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Se acabó la gasolina

Opinión Caribe

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Por El Columnista soy yo.

Difícilmente podemos encontrar dos planes de desarrollo más burlados en sus banderas, estrategias y metas como los que se ejecutaron en Santa Marta para los períodos 2012-2015 y 2016-2019. El primero de ellos, “equidad para todos -primero los niños y las niñas” ahondó la crisis de pobreza, de informalidad laboral y distanció para mal, a los niños y niñas, de la media de calidad educativa en el país, y el segundo, “Ciudad del buen vivir” echó por la borda los avances en seguridad, quebró el servicio de salud pública, deterioró hasta mas no poder el servicio de acueducto y dejó impávidamente la malla vial llena de cráteres, sin dudas vivimos peor.

Si el diagnóstico es malo, el pronóstico es aún peor, porque la gasolina representada en los billones de pesos del buen comportamiento tributario de los samarios, de los créditos contratados con los bancos nacionales, de los dineros aportados por el estado a través de un crédito BID para el Setp, de las vigencias futuras, del desahorro del Fonpet, entre otras fuentes, quedaron secos como los consabidos pozos profundos contratados en el 2014, producto de una década de ineficiente inversión y quizás corrupción.

Lo anterior explica el por qué los gobiernos locales han quedado a expensa del paternalismo estatal esperando un tratamiento de hijo pródigo. Basta revisar cómo, frente a las problemáticas territoriales y ante la incapacidad de ofrecer soluciones autónomas, se levanta la voz clamorosa, pero curiosamente en altanero tono, del Gobernador (incluido su eco a través de la electa sra Johnson). Salamina, el kilómetro 19, abastecimiento de agua potable, son ejemplo en materia de infraestructura, pero en otros sectores la posibilidad de reacción en forma de solución también desborda las escasísimas capacidades institucionales locales.

Dejar la arrogancia y aglutinar alrededor de un gran pacto por la gobernanza es probablemente la única salida, pero contrario a eso, cada día se reafirman las obstinadas posturas apelando a un ideario de izquierda populista y mientras, el Magdalena y su capital minimizan sus posibilidades de desarrollo y vale decir, no desaparecen, gracias  a los empecinados empresarios que, dejando de lado la inhospitalidad gubernamental, continúan apostando en sectores como logística de comercio exterior, turismo y servicios.

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