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Análisis

SANTA MARTA: EL MIEDO TAMBIÉN GOBIERNA

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SANTA MARTA: EL MIEDO TAMBIÉN GOBIERNA

El poder criminal también se mide por las preguntas que dejamos de hacer, las investigaciones que abandonamos y las explicaciones que la política considera innecesarias. Este es mi testimonio sobre el precio de “portarse bien”.

 

Por: Víctor Rodríguez Fajardo

En Santa Marta hemos aprendido a distinguir entre lo que sabemos, lo que podemos demostrar y lo que nos atrevemos a decir.

Entre esas tres cosas cabe una ciudad entera.

Ser extorsionado, recibir amenazas o sufrir un hurto callejero dejó de sorprender. La repetición convirtió el atropello en paisaje. Las autoridades anuncian medidas, las víctimas denuncian cuando pueden y los demás seguimos calculando cuánto conviene hablar.

El problema desborda las estadísticas. Quien cobra por dejar trabajar adquiere poder sobre la vida de otros. Impone condiciones, restringe actividades y consigue obediencia sin presentarse a una sola elección.

En la parroquia se dice que quien controla la Troncal controla Santa Marta. La frase encierra una preocupación que merece salir de las conversaciones en voz baja: cuánto dominio territorial puede convertirse en influencia electoral y capacidad para condicionar decisiones del Estado.

¿Quién respalda determinadas candidaturas? ¿Qué compromisos acompañan esos apoyos? ¿Quién termina influyendo en secretarías, contratos y nombramientos? ¿Qué independencia conserva un elegido cuando sus obligaciones reales son desconocidas por sus electores?

Nuestra historia ofrece razones para preguntar.

En septiembre de 2013, la Fiscalía informó de la condena contra los exconcejales samarios Euclides Gómez Forero, Guillermo Rueda Vesga y Romualdo de Jesús Macías Sobrino, junto con el empresario Eduardo Dávila Armenta, por vínculos con el paramilitarismo. Las relaciones entre política y estructuras armadas en esta ciudad tienen antecedentes con nombres y decisiones judiciales. www.fiscalia.gov.co

Ese pasado exige vigilancia sobre el presente. Cada responsabilidad actual debe establecerse con sus propias pruebas.

Sin embargo, somos una recua de olvidadizos. Unos por conveniencia. Otros porque el instinto de preservación nos enseñó a tener memoria selectiva.

Recordamos lo suficiente para cuidarnos y callamos lo necesario para seguir aquí.

La visita y sus acompañantes

El episodio que motiva estas líneas tiene un nombre político: Efraín Lozano Dueñas.

El 23 de septiembre acompañó una delegación al Congreso, cuando ejercía la presidencia del Concejo de Santa Marta. En su explicación pública señaló que atendía una solicitud de acompañamiento humanitario de Asocomunales y Corpoteyuna para que fueran escuchadas comunidades indígenas, afro y campesinas.

Esa es su explicación. Las preguntas comienzan con la conformación de la comitiva.

En una publicación del 30 de octubre, el periodista Leopoldo Díaz-Granados identificó entre los acompañantes a José Francisco Ferrer Ortiz, alias Chayane. Su antecedente por el homicidio de Carmen Josefa Vergara Díaz-Granados, la Nena Vergara, está recogido en la providencia AP4962-2022 de la Corte Suprema de Justicia, que reseña su condena y la modificación de la pena en segunda instancia a 313 meses y 15 días de prisión. vlex.com.co

Ese antecedente no demuestra una conducta delictiva actual ni convierte la visita en un acto ilegal. Tampoco borra el interés público de conocer quiénes ejercían la representación comunitaria que se invocó.

Señor Lozano: ¿Quién escogió a los voceros? ¿Qué organizaciones representaba cada participante? ¿Qué solicitudes presentaron y qué compromisos quedaron? ¿Cuál fue su papel en la conformación de esa delegación?

Las comunidades tienen derecho a ser escuchadas. Los ciudadanos tenemos derecho a conocer cómo se ejerce su representación.

Interpreto la escena como una demostración de respaldo y poder político. Por eso pregunto por las relaciones que usted decidió exhibir. Su alcance debe explicarse con hechos, más allá de la seguridad de una pose o la firmeza de una intervención.

La pregunta que me hicieron

Sé lo que cuesta formular preguntas en esta ciudad.

Hace años entrevisté a alias Pinocho para Opinión Caribe. La solicitud llegó por interpuesta persona, cuando, según recuerdo, había regresado de su reclusión en Estados Unidos y estaba en libertad.

Antes de la entrevista me preguntaron:

—¿Cuánto le cobras al patrón por entrevistarlo?

La pregunta suponía que mi oficio tenía precio y que faltaba acordar la tarifa.

Respondí:

—La noticia no se compra ni se vende. Lo único que exijo es libertad para preguntar lo que quiera.

La entrevista se hizo. Sentí tensión y en algunos pasajes me abstuve de contrapreguntar. Tuve miedo. Ocultarlo sería falsear mi experiencia.

En la conversación previa, Pinocho me afirmó que tenía en nómina a periodistas y medios de comunicación. Recuerdo los nombres que mencionó. Publicarlos exige comprobar cada señalamiento; esa responsabilidad no me obliga a silenciar lo que escuché.

Su afirmación daba contexto a la pregunta que me habían hecho: pagar por una entrevista parecía, para mis interlocutores, un trámite conocido.

También le pregunté por los mandos de la Policía Metropolitana de Santa Marta que habrían estado en la nómina de su grupo.

Respondió:

—Todos.

Ese fue su señalamiento. Merece esclarecerse tanto para establecer posibles responsabilidades individuales como para impedir que un jefe criminal construya poder haciendo creer que tiene compradas instituciones enteras.

La sospecha sin resolver también le sirve al que pretende aparecer como dueño de todo.

El pasado fin de semana vi anunciar la divulgación de una lista de políticos, empresarios y funcionarios que habrían tenido negocios con las ACSN. Hasta donde pude comprobar, la lista no apareció.

Sospeché que la promesa de revelar podía funcionar como presión sobre quienes temieran aparecer. No tengo elementos para afirmar que ocurrió así. Permanece la pregunta sobre qué sucede entre el anuncio de unos nombres y el silencio posterior.

Las redes permiten denunciar. También pueden transportar una amenaza.

Veinte minutos

En enero de 2025 fui a cubrir el padecimiento de vecinos de un punto de concentración de chivas rumberas en El Rodadero, que denunciaban como una central de transporte ilegal.

Relataban música a alto volumen, afectaciones al descanso y una actividad que no distinguía días laborales ni temporadas. El infierno, decían, comenzaba a las tres de la tarde.

Publiqué un mensaje anunciando la investigación.

No habían pasado veinte minutos cuando me amenazaron en la misma red social.

Presenté la denuncia formal. Funcionarios y mandatarios me expresaron solidaridad por WhatsApp. En privado. Sin que más nadie leyera.

Agradecí los mensajes. El riesgo se quedó conmigo cuando los demás terminaron de escribir.

Hasta hoy no conozco resultados que permitan hablar de esclarecimiento. Finalmente dejé el tema quieto.

Decidí “portarme bien”.

Me corresponde reconocerlo: la intimidación consiguió apartarme de una investigación. Los vecinos siguieron con su problema y quienes me amenazaron obtuvieron mi silencio sobre el asunto.

¿Cuántas historias desaparecen así de la agenda sin que los lectores sepan por qué dejamos de contarlas?

Ahora circulan amenazas y acusaciones cruzadas entre un empresario y las ACSN. La ciudadanía necesita conocer la respuesta de las autoridades. Santa Marta no puede depender del próximo comunicado de una estructura armada para enterarse de lo que ocurre en su territorio.

Los límites

Señor Lozano: frente a sus aspiraciones políticas, mi preocupación es la independencia con la que pretende ejercer el poder.

Dígale a Santa Marta quiénes respaldan su proyecto, qué espera de ellos y qué esperan ellos de usted. Explique las compañías que exhibe y los compromisos que está dispuesto a adquirir.

Quien busca gobernar debe aceptar que examinemos sus apoyos con la misma libertad con la que solicita nuestros votos.

La amenaza directa que he relatado ocurrió por la investigación sobre las chivas. Frente a usted expreso una preocupación política y el efecto intimidatorio que me produce el entorno descrito.

Este será mi último escrito sobre usted por ahora. Dejo constancia de ese temor porque también pertenece a mi testimonio. Me duele reconocer cuánto pesa cuando considero hacer la siguiente pregunta.

Espero tener vida para seguir escribiendo. Conservo memoria y ganas de contar nuestra historia, incluida la que incomoda a quienes prefieren una parroquia desmemoriada.

En Santa Marta, el miedo gobierna cada vez que consigue que una pregunta deje de hacerse.

Y una de sus victorias más miserables es habernos enseñado a llamar buena conducta al silencio.

#OjoConEl2027 #PoliticaParroquial y la historia que no le gusta a #LasTorresDelCorone.