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LA BUENA POLÍTICA SIEMPRE DEBERÍA TRIUNFAR
Por: José Manuel Herrera Brito
Desde tiempo inmemorial, como bien lo registra la historia, hemos convivido con una grande actividad que parece tener reglas inflexibles; y quienes en ella intervienen, quiéralo o no, están condenados al cumplimiento de esas normas no escritas, en la que muchas veces asoman prioridades que se imponen sobre los deseos de quienes operan en ese oficio, y es la política, ese arte de gobernar y organizar la convivencia humana, que en mi concepto y en su esencia más pura se encuentra referida a las decisiones y acciones que afectan la distribución del poder y los recursos en una sociedad y que bien podemos imaginarla como el tejido invisible que mantiene unidas a las comunidades al definir reglas y normas que todos aceptamos para vivir en armonía, misma que como elemento primordial entraña tres funciones sustanciales en las que funge como pilar de los Estados, y son la regulación social, de conflictos y la participación ciudadana.
Han intentado muchas veces los líderes evadirse de la camisa de fuerza que les señala la propia lógica del poder, pero sistemáticamente, deben rendirse ante dicha lógica. Ejemplo de ello el decir de José Aricó, cuando refiere que: “Muchas veces queremos cambiar al poder. Descubrimos cuando llegamos a él que el poder nos cambia a nosotros”. La política impone realidades sobre la voluntad o la vocación transformadora de sus líderes en relación con la vida pública y es allí donde desde distintas dimensiones nos hallamos ni más ni menos que frente al triunfo de la política, de sus reglas y prioridades.
Otras veces se trata de retar esa lógica del poder y a la opinión pública como una especie de reivindicación del propio liderazgo, de la propia decisión, del propio capricho; no obstante, terminan prevaleciendo las reglas del oficio, las jugadas políticas que alertan sobre algo, prefiguran o convalidan decisiones como manifestaciones de las mismas tendencias, convirtiéndose lo cual como una forma más de seducir a la opinión pública; más, cuando la política está impugnada y la vocación de poder parece pecaminosa, puesto que no es dable esconder la pretensión y el entusiasmo en general de todos los políticos, que aunque lo disimulen con rasgos de altruismo y abnegación, siempre es su querer ir por más, así debían subordinarse como acaece la mayoría de las veces, dado que en últimas su objetivo es permanecer; razones de peso entre otras muchas para tener en cuenta respecto de por qué la democracia debe modernizarse y estabilizarse de manera permanente y continua.
Claro es que la buena política debería triunfar, toda vez que es su propósito fundamental la búsqueda y procura del bien común, proteger los derechos y garantizar la prosperidad y seguridad de la sociedad, lo que se fundamenta en razones esenciales como es el servicio y bienestar; esto es, servir a la gente, ampliar oportunidades y generar las condiciones para que la vida en sociedad sea plena; resolver los problemas, vale decir, enfrentar los retos sociales y económicos complejos mediante la unión del conocimiento técnico y la ética práctica, en lugar de intereses particulares; y, defender la libertad bien entendida y la convivencia frente al avance de la apatía, el cinismo o los regímenes autoritarios, ya que una política íntegra preserva los espacios de diálogo, los derechos humanos y la dignidad de las personas.
Solo así es posible derribar los obstáculos para lograrlo, como es la desmedida pasión por el poder personal que se busca como un fin en sí mismo o para beneficio propio y de redes de corrupción traicionando el mandato colectivo; cuando se acude al cortoplacismo y la polarización, que dan protagonismo a la extrema confrontación, el populismo y el culto a la imagen personal que terminan desplazando el debate técnico y las soluciones de fondo; y, la desconexión ciudadana, generando la apatía o el voto por descarte que debilitan la calidad de la democracia y dejan el espacio público en manos de liderazgos poco capacitados.