegido.
Fue quien ayudó a demostrar que ya venía elegido.
