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Matando arañas con bombas atómicas

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

Mientras me tomaba un café colombiano en una terraza sobre la primera en Santa Marta —una de esas esquinas donde el mar murmura, el sol aprieta sin disculpas y uno cree que todo puede pensarse mejor—, recibí un audio por WhatsApp. Era Marta, colega rigurosa, frontal y generosa. Su voz, con ese tono que combina afecto y lucidez, me llegó como un campanazo necesario. No me reclamaba por lo dicho en mi columna anterior —“Novedad no es innovación”—, sino por lo no dicho. Me recordó, con toda razón, que aunque desmitificar es importante, no basta con criticar la confusión entre novedad e innovación: también debemos advertir sobre los excesos tecnológicos disfrazados de soluciones. “A veces no es que la idea sea superficial”, me dijo, “es que se vuelve inviable cuando le meten tecnología de sobra”.

La escuché con atención, sin interrumpir. Porque Marta no es de las que hablan por hablar. Jamás perdonaría una falta de rigor, y siempre empuja mis ideas a su versión más honesta. En el fondo, coincidimos: el hecho de que algo pueda hacerse no significa que deba hacerse. La fascinación por lo posible —tecnológicamente hablando— ha llevado a muchos a confundir complejidad con inteligencia, y despliegue técnico con verdadero progreso. Es una confusión común, costosa y peligrosa. No solo porque llena el mercado de juguetes sofisticados pero inútiles, sino porque debilita la confianza social en lo que verdaderamente transforma.

En clase suelo usar una imagen exagerada pero efectiva. Supón que una araña te pica. Sientes miedo, rabia, impulso de venganza. A tu alrededor hay una chancla, un encendedor, un rotomartillo, ácido sulfúrico… incluso una bomba atómica. ¿Cuál eliges? Técnicamente, todas pueden eliminar a la araña. Pero no todas tienen sentido. Matar una araña con una bomba atómica no solo es absurdo: es destructivo, ineficiente y financieramente ruinoso. El exceso de tecnología sin criterio puede llevarnos a respuestas grotescas, inútiles o incluso peligrosas. Y sin embargo, eso es lo que ocurre con muchas de las llamadas “innovaciones” del mercado.

El error está en confundir capacidad tecnológica con innovación real. Lo primero se refiere a lo que podemos construir. Lo segundo, a lo que tiene sentido construir. La innovación auténtica requiere un equilibrio entre tres elementos: deseabilidad (alguien lo quiere), factibilidad (se puede hacer), y viabilidad (puede sostenerse económica y socialmente). Es el llamado triángulo de la innovación. Si uno de los vértices falta o se distorsiona, lo que obtenemos no es una innovación: es una ocurrencia cara, un artefacto sin propósito, o una solución innecesaria.

Pongamos ejemplos. Y no hipotéticos, sino reales:

Google Glass. Gafas con realidad aumentada, comandos por voz, conexión a internet. Un prodigio técnico. Pero su valor para el usuario nunca fue claro. Caras, invasivas, desconectadas del día a día. Fracaso comercial estrepitoso.

Segway. Prometía revolucionar el transporte urbano. Ingenioso, sí. Pero incómodo, costoso y difícil de integrar en ciudades sin infraestructura para ello. Un juguete tecnológico que no resolvió ningún problema masivo.

Juicero. Una máquina inteligente conectada a WiFi para exprimir jugos de bolsitas especiales. Precio: más de 400 dólares. Descubrimiento posterior: el jugo podía extraerse sin la máquina, solo con las manos. La empresa cerró entre burlas.

Estos ejemplos comparten un patrón: exceso de tecnología, poca empatía, cero escucha. Productos diseñados desde la fascinación técnica, no desde la comprensión profunda del usuario. Soluciones sin problema, artefactos sin contexto.

Y lo peor no es que fracasen. Lo peor es el discurso que los sostiene. Un discurso arrogante, casi mesiánico. Cuando el mercado no responde, se culpa a la sociedad. “La gente no está lista”, dicen. “Hay que educar al consumidor”. Se idealiza la figura del creador como genio incomprendido, y se desprecia al usuario como ignorante. Pero a veces —muchas veces— el mercado no responde porque el producto no sirve. Porque no es útil, ni deseable, ni sostenible. Porque matar una araña con una bomba atómica no es una genialidad incomprendida. Es una pésima idea.

Este discurso, además, se replica en el mundo académico. En programas de emprendimiento y cursos de innovación se glorifica la creatividad como fin en sí misma. Se aplaude al que lanza algo nuevo, sin preguntarse si es necesario. Se entrena para diseñar prototipos, pero no para validar con humildad. Se enseñan herramientas, pero no se cultiva criterio. Y así formamos una generación que cree que innovar es impresionar, no resolver.

Corregir este error exige volver a lo esencial. Escuchar más. Observar mejor. Preguntar antes de programar. Validar antes de lanzar. Entender que innovar no es producir ruido con tecnología, sino generar valor con propósito. Que no todo lo que brilla es innovación. Que no todo lo que puede hacerse debe hacerse.

¿Estás de acuerdo conmigo? ¿Sientes también que hay demasiados juguetes caros y pocas soluciones verdaderas? ¿Cuántas veces hemos celebrado el artefacto y olvidado al usuario?

La innovación no es un despliegue técnico: es un acto de inteligencia ética.

No es novedad por novedad: es transformación con sentido.

No es matar arañas con bombas: es usar lo justo, lo necesario, lo pertinente.

Porque si lo único que tienes es una bomba atómica, verás arañas por todas partes.

Y si aplaudes cada destello tecnológico sin preguntarte a quién sirve, terminarás rodeado de cenizas.

La innovación no se mide en bits, sensores o algoritmos.

Se mide en humanidad.

En pertinencia.

En huella..