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Caminando sobre las cenizas

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El incendio forestal que arrasó más de 800 hectáreas con cultivos, ganado y gran parte de la flora y fauna silvestre de la comunidad afrodescendiente de Rincón Guapo Loverán, en Puebloviejo, también acabó con un rico legado cultural que perduraba desde las huidas de cimarrones en tiempos de la esclavitud. Un panorama desolador y la muerte de todo lo que crece silvestre a su paso es lo que hoy se ve.

Imagínense por un instante la noche silenciosa en medio del suelo fértil; con cientos de árboles frondosos que dan alojo a colonias de especies animales que por instinto descansan. De repente, una ráfaga de viento alerta sobre la presencia de un fuego incontrolable.

La necesidad de correr y alejarse lo más rápido posible de las llamas es privilegio de pocos, sólo los más limitados sucumben a la voracidad de esa fuerza maligna que, incesante, destruye todo a su paso.

Al amanecer y con humaradas disfrazadas de niebla, una planicie desértica cubierta de conchas de caracoles y caparazones de hicoteas, algunas conservando esqueletos calcinados, demuestra a las claras que la teoría darwiniana es real: “En la naturaleza, la supremacía es del más fuerte”.

En cuestión de tres meses todo lo que por miles de años evolucionó allí desapareció, sin opción de visionar qué dentro de decenas de generaciones, se vuelva a observar el paisaje que contemplaban quienes convivieron felizmente con el.

Y allí, en un lugar llamado Tierra Nueva, un lugar esperanzador para quienes ansiaban su libertad, se levantó la comunidad de Rincón Guapo Loverán, nombres que sirvieron para inspirar esos frívolos relatos macondianos, pero que dista mucho de la realidad que padecen.

Allí, en medio de la nada urbana, pero rodeado de voces y vientos provenientes de los árboles, permanecieron por décadas en el ostracismo una gran familia de afrodescendientes, hijos de aquellos que fundaron los primeros palenques en Bolívar y que decidieron migrar para seguir su diáspora hacia la conquista del mundo libre.

Después de cruzar caminos hechos a la fuerza para las grandes compañías bananeras y ver como angostas zanjas surcaban el paso entre las gigantes palmeras africanas, hubo una de ellas que llamó la atención al tener clavada una tabla con un aviso pintado afanosamente con vinilo rojo: “Prohibido el paso a particulares”.

“Es que si no pasamos por aquí no llegamos Rincón Guapo”, respondió temeroso el conductor de una de las motocicletas que nos guiaba.

Diariamente tienen que lidiar con guardias y personajes poco amigables que no les permiten tomar la servidumbre de senderos y trochas que estaban seguramente demarcados antes que llegaran los primeros hacendados a la región que colinda con la Zona Bananera.

100 minutos a 60 kilómetros por hora entre Guacamayal, el pueblo más grande y Rincón Guapo, la zona del desastre, es más o menos lo que hoy en día se tarda en desplazarse una persona.

Al llegar, luego de pasar cercas y cercas que aseguraban el ganado de familias pudientes del Caribe se divisaba la casa principal de la finca.

La Casona, el centro de la familia de descendientes directo de esclavos que colonizaron sólo para comer de la tierra que hoy está cubierta de cenizas.

Nos da la bienvenida doña Sixta, la matrona y quien está al mando de una tropa de 14 hijos, docenas de nietos y decenas de tataranietos.

“Cuando traía los abastos de Guacamayal era a pie, con un costal en la cabeza y con un machete cortando monte y matando culebras. Salía desde la cinco de la mañana de allá y llegaba a las cinco de la tarde, con la desesperación de tener que darle de comer a mi familia antes de irse a acostar”, relata tal cual como cuando se reúnen para echar cuentos en las noches de cocuyos y mosquitos.

Tenía pena. Por el origen humilde que los caracteriza a los raros visitantes que aparecen por allá se les proporciona sacos con patilla, yuca o maracuyá. Hoy, a duras penas les alcanza para mitigar el hambre.

Su convencimiento que la familia es unidad y como tal el compartir no es imposición sino su razón de ser, hablaban sobre un largo tablón los hombre sobre lo poco que les sobrevivió y de la forma que tienen que sortear una de los tantos avatares que se les ha presentado.

LIBRES EN TIERRAS ESCLAVISTAS

Tierra Nueva, al igual que San Juan de Palos Prietos, son los corregimientos más antiguos de Puebloviejo, con una población de inmensa mayoría afrodescendiente, quienes la lejanía a zonas urbana y sobre todos, la ausencia del Estado los hizo conservar costumbres y formas muchos más simples de disfrutar la vida.

Sus ancestros, provenientes de la trata de esclavos en Cartagena, encontraron en una región aledaña a la Ciénaga Grande su terruño; un hogar totalmente apartado de la expansión colonizadora, y en el que la convivencia con el medio natural era un pacto inquebrantable.

Pero momentos de la historia colombiana como el auge bananero gringo, el posterior empoderamiento de las tierras por latifundistas que abusaban con mediocres pagas a los campesinos; narcotráfico, guerrilla y paramilitarismo, irrumpieron en el paraíso dispuesto, tiñendo con sangre y temor, como si rememorarán las crueles épocas de africanos encadenados y que eran exhibidos para la venta en los muelles del Caribe.

La familia de Sixta no fue ajena al horror, dos hijos, un promisorio acordeonero, Demetrio Ramos y un hombre de campo como Sixto Ramos, fueron las víctimas mortales que dejó a finales de los 90 y comienzos del nuevo siglo la arremetida de las autodefensas, en remotos parajes donde sólo ellos eran la autoridad.

El músico cayó en una matanza que tenía como objetivo asesinar a un pudiente personaje, mientras que amenizaba con sus sones la parranda vallenata. Mientras que Sixto Apolinar fue usado como símbolo de terror a la población para que huyeran de allí, al ser descuartizado su cuerpo por orden de José Gregorio Mangonez Lugo, ‘Carlos Tijeras’.

El desplazamiento hacia las ciudades los despojó su tesoro más preciado, una tierra en la que a punta de machete y azadón supieron tratar. Por eso el estar rezagados a la espera de ayudas que nunca llegaron en ciudades como Bogotá, Barranquilla o Cartagena, hizo que por su propia voluntad retornarán con temor, pero con la esperanza de estar unidos para acariciar su campo.

Ahora la ambición de galopante de la agroindustria es quizás su mayor enemigo. Con zonas fértiles en sus dominios han tratado de ser tentados por quienes la vida silvestre les importa un comino, pero como ellos mismos afirman: “De aquí nos sacan muertos”.

SU MAYOR PATRIMONIO HECHO CENIZAS

Más de 90 días después de iniciarse el incendio cuya humareda llegaron a inhalar los samarios en sus céntricas calles, la tierra parece sacada de relatos de ciencia ficción.
Tres horas a pie desde la casona de doña Sixta nos separaban del primer avistamiento de fuego que todavía consumía el territorio, acercándose a la reserva natural de la Ciénaga Grande.

Para llegar allí era atravesar un terreno totalmente desconocido por cualquier nativo. Toda lo verde desapareció y en su lugar tierra arcillosa y el residual polvo negro de las llamas ser entremezclaron con los vientos que levantaban una y otra vez llamaradas que surgían desde el fondo. Más que ver la región Caribe, estábamos ante un paisaje marciano.
Cada paso que dábamos se hundía por la débil arena y la humedad que años atrás eran conocidos como humedales, pero a fuerza de taponamiento y desviación de caños, fueron secados dispuestos al antojo de quienes podían cultivar.

A un costado de una carbonizada ceiba o lo que quedaba de los matorrales de maíz, vacas y terneros yacían como escondidos para protegerse de su inminente muerte; pájaros que el fuego sorprendió antes de que pudieran volar o achicharrados zaínos que quien sabe si se extinguieron del lugar.

A lo lejos, tres largas chimeneas fueron avistadas, la más cercana era la más pequeña, las grandes estaban a mayor distancia, creciendo rápidamente por la brisa de la tarde que antes alborotaba a los árboles y que hoy es su peor amenaza.
“Llegaron los de la Defensa Civil a apagar el incendio y no hicieron nada”, decía resignado Juan, uno de los hijos de doña Sixta cuando llegamos a la humareda. Cogió su gorra de la selección Colombia y como si avivara el anafre para un paseo dominical, las llamas retornaron del infierno interno que aún existe.

De regreso, sólo era de nuevo contemplar el panorama desolador de la muerte y la miseria de quienes han sido históricamente tratados como miserables, y al volver a la casona, una entusiasta doña Sixta no dejaba de armar su escoba de ‘palitos’ con bello tejido que heredó de las prácticas de sus padres.

“¿Qué pasará en la próxima Semana Santa?”, se preguntaba.
“Allí hacemos dulces de toda clase, comemos entre todos hicotea guisada, ponches. ¡Vea!, esa si es una época donde la celebramos todos acá”, insistía con voz entrecortada al ver su frustración de no poder atender a los invitados como ella suele hacerlo.
Nos despedimos de lo que seguramente hace cuatro meses era un paraíso, no sin antes escuchar la bulla de los monocotudos, un pequeño simio de ojos expresivos que según los pobladores así llama la lluvia. Mientras retornábamos y sentía el clamor de los animales entre los árboles que quedaban en pie, otro incendio forestal en otra finca vaticinaba que esto no iba a parar.

DATO

Rincón Guapo Loverán, deriva su nombre por ser el único rincón que quedaba para refugio de las comunidades negras, al ser inhóspito, de difícil acceso y con la proliferación de mosquitos. Por eso la gente decía al entrar allí “Es para guapos, porque el mosquito sale en manadas”. Loverán representa el imaginario colectivo de la comunidad de apropiarse de ese territorio con el anhelo de ver un mensaje de bienestar para su gente.

A pesar de ser habitada por colonos, el área era también una zona de reserva del ecosistema, que garantizaba la supervivencia de especies animales en peligro de extinción como hicoteas, iguanas, monos y zaínos.

Plátano, ahuyama, patilla, melón, yuca, ají, entre otros, fueron algunos alimentos que desaparecieron por completo de la despensa natural de los habitantes de Rincon Guapo Loverán.

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