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Al filo del secuestro

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Gabriel Zárate Caballero fue uno de los investigadores a quien le encomendaron la misión de rescatar los cadáveres de la masacre efectuada en la vereda La Secreta por un grupo de paramilitares en 1998.

Elvis Redondo Cantillo

La fecha marcaba un inolvidable octubre de 1969. El efecto colateral del que se acuesta desesperado hacía sentir al niño de tan solo diez años, Gabriel Zárate Caballero, atormentado por una de las peores condiciones del sueño: perturbadoras pesadillas, visiones violentas y horrendas.

Esas frecuencias intrínsecas al deseo de estar tranquilo eran impulsadas por el demonio de la angustia al recordar el efímero momento en el que veía a aquel hombre, trastornaba sus emociones precognitivas de este niño consolado por su madre con el pretexto de que solo había sido un mal sueño, pero él en lo más recóndito de su subconsciente, tal vez involuntariamente, sabía que algo andaba mal y ello se reflejaba en las infortunadas reminiscencias de aquella persona, tan así, que se sintió perdido en el espacio y en el tiempo, en la búsqueda de una explicación sobre las imágenes perturbadoras de aquel octubre de 1969 que se habían quedado grabadas en su mente.

Pasado un tiempo, el 30 de enero de 1987, tratando de encontrar un mejor destino se trasladó a Santa Marta, ciudad en la que estudió licenciatura en matemáticas y administración municipal e ingresó al cargo de Balístico en el Cuerpo Técnico de Investigación.

LA MISIÓN

Gabriel nunca imaginó que su misión  de  investigar sobre la masacre en la vereda La Secreta de unos campesinos a mano de los paramilitares en la Sierra Nevada, marcaría su vida en un antes y en un después.

Camino a este lugar se apoderaba de su cuerpo la tensión nerviosa inducida por la idea de que en cualquier momento podrían encontrarse con la guerrilla, pero la misión era impostergable.

La canícula era insoportable en contraste con la humedad de su cuerpo y la resequedad de sus labios. Debido al miedo el trayecto se hacía lento y cansino, con los sentidos dispuestos para escuchar hasta el sonido mínimo, justo en ese momento se escuchó el estallido de un fusil.

En un intento desesperado por saber qué pasaba, Gabriel giró su cabeza hacia atrás y visualizó a dos de sus compañeros que al igual que él estaban perplejos y atónitos por el estallido del arma de fuego. Los múltiples disparos provenían desde los árboles, la tensión aumentó, el miedo se apoderó de cada uno de los investigadores que buscaban refugio para evitar ser heridos en medio de la refriega.

Gabriel trataba de mantener la calma y desde la casa donde se había refugiado, levantó la cabeza y se dio cuenta que las balas de los fusiles se habían incrustado en las paredes hechas a base de tablas. Sabía que no podía quedarse por mucho tiempo en ese lugar, salió por un costado de la casa, al hacerlo, escuchó el llanto y los gritos desesperados de  una niña asustada por el sonido de los disparos. Acudió en su ayuda, tratando de consolarla y tranquilizarla, pero se da cuenta que a su lado había un adulto.

Al marcharse y con la seguridad de que la niña estaba bien, mira hacia atrás y pudo observar a dos de sus compañeros que le llamaban desesperadamente, pero pensó que lo mejor era seguir hacia el arroyo, empezó a correr, quizás por el miedo a recibir uno de los disparos. Durante su travesía sufrió un ligero desagarre en su rodilla derecha que lo hizo resbalarse; cuando quiso levantarse ya no los veía, se había quedado solo otra vez. Alcanzó a esconderse en un cultivo de café con la idea de quedarse allí hasta que aparecieran sus colegas, porque no quería dejarlos solos en caso de que lo necesitaran.

El zumbido en sus oídos y las picaduras producidas de los mosquitos era otro problema, por la desesperación y la piquiña. Solo contaba en su haber con 15 cartuchos y una pistola Jericho de nueve milímetros para defenderse.

El calor, la soledad, la penumbra y el miedo se iban apoderando de la poca tranquilidad que lo embargaba. Además, por no saber qué había ocurrido con sus compañeros.

La espera se hacía interminable, sus compañeros seguían sin aparecer ni los guerrilleros. El tiempo seguía su marcha inexorable. En uno de esos momentos en que creía estar abandonado, escuchó la voz de su compañero Franklin Cañas que lo conminaba a salir, porque la guerrilla no les iba a hacer nada, a menos que quisieran escapar, que solo hablarían con ellos y los dejarían ir.

Gabriel atravesó el cultivo de café mientras seguía escuchando la voz de Franklin a través del radio, mientras era vigilado por uno de los guerrilleros que en sus manos sostenía un arma como las que usa el personal del CTI.

EN CAUTIVERIO

Los hombres del CTI se encontraban en cautiverio, lo que sorprendía era la manera calmada y tranquila como se comportaban los guerrilleros del Frente ‘Francisco Javier Castaño’ del ELN. Aprovechando que Franklin aún tenía el radio le sugirió que se comunicara con el director para informarle que estaban en cautiverio, el lugar empezó a llenarse de más guerrilleros.

El grupo del CTI empezó a subir por una rocosa trocha hasta llegar al poder de alias ‘Mano de Ñeque’ que creía que el grupo investigador era paramilitar, por eso tenían que ejecutarlo. Gabriel con voz entrecortada por los nervios, le aclaró que hacían parte de la Fiscalía General de la Nación.

La marcha se hacía cada vez más tortuosa, había ansiedad y desespero por no ver nada; las montañas, la niebla se veían tenebrosas, como una película de terror; los ojos ardían por los intentos de mirar más allá, el barro les llegaba hasta las rodillas. Tiempo después llegaron a uno de esos lugares inhóspitos, les brindaron fríjoles fríos para comer. Al rato, se fueron a dormir con sus cuerpos entumecidos por el frío, lo que no les permitió conciliar el sueño.

El piso frío de cemento funcionaba como cama y las bolsas negras que tenían en caso de hallar los supuestos cadáveres, les sirvieron como sábanas.

Al día siguiente, el grupo los levantó a las seis de la mañana, seguía lloviendo, el frío era difícil de contrarrestar, los sentaron al lado de un abrevadero que se encontraba dentro del lugar donde pasaron la noche, tenían todo el cuerpo cubierto de barro, a cada uno le dieron una taza de café mientras se acercaba un guerrillero conocido con el alias de ‘El Paisa’, quien los amenazaba de muerte.

Habían llegado a Siberia, una jurisdicción de Ciénaga, allí pudieron tomar una gaseosa con uno de esos panes redondos que se conocen como mogollas, el frío aún era intenso y poderoso. Después de muchas horas caminando al mando de uno de los guerrilleros llamado ‘Felipe’, que los dirigía por medio de un pito para que no se perdiesen entre la maleza llegaron a una cabaña, lugar en el que los atendió una pareja de ancianos que les dio de comer queso y bollos de mazorca.

OTRO DÍA MÁS

Caminaron hacia el Norte y llegaron a un cálido lugar con un clima más grato. Descansaron sobre la grama tupida, todo estaba bien, hasta que se les acercó un guerrillero con un acento caribeño, de la misma manera que los otros, creían que eran paramilitares.

El guerrillero les señaló, que estarían en cautiverio hasta que la Cruz Roja Internacional los rescatara. Mientras tanto, el grupo seguía en el cómodo campamento, el entorno se volvía más tranquilo, no había de qué preocuparse.

Les dieron un gran almuerzo, que a su vez, les sirvió como cena.  Al rayar el alba se escuchaban granadas y morteros a corta distancia. Alias ‘Felipe’ se acercó desesperadamente declarando que se trataba del Ejército, a quienes ellos denominaban como ‘La Plaga’, que debían irse corrieron a una trocha que conducía a un arroyo, antes se habían alistado con suma rapidez y ya tenían preparadas mulas de carga con provisiones. Gabriel volvió a sentir la fuerza de la lluvia; mientras caminaba, rezaba mentalmente el Salmo 23.

Acompañados por tres guerrilleros, el grupo del CTI descendió por una trocha, con el inconveniente de que Gabriel tenía su rodilla lastimada, por lo que se vio obligado a arrastrarse por el estrecho camino. Ya fuera de la trocha se dieron cuenta que no había la necesidad de descender al arroyo, pero siguieron un camino que se abría perpendicularmente  hasta llegar a la cima de otra montaña, luego se establecieron en una rancho donde comieron queso con agua de panela tibia. Después, se dirigieron hacia la planicie de la montaña donde se encontraba otro rancho. Los guerrilleros armaron el cambuche, una estructura elaborada con troncos de madera, amarrados con lianas, una plataforma montada sobre cuatro horquetas.

Los siguientes tres días fueron rutinarios en el cambuche, salían de este solo para hacer sus necesidades, Gabriel se bañaba cada tres días para adaptarse al frío. Veía como Franklin mantenía charlas con los jóvenes guerrilleros, pero Gabriel no quería hablar con nadie, siempre se le venían a la mente su hogar, sus amigos.

SIN NOTICIAS

Cada vez había menos alimentos y el hambre traía consigo cierto grado de ansiedad, además, porque no había noticias sobre la negociación de su liberación, lo que llevó a los guerrilleros y al personal del CTI a quedarse más tiempo en el cambuche.

Gabriel se sentía miserable viviendo en la incertidumbre. Fueron tiempos extraños para él, difíciles, hubo indignación, tristeza, complicaciones emocionales, perturbación por haber perdido la libertad, sumándole a ello, todas las malas experiencias por las que había tenido que pasar, aún recordaba el barro, las bolsas negras, la soledad acompañaba a las cuatro personas que habían sido prácticamente secuestradas por el ELN, la desgracia los carcomía, como cuando arrojan una frágil hoja a una caldera hirviente de agua, así mismo era la desdicha que padecían Gabriel y sus compañeros.

Deseosos de olvidar por un momento el infierno y la pesadilla que estaban viviendo, los integrantes del CTI comenzaron a contarse historias, anécdotas de su trabajo en la Fiscalía, lo hacían con la fe infinita del que quiere no recordar la tragedia de estar secuestrados.

Gabriel se sentía cansado, aburrido, desdichado, el barro pegajoso en su rostro le fastidiaba cada vez más, empezó a sentirse adolorido por los golpes, además del miedo y la incertidumbre de no saber si iba a sobrevivir o no.

Sufría de manera silenciosa, mientras clavaba sus manos en las rocas para no caer al vacío, el cambio del campamento le causaba un intenso dolor y desgaste físico y ponía sus emociones al tope.

FIN DE AÑO

El grupo seguía en cautiverio. El calendario marcaba el 31 de diciembre del 1998, fecha en la cual Gabriel acostumbraba a pasarla con su familia, con sus amigos, a compartir una buena comida, felicidad. Pero este final de año era muy aciago, estaba en la selva, en medio de la miseria y el calvario, había una tristeza profunda, en un lugar con poca comida. Gabriel vivía la peor experiencia de su vida.

El reloj marcaba las doce, el sentimiento de pena fue fugaz, la desdicha y la nostalgia fue tremenda, tener que decirse feliz año en medio de estas afugias.

El 1° de enero del 199, el grupo empezó el año con muchas esperanzas y deseos por su liberación, implorando para que las negociaciones no fueran interrumpidas ni aplazadas por la Fiscalía General de la Nación.

CAMINO A LA LIBERTAD

El 16 de mayo de 1999, el grupo de Gabriel empezó a recorrer el camino hacia la libertad, recogieron sus pertenencias para caminar por una larga trocha. Estaban impacientes y atentos a la orden de salida. El Comandante ‘Claudio’ les dio la mejor noticia de su vida, después de un largo tiempo en cautiverio, ¡volverían a la libertad!

Sintieron  la dicha de ser libres, después de haber soportado insultos, maltrato, frío, hambre, ansiedad, cansancio, todo acabaría aquí, el grupo de Gabriel volvería a sus hogares. La felicidad era indescriptible, el llanto fue copioso, solo era cuestión de horas para volver a estar con sus parejas e hijos.

Llegó el tan anhelado momento, fueron entregados a la Cruz Roja Internacional y recibidos por el director del CTI.

Gabriel pudo  ver a sus compañeros del CTI otra vez, pero el  momento más emotivo fue el encuentro con su esposa y con sus hijos, no podía contener las lágrimas, no creía lo que estaba viviendo.

Esa experiencia fue el dejá vu de lo que soñaba de niño, cuando despertaba sudoroso en brazos de su madre, ahora en los de su amada esposa e hijos, que lo hacia sentir en la cima de éxtasis.

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