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¿La prospectiva en turismo sirve o no sirve?
Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co
Hace más de veinte años participé en un proyecto de prospectiva sobre la competitividad turística de Cartagena de Indias, dirigido por el arquitecto y consultor Héctor López Bandera. Mi responsabilidad consistió en aplicar el análisis estructural MICMAC, procesar las relaciones entre las variables estudiadas y revisar borradores de los informes que serían presentados a Colciencias, hoy Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.
MICMAC suena como el nombre de una máquina misteriosa, pero su propósito es relativamente sencillo: identificar cuáles variables tienen capacidad para mover un sistema y cuáles son, principalmente, consecuencias de las anteriores. No pretendíamos adivinar cuántos turistas llegarían veinte años después. Buscábamos comprender qué factores podían determinar el futuro turístico de Cartagena.
En la matriz aparecieron asuntos como la capacidad de los empresarios, la calidad de los servicios, la promoción, la demanda, la infraestructura, las playas, la pobreza, la informalidad, el equipamiento turístico y la competencia con otros destinos. La conclusión de fondo era clara: Cartagena no podía confiar eternamente en sus murallas, su clima, su ubicación y su condición de ciudad histórica. Debía transformar esas ventajas heredadas en capacidades construidas.
La aspiración quedó resumida en una frase afortunada: “La Heroica debe ser única”.
Se proponía una Cartagena menos dependiente del turismo de sol y playa, capaz de aprovechar su patrimonio, su cultura, su gastronomía y su identidad caribeña. Una ciudad con mejores servicios, empresarios preparados, infraestructura adecuada, instituciones coordinadas y una actividad turística cuyos beneficios alcanzaran a una proporción mayor de sus habitantes.
Veinte años después podemos preguntar: ¿sirvió aquel ejercicio?
La respuesta más inmediata sería afirmativa. Cartagena se consolidó como uno de los principales destinos turísticos de Colombia. Crecieron los pasajeros nacionales e internacionales, la conectividad aérea, la capacidad hotelera y el turismo de cruceros. La ciudad se posicionó como escenario de bodas, congresos, convenciones, festivales y grandes encuentros internacionales. Su gastronomía obtuvo mayor reconocimiento y el patrimonio histórico se convirtió en una marca global.
Los turistas llegaron. En algunos momentos, incluso, llegaron más de los que determinados espacios podían recibir adecuadamente.
Pero el éxito comercial no produjo automáticamente la transformación sistémica que imaginábamos. Persistieron la informalidad, la calidad desigual de los servicios, los problemas de movilidad, las deficiencias de infraestructura y la débil articulación institucional. El turismo creció mucho más rápido que el bienestar de una parte considerable de la población. Cartagena se hizo más visible internacionalmente, pero continuó registrando niveles de pobreza incompatibles con la prosperidad exhibida en sus zonas turísticas.
La ciudad consiguió crecer como mercado, pero se transformó mucho menos como territorio.
Además, ocurrieron fenómenos que no estaban en nuestra matriz o que entonces resultaba difícil dimensionar.
Airbnb ni siquiera había sido fundada. Nadie podía prever con exactitud que una plataforma digital permitiría convertir miles de viviendas en alojamientos turísticos, modificar el mercado de arrendamientos y llevar visitantes a sectores tradicionalmente residenciales. La informalidad turística dejó de ser exclusivamente callejera: también se volvió digital.
Getsemaní representa quizá el caso más revelador. El antiguo barrio popular ganó reconocimiento, inversión, restaurantes, hostales y valorización. Su arquitectura, sus calles y su cultura comunitaria se convirtieron en atractivos internacionales. Pero ese éxito también elevó los alquileres, reemplazó viviendas por negocios turísticos y desplazó, directa o gradualmente, a parte de sus residentes.
La paradoja es dolorosa: la vida comunitaria que hizo atractivo a Getsemaní puede desaparecer como consecuencia de su propio éxito turístico. Corremos el riesgo de conservar las fachadas mientras expulsamos la vida que les daba sentido.
Tampoco anticipamos la influencia de Instagram, TikTok, Google Maps y las plataformas de recomendaciones. Hoy la promoción de un destino ya no está controlada por una oficina pública, una agencia de viajes o una campaña institucional. Un lugar puede hacerse famoso en pocas horas y recibir una multitud para la cual nunca estuvo preparado. Una denuncia por precios abusivos también puede recorrer el mundo antes de que las autoridades alcancen a reaccionar.
A esto se suman la explotación sexual, el uso de plataformas para actividades clandestinas, la saturación de playas, la erosión costera, la gentrificación, el cambio climático y una pandemia que paralizó temporalmente vuelos, hoteles, restaurantes, cruceros y empleos. El sistema turístico se volvió más complejo que el que introdujimos en aquel programa informático.
¿Significa eso que la prospectiva no sirve porque no predijo Airbnb, TikTok o la COVID-19?
No. La prospectiva no es adivinación. Su función no consiste en anunciar con nombre propio cada tecnología, crisis o acontecimiento futuro. Sirve para identificar relaciones, construir escenarios, detectar señales de cambio y mejorar las decisiones del presente.
Culpar a la prospectiva porque algunas de sus advertencias no se convirtieron en realidad sería como culpar al diagnóstico médico porque el paciente decidió no seguir el tratamiento. Sin embargo, tampoco podemos absolverla completamente. Un ejercicio prospectivo pierde utilidad cuando termina convertido en un informe que se entrega, se presenta en un auditorio y luego se archiva.
El error fue tratar el futuro como una investigación que podía realizarse una sola vez. La matriz debía actualizarse periódicamente. Las instituciones debieron observar nuevas señales, evaluar el cumplimiento de los escenarios e incorporar variables emergentes. Cartagena creó una Secretaría de Turismo apenas en 2024, casi dos décadas después de que la institucionalidad apareciera como una condición necesaria para organizar el destino.
Hoy necesitamos un nuevo análisis estructural que incluya las viviendas turísticas, la gentrificación, la permanencia de los residentes, la capacidad de carga, la calidad del empleo, la reputación digital, la explotación sexual, la disponibilidad de agua, la erosión costera, la inteligencia artificial y la distribución territorial de los beneficios.
Veinte años después, mi conclusión es que la prospectiva sí sirve. Sirvió para advertir que atraer turistas no era lo mismo que construir un destino competitivo, sostenible e incluyente. Acertó al mostrar que promoción, demanda, calidad, capacidad empresarial, infraestructura, pobreza e informalidad formaban parte de un mismo sistema.
Los turistas llegaron. Las capacidades institucionales, sociales y territoriales no avanzaron al mismo ritmo.
El problema no fue haber pensado el futuro. El problema fue creer que bastaba con pensarlo. La prospectiva no adivina ni ejecuta: ayuda a decidir. Y cuando una sociedad ignora lo que ya había comprendido, no es el futuro el que fracasa, sino el presente.
