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La mala hora de los pasquines en Santa Marta 

Opinión Caribe

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Por Ricardo Villa Sánchez

La práctica de los panfletos es como una caja de Pandora; cuando la abren, no se sabe qué desgracias salen, en un país afectado por la violencia. En medio de la impotencia y el miedo, de la impunidad, de la perversidad de algunos que juegan con fuego, o de otros que justifican la aparición de esos documentos apócrifos, hasta de los que se burlan de los acontecimientos o se regocijan con estos mismos, a uno sólo le queda el rechazo total, como también brindar muestras de solidaridad con las víctimas y hasta con los que, al parecer, como en muchos otros casos, buscan intimidar o, hasta incriminar, para generar una matriz de opinión, de presunto apoyo de los actores ilegales que las suscribirían.

Cada pasquín, sea cierto o no, tiene su interpretación. En todo caso producen terror.  Como dice, el señor Benjamín, uno de los personajes de la Mala Hora de Gabriel García Márquez: son un síntoma de descomposición social, o para el Padre, en esta novela, son obra de la envidia en un pueblo ejemplar.

El año pasado, justo para estas fechas circularon amenazas similares, asunto que las autoridades deben revisar en la línea de tiempo, que incluyeron a diversas personas y organizaciones como la Convergencia Democrática del Magdalena. Pero, las autoridades, casi en simultánea, salieron a desestimarlas. Argumentando, como lo hizo en esta ocasión la guerrilla, que las Águilas negras no hacen presencia en el departamento y eso quedó así.

Los afectados presentaron las denuncias respectivas, salió la noticia, la gente se indignó y hasta protestó, pero, no hay ningún tipo de resultados de las pesquisas, así como tampoco con las amenazas que recibió hace poco el Gobernador del Magdalena. en una época en la que muchas veces no se sabe de dónde viene la bala.

En esta ocasión, el ELN, expidió un comunicado en que declara que es falso el pasquín. Luego uno se pregunta: ¿a quién le interesa generar zozobra y le puede tributar estos hostigamientos? Quedando la duda, como la del secretario del Juzgado en La Mala Hora: “Si yo pongo los pasquines, lo primero que hago es poner uno en mi propia casa para quitarme de encima cualquier sospecha”, porque, según este personaje: lo que quita el sueño no son los pasquines, sino el miedo a los pasquines.

Los pasquines no son un juego ni tampoco una tontería. Son catalizadores de las tensiones de una violencia silenciosa, que coacciona, que intimida, que genera odio. La Mala Hora está vigente, como lo dicen sus personajes: Si uno presta oídos a los pasquines termina por volverse loco. Los pasquines no son la gente; pero, sólo dicen lo que ya anda diciendo la gente, aunque uno no lo sepa. Por lo que, es mejor no pensar en ellos, así los buenos ciudadanos se mueran de la risa de los pasquines, así digan lo que todo el mundo sabe, que por cierto sería casi siempre la verdad.

Así, nunca, desde que el mundo es mundo, se ha sabido quién pone los pasquines, como lo escribe García Márquez, más allá de la chiva, del positivo, del cruzar la página y bajar el perfil, es necesario que las autoridades tomen medidas eficaces de protección a las víctimas de este tipo de hostigamientos, con programas concertados que refuercen la seguridad humana y eviten que siga esta sistemática muerte violenta de líderes sociales, en todo el país.

Ojalá no sean ciertas estas amenazas, ni ningún violento quiera pescar en río revuelto. Es clave una investigación exhaustiva de las autoridades que lleve a judicializar a sus autores. Entre todos, podemos unirnos para que Santa Marta no le vuelva a caer una Mala Hora, o, por lo menos, para que la esperanza nos dé fuerza, desde el fondo de la Caja de Pandora.

 

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