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Erosión se ‘come’ a Guáimaro

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Para la erosión que amenaza con desaparecer al poblado y que ya se ha ‘tragado’ buena parte de este, se invertirán 2.700 millones de pesos para mitigar en estos momentos el impacto, pero no la solución definitiva.

“Nada es raro, de todo se puede ver en el río: cuerpos enteros flotando desde el bajo Cauca, hasta brazos y piernas enredados con la maleza”, relata el timonel del remolcador Puerto Rico, el cual empuja un planchón que actúa como improvisado ferry, el único disponible ese día para cruzar el río Magdalena, entre Puerto Giraldo, Atlántico y Salamina, Magdalena.

En el trayecto, que no excede los 40 minutos, no existe poder que los sobrepase a la hora de embarcar personas, cargamento, animales o vehículos. Por algo será que cierran su anuncio promocional con un: “de su trato depende el nuestro”.

En los ocho viajes diarios que se realizan, transita el 15 % del ganado doble propósito que abastece a la región Caribe y Santander, una cifra mínima en comparación con el 25 % que se manejaba antes de la temporada de lluvias de 2010.

En el puerto destino, Salamina, y por una vía estrecha que supera a las pistas de camper cross, se llega a los municipios de Pivijay, Remolino, El Piñón y Cerro de San Antonio, regiones apartadas del Magdalena en las que para acceder con cierta facilidad, está la ilógica opción de hacerlo a través de otro departamento.

Pueden alojar hasta 20 vehículos, la mayoría camiones de corral que lleva el ganado a Camagüey, principal matadero de Barranquilla, y los carrotanques cargados de leche, rumbo a las pasteurizadoras.

“No creo que la Vía de la Prosperidad nos dañe el negocio. Ya se sabe que por acá es más rápido y siempre seguirán haciendo este viaje”, afirma con entera confianza el ‘capitán’ del navío, mientras está sentado en su banca piloteando sin ver hacia dónde, solo siguiendo su instinto.

EL POBLADO

Salamina cuenta con un solo corregimiento, Guáimaro, una población que no supera los 2 mil habitantes y que depende de los cultivos de yuca, melón, y arroz, y en menor porcentaje, de la ganadería.

La vida allí ha sido alterada por tantos acontecimientos, que uno nuevo parece importarles poco. La influencia paramilitar; inundaciones, una de ellas en 1956, que desapareció el poblado; y el típico abandono estatal, no les tomó por sorpresa cuando se anunció la suspensión del proyecto carreteable y de contención de las aguas del Magdalena, que se supone debían esperar con ansias.

Mientras esperan con un aletargado vivir la ‘buena nueva’ de una carretera, el río Magdalena no pierde tiempo y acelera su curso devorador que arrasa con todo lo que se interponga a su paso. En los últimos años se ha llevado a la mitad del pueblo en tierra firme.

Sin una vía digna, los habitantes tienen que soportar la socavación de las aguas. Hace 15 años las tres primeras calles del pueblo fueron borradas del mapa, al igual que la inspección, la escuelita de las monjas, y prácticamente el comercio rural alrededor del pequeño muelle flotante.

“Esta es una solución que se le sale de las manos a la Alcaldía”, argumenta resignado Jorge Solano, cuando se refirió a la construcción de un muro de contención de 700 metros de largo por  tres de altura, en el cual se invirtieron 125 millones 353 mil pesos, pero que solo aguantó una elevación del nivel del río, algo que para efectos de la erosión, poco o nada sirve.

Hace una década que en el Magdalena sus corrientes no se desviaban con fuerza hacia un costado, formando playones en una orilla, como en la ribera del Atlántico, y socavando el otro lado en el departamento del Magdalena.

“Son 200 millones de toneladas de sedimentos por año que arroja el río Magdalena, convirtiéndolo en más lodo que agua”, explicó José Scopetta, exalcalde de Salamina, quien se quedó esperando la respuesta del Gobierno Nacional a sus clamores, para dar fin a un problema que, por acción de la naturaleza, ha erosionado 18 kilómetros de la margen del río en Salamina.

Guáimaro, donde se tiene estimado culminarían los 55 kilómetros de la Vía de la Prosperidad, está desapareciendo e incluso, se ha llegado a cuestionar el hecho de que, para abaratar costos al Gobierno, parece más económico trasladar a una población que construir pilotes y diques de calidad.

“Aunque está como está, el pueblo es nuestro y de aquí es muy difícil salir”, dice Pedro Castro, guaimalero, quien lleva 36 años ininterrumpidos escuchando la construcción de una carretera que sirva para conectar con las demás regiones y contener la acción del río.

En los relatos que recuerda, está la desaparición de su pueblo en 1956, refugiándose los habitantes en municipios cercanos, para retornar meses después a reconstruirlo.

HASTA NO VER, NO CREER

Mientras en Bogotá se toman las decisiones y se revelan más datos sobre los obstáculos del proyecto, campesinos y demás miembros de la comunidad, no se arriesgan a inferir un estimativo de lo que ocurrirá.

“Somos apáticos a esos problemas, inocentes de esas peleas que tienen ellos por allá”, comenta bajo la sombra del árbol de su terraza, Jorge, quien se rebusca entre los cultivos y la albañilería, y a quien su trabajo y el de su esposa le dieron la oportunidad de construir una casa al mejor estilo de las ciudades, edificación que también está a merced de ser arrasada por la erosión hasta ahora inevitable.

“Uno la verdad no tiene a quien reclamarle esto, porque al final no sabemos nada”, comenta con una sabiduría directa y sin tapujos un anciano acostumbrado a escuchar falsas promesas.

LA REALIDAD  ACTUAL

Como solución a la problemática de erosión de Guáimaro, el director de Cormagdalena, Alfredo Varela, sugirió la declaratoria de emergencia por parte de la Administración Municipal y Departamental, esto con el fin de agilizar la disposición de los recursos provenientes del Órgano Colegiado de Administración y Decisión, Ocad del Río, que ascienden a los $2.700 millones de pesos.

“Estos recursos son para mitigar el impacto que sufrimos en estos momentos, pero no son la solución definitiva”, explicó el Director de Cormagdalena.

Al mismo tiempo reconoció la importancia de trabajar en un proyecto contundente a largo plazo con el respaldo del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastre, la Gobernación del Magdalena y la Alcaldía de Salamina.

A su turno, Rosa Cotes, gobernadora del Magdalena, reafirmó su preocupación y agradeció la celeridad con que han reaccionado las entidades nacionales encargadas de atender estas problemáticas.

“En estos momentos lo que tenemos es que mitigar, pero comenzar los estudios con los técnicos para encontrar la solución definitiva para toda esta ribera del río que está totalmente erosionada. Podemos ver que la erosión no solo ocurre en Salamina, sino en todos los municipios del río y también hay que ver cómo está nuestro río sedimentado”.

Así mismo, el alcalde del municipio de Salamina, José Díaz Marchena, manifestó, que esta situación la padecen cerca de 3.500 habitantes entre campesinos, pescadores, ganaderos y ciudadanía en general asentada en el corregimiento en donde hoy se registra la erosión.

“Hay un temor bastante sobrecogedor, sobre todo, porque Guáimaro es una comunidad desplazada por la violencia y hoy se siente amenazada por la misma naturaleza, por tanto, es un problema que aqueja a todo el corregimiento”.

Por el momento, el Gobierno del Magdalena, por medio de la Oficina de Gestión del Riesgo de Desastres Departamental, ha activado los protocolos preventivos para garantizar la seguridad integral de los habitantes del corregimiento de Guáimaro, a quienes, además, se les ha escuchado de viva voz, con el propósito de implementar un plan de acción que permita atender inmediatamente la situación.

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