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Editorial & Columnas

Corrientazo sospeso

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

Me declaro un amante del café. Más allá del placer sensorial está la conexión con otros apasionados de esta milenaria y litúrgica bebida. El café está presente en casi todas las culturas, y dentro de la tradición napolitana aparece el café sospeso: esa costumbre entrañable de dejar pagado un café para alguien que no puede costearlo. Un gesto anónimo que convierte una bebida caliente en un acto de humanidad.

En tiempos de hiperproductividad y relaciones transaccionales, el café sospeso resiste como una metáfora de la esperanza. No exige reconocimiento, ni gratitud. Su esencia está en la confianza: en que alguien llegará, casi muerto del sueño o con cansancio, y encontrará un revivir inesperado servido en taza.

Hay algo profundamente humano en esta práctica. No es caridad, es comunidad. No es limosna, es vínculo. Se trata de entender que el café, como la vida, tiene más sabor cuando se comparte. Y aunque hoy muchos cafés se preparan en cápsulas metálicas o se piden por aplicaciones que minimizan el contacto humano, el sospeso nos recuerda que la verdadera calidez del café no está en los grados centígrados, sino en el gesto de ofrecerlo.

¿Y si lleváramos esta lógica más allá del espresso? ¿Un libro sospeso, una entrada de cine sospesa, un almuerzo sospeso? ¿Qué pasaría si recuperáramos el arte de anticiparnos a la necesidad del otro sin esperar retribución?

En Colombia tenemos algo igualmente simbólico: el almuerzo corriente, o corrientazo. Más que una comida económica, es un ritual diario de subsistencia y encuentro. El corrientazo une a desconocidos en mesas compartidas, en platos generosos servidos con rapidez y sin pretensión. Propongo entonces una variación criolla y potente: el corrientazo sospeso.

Imagínese que, al pagar su almuerzo, deja pagado otro para quien venga después, con hambre y sin dinero. Sin cámaras, sin discursos. Solo humanidad en estado puro. Un corrientazo sospeso sería una cucharada de dignidad servida en plato hondo. Un gesto cotidiano que podría cambiar no solo el día de alguien, sino nuestra forma de convivir.

La economía de la confianza, la solidaridad anónima y la empatía práctica pueden empezar por un simple plato de arroz, carne y sopa. Y aunque no solucione todos nuestros males, sí nos recordaría que en la sencillez también habita la grandeza.

Disculpe, ¿hay algún corriente sospeso hoy?