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LA MADRE DEL CORAZÓN
Por Jesús Morales Pérez
Escritor Pivijayero
jesusmoralesperez20@gmail.com
Alejandra había entregado su vida entera a su matrimonio. Amó con paciencia, con fe, incluso cuando la vida la puso a prueba de las maneras más duras. Nunca tuvo hijos propios, aunque soñó muchas veces con ellos. Su marido, sin embargo, sí los tuvo, pero con otras mujeres. Aun así, ella eligió perdonar. No por olvido ni resignación, sino porque su corazón era demasiado grande como para cargar con el rencor.
Vivía tranquila en su casa de esquina, su vida marcada por la rutina sencilla y los días silenciosos. Fue entonces cuando llegó Laura, su nueva vecina: una joven madre que trabajaba jornadas largas para sostener a su pequeño hijo, Samuel. Agotada y sola, Laura encontraba difícil equilibrarlo todo.
Alejandra, con una bondad que nacía de lo más hondo de su alma, se ofreció a cuidar del niño. No hubo contratos, ni promesas formales: sólo un gesto puro, casi sagrado. Día tras día, Samuel creció bajo la sombra protectora de Alejandra, entre cuentos narrados con voz dulce, meriendas caseras y abrazos que curaban cualquier tristeza.
El marido de Alejandra, al principio distante, también fue cediendo. No pudo evitar encariñarse con aquel niño risueño que llenaba de risa la casa que durante tantos años había estado vacía de inocencia.
Con el tiempo, el pequeño Samuel, sin que nadie se lo enseñara, comenzó a llamar a Alejandra “Mami”. Y aunque ella siempre supo que no había llevado a ese niño en su vientre, lo sentía como propio, como un regalo que la vida le había enviado cuando menos lo esperaba.
Los años pasaron, y la enfermedad llegó silenciosa, como una brisa fría que nadie puede detener. Alejandra se fue apagando poco a poco, pero nunca dejó de sonreír cuando Samuel, ya un joven, le tomaba la mano y se la besaba con respeto y amor.
En su última tarde, rodeada de paz, Alejandra cerró los ojos sabiendo que su vida había tenido un sentido pleno. No necesitó palabras grandilocuentes ni despedidas dramáticas: en el alma de Samuel, aquel niño que había amado como a un hijo, quedaba sembrado para siempre un agradecimiento profundo, invisible, pero eterno.
Ahora, ya hombre, cada vez que Samuel cierra los ojos y la recuerda, siente que su corazón se llena de una luz tibia. Esa luz es Alejandra, su madre del corazón, quien sigue habitando en el rincón más puro de su alma.