Metrópolis
El bienestar animal: una decisión de ciudad
La historia de un rescatista que vive entre animales salvados, el trabajo del Centro de Bienestar Animal y las cifras del programa de esterilización revelan cómo Santa Marta enfrenta la sobrepoblación animal entre la acción ciudadana y la política pública, un relato que muestra avances, límites y responsabilidades compartidas frente a una problemática que es cada vez menos invisible.
Por: Rosiris Castillo Ruiz
En Santa Marta, la sobrepoblación animal no se manifiesta en cifras aisladas, sino en escenas que se repiten a diario. Perros que deambulan por la Playa de los Cocos, se recuestan sobre la arena caliente o se acercan a los visitantes en busca de comida. Caninos que recorren el mercado público detrás de una perra en celo, entre residuos, ruido y aglomeraciones. Animales heridos, enfermos o fracturados que continúan en las calles sin atención médica, mientras la ciudad avanza sin detenerse a mirarlos. Estas postales permiten dimensionar un problema que durante años fue normalizado.
Para estos animales, la esperanza resulta tan necesaria como el alimento o los vendajes. La posibilidad de un futuro menos incierto, el acceso a una atención médica digna y la certeza de no ser invisibles se convierten en factores esenciales frente a la sobrepoblación que se evidencia en la ciudad. A partir de ese reconocimiento, el compromiso ciudadano y la acción institucional han empezado a ofrecer respuestas más estructuradas.
Ese compromiso tiene un rostro concreto. El de Luis Carlos Riaño Galvis, un rescatista cuyo camino comenzó sin planificación previa. En 2006, su hija encontró un perro pequeño y solo. Lo llamaron Lucas.
Con el tiempo, aquel rescate se transformó en el eje de su vida y dio origen a la fundación La Huella de Lucas, nacida de una experiencia familiar que terminó convirtiéndose en causa colectiva.
Desde entonces, Luis Carlos ha dedicado años a sostener ese legado. En la actualidad, su refugio alberga cerca de 120 perros y 50 gatos, todos rescatados del abandono, la herida o la enfermedad. A los 52 años, vive en un contenedor acondicionado en la vereda Ojo de Agua, rodeado por los animales que ha salvado. No se trata de una vida cómoda, pero sí de una decisión consciente. Cuando se le pregunta por la mayor gratificación de su vida, responde sin rodeos: estar en paz consigo mismo, sabiendo que cada jornada se dedica a proteger a seres que la sociedad suele ignorar.
La labor individual encuentra respaldo en una estructura institucional. En Santa Marta, el Centro de Bienestar Animal se ha consolidado como un espacio destinado a atender las realidades más críticas que enfrentan perros y gatos en condición de vulnerabilidad. Su enfoque principal es la respuesta inmediata a casos de urgencia vital, como atropellamientos, envenenamientos, heridas abiertas, fracturas y otras situaciones que ponen en riesgo la vida de animales sin hogar o en contextos precarios.
Este Centro no actúa de manera aislada. Funciona como el núcleo de una red de apoyo más amplia, integrada por fundaciones, rescatistas independientes y colectivos animalistas que trabajan de forma articulada con la administración distrital. La magnitud de ese trabajo conjunto quedó reflejada en la última entrega de concentrado, en la que participaron más de 70 actores entre organizaciones reconocidas y ciudadanos comprometidos con la causa.
Uno de los pilares de la política pública de bienestar animal ha sido el control poblacional a través de la esterilización. En este aspecto, Santa Marta ha registrado avances significativos. En el transcurso de dos años se han realizado 16.000 esterilizaciones, una cifra que impacta directamente la salud pública animal y contribuye a reducir progresivamente el número de animales sin hogar.
Como resultado de este esfuerzo sostenido, han comenzado a disminuir los casos de abandono que saturan las calles de la ciudad. Aunque el problema persiste, la articulación entre acción institucional y compromiso ciudadano ha permitido pasar de la improvisación a una política pública orientada a soluciones más responsables y duraderas.
La posibilidad de un futuro distinto para los animales en Santa Marta se sostiene, en buena medida, en la perseverancia de personas como Luis Carlos Riaño Galvis. Su refugio no solo ofrece alimento y protección, sino una forma concreta de cuidado frente a una realidad que durante años fue ignorada. En cada animal rescatado queda una huella que habla de responsabilidad, constancia y de una ciudad que empieza, lentamente, a asumir que el bienestar animal también forma parte del bienestar colectivo.
