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La Firma

El Amor Triunfa en Caño de Mayo

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Por Jesús Morales Pérez
Escritor Pivijayero
Jesusmoralesperez20@gmail.com

En Caño de Mayo, tierra de patios grandes y cielos abiertos, también hay lugar para las historias de amor. Amor del bueno, de ese que se bate entre luchas, intrigas y firmeza, como decían las abuelas cuando pelaban yuca al atardecer.

Al poco tiempo de haber llegado con su cuaderno bajo el brazo y el silbido feliz que lo precedía, el profesor Azael Maya se puso una meta tan noble como enseñar a leer: conocer a cada familia del pueblo. Caminó loma arriba, trocha abajo, saludó a perros, gallinas y hasta a loros malcriados, y fue así como llegó a conocer a la familia Rosales Quesada: Don Alejandro, un hombre de machete y pocas palabras, y Doña María, mujer de sabiduría callada y manos que cuando tocaban aliviaban. Tenían cuatro hijos, pero a los ojos de Azael, Esperanza, la hija mayor, era una melodía entre el monte.

Ella no le fue indiferente. Tenía una risa que espantaba penas y una mirada que inspiraba hasta a los burros a caminar más derecho. Sencilla, firme y alegre, Esperanza Rosales era como su nombre: una promesa entre las ceibas.

Pero no todo era color de rosa.
Cuando Don Alejandro se enteró que el maestro rondaba a su hija, se le subió la presión como si hubiera caído sopa caliente en el pecho al mediodía.

—¿¡Un maestro!? —gritó desde el chinchorro—. ¡Eso no es ser alguien en la vida! ¡Ser alguien es desmontar monte con machete y callo en la mano!

Doña María, que aunque sabía pocas letras entendía de almas, le dijo con voz suave:

—Yo tengo fe, alejo… ese muchacho es de buena madera.

Con una sabiduría más grande que el palo e mango de su patio, ella fue calmando la tormenta del esposo. Mientras tanto, Azael seguía visitando la casa, con respeto, con cuentos, con sonrisas. Nunca llegaba con las manos vacías: un libro, una flor de morrocoyo, una historia bonita. Y siempre con su silbido, ese que hacía hasta al gallo de los Rosales cantar más temprano.

Pero como en todo buen pueblo, los chismes vuelan más rápido que las mariposas amarillas. Los otros pretendientes de Esperanza —unos con bigote postizo y otros con más sombrero que cerebro— comenzaron a murmurar. Decían que el maestro era foráneo, que quién sabía de dónde venía, que los de fuera traen alegría al principio y lágrimas al final. Uno de ellos, más atrevido que sabio, hasta pagó a un primo para que fuera a San Carlos a investigar el apellido Maya.

Los rumores llegaron a Don Alejandro: que si el papá de Azael vendía chance, que si el tío había estado preso, que si la mamá era bruja. Nada comprobado, pero suficiente para encenderle el fogón del alma. Sin decirle una palabra a su esposa, tomó una decisión tajante:

—Esperanza se va pa’ la finca de mi hermana. Que ese profesor se quede con sus libros y su silbido.

Y así, de un día para otro, Esperanza fue enviada lejos, sin carta ni despedida. Azael, al enterarse, quedó como cuaderno mojado: sin hojas firmes, sin ganas de escribir. En las clases ya no cantaba. En las visitas ya no silbaba. El pueblo lo notaba.

Pero el amor cuando es bueno, no se rinde, y en Caño de Mayo nadie puede con la fuerza de un corazón valiente.

Una tarde, mientras el cielo amenazaba lluvia y los niños jugaban bolita de uñita, Doña María se acercó al profesor.

—No se rinda, mijo. La firmeza también es parte del amor.

Con esas palabras como gasolina en el pecho, Azael escribió una carta de cinco páginas, con versos, promesas y un dibujo de una casita con jardín. Se la envió a Esperanza por manos de una niña que vendía arepas. Semanas después, llegó la respuesta: una nota sencilla que decía:

“Aquí estoy, Azael. Como siempre. Firme. Esperando que el amor nos vuelva a juntar.”

Y así fue. Don Alejandro, terco pero no sordo al tiempo, fue cediendo. Tal vez fue la mirada tranquila de su mujer, o la alegría que volvió al rostro de su hija. Tal vez fue ver a Azael sembrando una huerta escolar con los niños, enseñando con pasión, respetando la tierra y a su gente.
O tal vez fue que hasta el machete entendió que las letras también limpian monte.

Lo cierto es que una mañana soleada, Azael fue invitado a la casa Rosales Quesada. Don Alejandro lo miró a los ojos, le ofreció un café fuerte y le dijo:

—Bueno, muchacho… si te vas a quedar, que sea pa’ siempre. Pero no se te olvide que aquí, el que ama, trabaja.

Azael sonrió, silbó bajito y respondió:

—Y el que enseña, siembra, don Alejandro.

Y desde ese día, en Caño de Mayo, cuando alguien duda del amor, le recuerdan la historia del profe Azael y Esperanza. Porque ni el chisme, ni la distancia, ni el machete pudieron con un amor de verdad.

Y así fue como, entre letras y leña, el amor triunfó en Caño de Mayo.