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La casa donde funcionaba en Pueblo Nuevo la base militar, le fue arrebatada a la familia Marriaga y junto a ella la vida de un esposo y padre.

Paola Ramírez Caballero

A sus quince años, Mónica Martínez tiene claro que si no fuera porque a su padre lo asesinaron los secuaces de Rodrigo Tovar, alias ‘Jorge 40’, ella jamás se habría enfrentado a su corta edad en repetidas ocasiones con la muerte ni atravesar gran parte del Magdalena de la mano de su madre con una caja donde guardó durante 15 años la esperanza de volver a su lugar de origen.

El primer encuentro ocurrió en diciembre de 1997 en Pueblo Nuevo, un lugar encajonado entre caminos destapados y malezas a media hora (cuando no llueve) de la cabecera urbana de Chibolo, uno de los municipios que figura entre las jurisdicciones con más población desplazada en el Magdalena con cerca de 1.853 personas reportadas en el año 1998 ante la Red Nacional de Información.

Cuando se le presentó -recuerda Mónica- que le dio un beso en la frente, pero enseguida se desentendió de ella para fijar su fría presencia en su padre, un hombre alto, fuerte con nariz fileña, que quedó tendido en la cocina de su casa luego de que la gente de ‘Jorge 40’ delante de dos niños, -los hijos de la cocinera- lo asesinaran con un tiro de gracia para hacerle pagar una supuesta ‘traición’.

Mónica, en ese entonces, una niña frágil, de nariz fileña y ojos vivaces, corrió hasta la cocina para auxiliar a su padre, lo abrazó para escuchar el último suspiro. La impotencia de ayudarlo se apoderó de ella, mientras los hombres encapuchados con el arma la apartaban del cuerpo que le tocó dejar tirado en el piso para salvar su vida, la de su madre y hermana.

Los caminos polvorientos de Pueblo Nuevo guardan los crímenes de ‘Jorge 40’

En el Magdalena, tres millones de civiles fueron forzados a desplazarse fuera de sus tierras a partir de los enfrentamientos entre la guerrilla, el gobierno y los paramilitares. En esta lucha, las fuerzas paramilitares se destacaron por la brutalidad de sus métodos acompañados por incontables masacres que marcaron la vida de quienes sin quererlo ni pedirlo estuvieron presentes.

LA BASE MILITAR

Sin conocerse, cada historia de vida se entrelaza teniendo un común denominador, ser víctimas de una guerra que no pidieron vivir. Leidy Marriaga Llerena contó con la mala suerte de tener una vivienda amplia ubicada estratégicamente en Pueblo Nuevo. Estas características llevaron a que ‘Jorge 40´se apoderara de su casa sin pedir permiso para instalar su base militar desde donde autorizó cientos de masacres como la de ‘La Pola’.

El día 7 de marzo de 2001, es una fecha grabada a sangre y fuego en la memoria de Leydi, quien perdió a su compañero de fórmula.  “Me mataron a mi esposo, no tengo palabras para describirlo.  Ese dolor fue muy grande, nos fuimos derrotados”.

Esta mujer tuvo que agarrar a sus tres hijas y con una herida profunda en su corazón marcharse  para Fundación a buscar nuevas esperanzas. Hoy, después de 17 años, no ha superado el profundo dolor causado por la pérdida de su marido.

Mientras rememora ese 7 de marzo, se le escapa una lágrima de sus ojos cansados, pero con un brillo esperanzador de salir adelante. En su rostro se ven las arrugas como signos del sufrimiento, los trabajos y las experiencias vividas. La señora Leydi cuenta con voz entrecortada y con el corazón en la mano, que a sus tres hijas les arrebataron la oportunidad de crecer con un padre.

“Este día, mi esposo estaba solo en la finca. Se llevaron todo, mis 131 cabezas de ganado y mi pedacito de tierra, soy una desplazada por la violencia, casi me vuelvo loca, no contaba con recursos suficientes, me fui para Fundación, empecé a vender empanadas, algo que nunca pensé hacer”.

A doña Leydi no le dieron la oportunidad ni de llevarse una cobija para abrigar a sus tres hijas del frío  y protegerlas del sol. Deambuló por diferentes lugares, se enfermó de los nervios. “Todo lo que teníamos fue trabajado por mi esposo. Vivía en esta casa, pero como a ‘Jorge 40’ se le dio la gana de tomarla como base militar, me destruyó mi vida y la de mis hijas”, señala la señora Marriaga Llerena.

EL DÍA DE LA MUERTE

Ese 7 de marzo de 2001, el esposo de Leydi Marriaga se encontraba solo en su vivienda. “Nosotros nos marchamos, pero como él se dedicaba a laborar la tierra, se devolvió; me quedé en Fundación cuidando a mis hijas. Iba y venía”. Ella no has superado la tragedia, aún lo llora como si fuera ayer. “A la casa se metieron siete personas armadas, se llevaron a mi esposo para hablar con él, pero eso fue mentira, era para matarlo”.

Doña Leydi cuando recuerda a su esposo mira hacia el cielo y sonríe. “Él era un hombre correcto, su único pecado fue enfrentar a ‘Jorge 40’, decirle que no le regalaría sus tierras ni su casa”, relata, al mismo tiempo manifiesta, que “como no cumplió la orden, lo mataron delante de la familia de uno de sus trabajadores.

Después de 17 años, Leydi Marriaga Llerena volvió a su casa.

Cuando me avisaron estaba en Fundación, llegue hasta aquí desesperada. El cuerpo lo tenían en un matorral, fue difícil sacarlo de allá para darle cristiana sepultura”, comenta mientras seca sus lágrimas y toma un sorbo de agua para tranquilizar ese profundo dolor que la embarga. “En esa semana me venía con él, pero no pude, sino también me hubiesen asesinado…”

De Fundación se marchó para Barranquilla al lado su padre, sus hijas solo pudieron llegar hasta el bachillerato. “Mis hijas hubiesen tenido otra vida, hoy fueran profesionales, aún me preguntan por su padre”, comenta doña Leydi quien tenía 13 años de casada – los mejores de mi vida- afirma sin pensarlo.

EL RETORNO

Después de un largo tiempo, doña Leydi decidió regresar a su casa, convertida hoy en base militar. “Regresé porque aquí estaba sembrada mi vida, aquella vida feliz que me arrebataron; vivíamos de la ganadería, de la tierra y de una tienda. Sus tres hijas de 23, 25, 27 años son mi motivación para seguir luchando. Fue duro volver al lugar donde mi vida se partió en dos. Encontramos nuestra casa cubierta de monte, los primeros días no me hallaba, la veía al revés”,  relata.

Volvió a levantar en la tierra de Pueblo Nuevo su vida. Hoy tiene una tienda donde vende productos de la región. “El Gobierno me dio para proyectos productivos, mejorando mi calidad de vida. Tengo ganado y herramientas para salir adelante”.

SIN PERDÓN

De algo sí está segura doña Leydi, que nunca perdonará a ‘Jorge 40’. “Mi corazón nunca lo perdonará, el único que lo puede hacer es Dios”, asegura esta mujer, porque le atribuye la destrucción de su hogar y de todo el trabajo que pasó con sus hijas.

“Quisiera tener a ‘Jorge 40’ en frente para preguntarle porque acabó con mi vida y la de mi familia. Estoy segura que mi compañero no tenía nada pendiente con él”, afirma doña Leydi Marriaga Llerena, que hoy cuida de sus vacas y cultiva las tierras que les fueron devueltas  por el Estado.

CAMBIO DE VIDA

“A mí me asesinaron a un tío. Esto causó que nos fuéramos de estos lares. A los pocos días, nos enteramos de que los paramilitares obligaron a desocupar a todos, a partir de ese momento, se produjo el desplazamiento masivo en Chibolo y toda esta zona de acá”, narra Irlena Cervantes.

Las órdenes dadas por ‘Jorge 40’ ocasionaron el despojo de tierras de cientos de familias, las mismas a las cuales les obligaron a vender por una suma irrisoria, en caso de que tuvieran escritura de sus predios. Por otro lado, a quienes no tenían este documento, les daban algún dinero por las mejoras hechas a los mismos.

En el Magdalena, más de 400 familias han recibido un fallo favorable por parte de los jueces de restitución de tierras. La implementación de proyectos productivos genera estabilidad en la economía de los solicitantes. Hasta la fecha han sido invertidos 4.678 millones de pesos en estas ideas.

“Para el caso de Chibolo se han entregado, hasta el momento, a las familias de esta zona, 1.179 millones de pesos, los cuales se implementaron en ganadería doble propósito. Se ha logrado un resultado importante como parte de un trabajo articulado con otras instituciones, que ha permitido el fortalecimiento de esta comunidad que cuenta con su cooperativa lechera”, indicó Rodrigo Torres Velásquez, director de la URT en Magdalena y Atlántico.

Además, el funcionario agregó, que “el valor de esta inversión se incrementará debido al avance del trabajo en la implementación de proyectos productivos en veredas como Santa Martica, El Encanto, Bejuco Prieto, entre otras que ya cuentan con una sentencia de restitución”.

PROYECTOS PRODUCTIVOS

La Unidad de Restitución de Tierras en Chibolo  ha desembolsado $1.179.429 en todos los proyectos productivos implementados. Dentro de los casos emblemáticos se encuentran los proyectos de ganado, en la actualidad hay una cooperativa denominada Colapaz, conformada por restituidos.

De igual manera, la Unidad de Restitución de Tierras avanza en el proceso de atención a familias de Santa Martica en Sabanas de San Ángel; El Encanto en Chibolo;  así mismo en Sitio Nuevo, en los cuales han implementado proyectos productivos de ganado.

La Unidad de Restitución de Tierras apoya con proyectos productivos a las familias que retornaron a sus lugares de origen.

“Todo esto es posible gracias al presidente Juan Manuel Santos, quien ha logrado grandes avances en el proceso de atención a las víctimas del conflicto. Él se llena de ánimo cuando escucha testimonios como los que se dan en el Magdalena, porque la comunidad ha logrado grandes avances”, explicó Ricardo Sabogal, director de la Unidad de Restitución de Tierras.

La agresiva incursión paramilitar comandada por alias ‘Jorge 40’,  terminó no sólo con el tejido social de las comunidades de Chibolo, sino que las dejó sin tierra, sin recursos, sin esperanzas, solo con un común denominador, seres queridos desaparecidos o bajo tierra.

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