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SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

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SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

El Gobierno consiguió los votos, hizo concesiones y terminó anunciando por decreto un presupuesto más cercano al que presentó. El Congreso conserva el registro de sus gestiones; la oposición celebra el tropiezo. Para semejante error, hay demasiada tranquilidad.

Por Víctor Rodríguez Fajardo

Uno esperaría que a estas horas estuviera temblando el gabinete. Que alguien explicara cómo un Gobierno con mayorías suficientes para aprobar su presupuesto terminó anunciándolo por decreto porque Senado y Cámara votaron textos distintos y no los conciliaron.

Pero el universo sigue en su sitio.

El ministro del Interior delimitó su responsabilidad: había cumplido porque su deber era conseguir los votos y los votos estaban. El vicepresidente presentó el decreto como una salida favorable para las cuentas del Gobierno. Hacienda guardó silencio a su lado.

Hasta ahora, ninguna crisis de gabinete, ninguna renuncia, ninguna reprimenda pública proporcional al tamaño del episodio.

Sin novedad en el frente.

Claro que había votos. Llegaron después de negociar modificaciones y aceptar destinaciones. El Ejecutivo cedió para obtener la aprobación y los congresistas consiguieron compromisos que podían mostrar ante sus sectores y regiones.

El monto permaneció en $634,9 billones, pero cambiaron prioridades. Hacienda anunció que la inversión aumentaba $7,9 billones frente al primer debate. También celebró adiciones para salud y subsidios de energía y gas.

Entonces apareció el error.

La diferencia en el artículo 65 quedó sin conciliar y el Gobierno anunció que aplicaría por decreto el proyecto con las modificaciones aprobadas en primer debate. Una versión que había pasado por las comisiones económicas con pocos cambios frente a su propuesta.

Qué mala suerte. Qué oportuna mala suerte.

El desenlace devuelve al Ejecutivo buena parte de su diseño inicial y deja por fuera concesiones posteriores. El Gobierno podrá buscar cómo recuperar algunas, pero ya no está en la posición de quien las acepta para conseguir los votos.

Para unas cuentas desfinanciadas y con un ajuste fiscal pendiente, esa diferencia pesa. Cada nueva destinación exige mover recursos, desplazar prioridades o encontrar financiación. Volver al primer debate permite conservar una distribución más cercana a la presentada antes de las negociaciones finales.

Hacienda tiene unas cuentas que explicar: cuánto conserva el Gobierno y cuánto queda por fuera de lo acordado.

Entretanto, el Congreso dispone de su propia defensa. Los parlamentarios pueden regresar a sus regiones diciendo que propusieron, negociaron y votaron los recursos. El registro existe. El Gobierno puede responder que debe aplicar la salida legal correspondiente.

Entre ambas explicaciones, la adición queda por fuera y la gestión conserva dueño.

Quedar de amigos sin dar.

La oposición también tiene algo que mostrar: un Ejecutivo que reunió las mayorías y aun así terminó por decreto. El tropiezo existe. La paradoja es que su resultado puede devolverle al Gobierno unas cuentas más cercanas a las que quería.

A veces la derrota procedimental es la victoria presupuestal.

También merece explicación que la proposición que originó la diferencia proviniera del Centro Democrático y tuviera aval de Hacienda. Su contenido era conocido dentro de la negociación. ¿Quién verificó si lo avalado había sido efectivamente aprobado? ¿Quién cotejó las versiones? ¿Cuándo advirtieron que eran distintas?

La Presidencia y la Secretaría de la Cámara deben explicar el trámite en su corporación. Los ponentes y Hacienda, el seguimiento al articulado negociado. Conseguir los votos era parte del trabajo; completar correctamente el procedimiento también.

La calma no es el misterio. La calma es el dato.

El Gobierno acababa de celebrar acuerdos que ahora quedan por fuera. Sus aliados habían defendido esas partidas. El error comprometió una negociación de alcance nacional. Sin embargo, la escena pública ofrece más satisfacción por la salida encontrada que inconformidad por lo sucedido.

Interior muestra los votos. El vicepresidente defiende el decreto. Los congresistas conservan el registro de sus gestiones y la oposición tiene el titular del tropiezo oficial.

Todos tienen qué mostrar. Falta saber quién responde.

A quienes esperaban los recursos adicionales les explicarán que hubo voluntad, que existió respaldo y que el error impidió completar el trámite. Tendrán que aceptar que todos cumplieron, pero la plata no quedó.

Como trámite legislativo, fue un fracaso. Como desenlace político, tiene demasiados satisfechos.