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¿Quién responde por los que ya no quieren vivir aquí?

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Cuando la ciudad deja de proteger a sus jóvenes, pierde su esencia y su futuro. La indiferencia ante el suicidio infantil debe romperse con acciones concretas y un cambio cultural que priorice la salud emocional. Santa Marta necesita urgentemente mirar a sus niños y adolescentes como su responsabilidad y esperanza vital.

EDITORIAL

Una niña de 12 años y un joven de 17 se suicidaron en Santa Marta en menos de una semana. Eran menores de edad. Eran nuestros. Vivían aquí. Y esta ciudad no se detuvo. Ni una declaración pública de duelo. Ni un llamado urgente desde el gobierno local. Ni un acto simbólico que interrumpiera la inercia. Nada que pareciera reconocer que, cuando un menor se quita la vida, no basta con lamentar: hay que responder.

Lo verdaderamente grave no es que haya suicidios —los hay en todas partes—, sino que ya no nos escandalicen; que nos limitemos a informar, a opinar, a emitir boletines sin preguntarnos qué significa vivir en un lugar donde niños y adolescentes dejan de encontrar razones para seguir. Aquí la pregunta no es clínica. Es política. Y es moral: ¿por qué este territorio —su gente, su institucionalidad, su cultura— ha dejado de ofrecer sentido a sus hijos más jóvenes?

Los síntomas son conocidos. Lo que no es aceptable es la pasividad con que se los administra: los colegios carecen de herramientas reales para acompañar emocionalmente a sus estudiantes, pero siguen evaluando bajo modelos que castigan la diferencia; los centros de salud mental están saturados, subfinanciados y, muchas veces, deshumanizados, y las alcaldías hablan de juventud en campaña, pero recortan presupuesto para sus programas apenas llegan al poder.

Las iglesias condenan el suicidio, pero callan ante el abandono sistemático de miles de jóvenes por parte del Estado. Y en los medios —sí, también aquí— hay más espacio para el juicio que para la escucha, más eco para el escándalo que para la prevención, más morbo que pedagogía.

En Santa Marta se está perdiendo algo más que vidas: se está perdiendo el pacto moral que da sentido a la palabra comunidad. Porque cuando los niños y adolescentes empiezan a considerar que vivir aquí es más una condena que una posibilidad, el problema no es individual, sino civilizatorio.

La soledad, el desarraigo y el cansancio de crecer en un entorno que no abraza ni contiene no nacen de la nada, sino que son el resultado de una cadena de omisiones: del Estado, del sistema educativo, de las familias, de los líderes, de todos.

Y entonces preguntamos desde esta tribuna: ¿quién asume la responsabilidad por estos ciudadanos en potencia que no encontraron lugar en el mundo que les ofrecimos? ¿quién responde por el joven que nunca fue escuchado, por la niña que se cansó de esperar una oportunidad, por la institución que ignoró sus síntomas?

No bastan las campañas. No bastan los comunicados. No bastan las promesas, hace falta un acto público de reconocimiento moral, una respuesta institucional a la altura de la vida que se perdió y una transformación profunda de nuestras prioridades como ciudad: Santa Marta no puede seguir hablando de futuro mientras entierra a quienes debían construirlo. No puede celebrarse mientras su juventud se apaga. No puede funcionar con normalidad cuando dos menores optan por irse sin que nada cambie.

Aunque no se aborda el tema del suicidio en personas mayores en las líneas más arriba, mientras escribíamos esta nota periodística, un hombre de 39 años se quitó la vida, por eso OPINIÓN CARIBE deja esta EDITORIAL como acto de conciencia, no para señalar culpables individuales, sino para decir lo que pocos quieren oír: hemos fallado. Y fallamos todos los días cuando actuamos como si estas muertes fueran inevitables.  Los que seguimos vivos tenemos la palabra. Y la obligación de preguntarnos si esta ciudad, así como está, sigue siendo digna de ser habitada por sus hijos más jóvenes.