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Jairo Donado Pinto tributo a quien enseñó a servir con el ejemplo

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Por Harold Castañeda Robles

Hay personas que no pasan por la vida: la sostienen. Personas que, sin hacer ruido, se vuelven refugio, guía y camino para otros. Así fue el Doctor Jairo Manuel Donado Pinto: un hombre de una sensibilidad social profunda, con un don de gente tan auténtico que bastaba compartir unos minutos con él para sentir que el mundo podía ser un poco más humano.

Quienes lo conocimos de cerca entendimos que su mayor grandeza no estaba en el cargo que ocupó, sino en la manera como trataba a las personas. Tenía esa virtud rara: escuchar con paciencia, hablar con respeto y corregir sin herir. En tiempos en los que muchos confunden liderazgo con dureza, él demostraba que se puede dirigir con firmeza y, al mismo tiempo, con afecto. No era solo un jefe, era alguien que dejó una huella humana imborrable.

Yo tuve el privilegio de trabajar junto a él, y si algo puedo decir con el corazón en la mano es que él no solo orientaba procesos: orientaba vidas. Su trato era cálido y sencillo; su presencia, tranquila; su palabra, precisa. Tenía esa forma humilde de estar en lo alto sin dejar de estar cerca, ni que hablar de su calidez humana, sencillez y trato cercano.

El Doctor Donado era, ante todo, un hombre que entendía el dolor ajeno como propio. No se limitaba a mirar necesidades: las sentía. Y esa empatía —tan escasa y tan necesaria— fue el motor silencioso de su vida. Por eso hoy puedo decirlo sin exagerar: fue un faro de luz que iluminó la vida de muchas personas. No porque prometiera soluciones mágicas, sino porque supo sembrar esperanza donde otros solo veían dificultades. Su forma de actuar enseñaba a todos, incluso sin proponérselo: enseñaba con el ejemplo.

En lo personal, ese ejemplo me quedó arraigado. Me enseñó el servicio por los semejantes, que dignificar, es abrir puertas, es tratar a cada ser humano como si su historia importara. Me enseñó que una institución —cualquiera que sea— vale por la manera en que se aproxima al más vulnerable. Y me enseñó algo que hoy, con su ausencia, se vuelve mandato: servir con respeto, servir con humildad y servir con amor.

Su sensibilidad no se quedaba en lo social: también era profundamente espiritual y humana. En su obra artística y religiosa se asoma esa misma vocación de consuelo, volcó su fe en el «Oratorio por La Paz y la Justicia Social: El Regreso a Getsemaní», una obra del género sinfónico de la cual es autor de letra y música. Esta pieza magistral ha sido el eje central de eventos a nivel nacional donde ha conmovido a los asistentes al llevarlos a una profunda reflexión espiritual sobre el mensaje de amor y paz de Jesús. La obra recrea el momento de la agonía en el huerto, conectando al público con la humanidad de Cristo próxima al martirio.

También creó el “Rosario de Sanación”, con aprobación eclesiástica desde hace más de dos décadas, como una ruta de acompañamiento para quienes buscan paz y fortaleza. Porque él era así: alguien que no solo quería resolver problemas, sino sanar lo que el mundo rompe.

Hoy, cuando se habla de su legado, yo prefiero decirlo de esta manera, Jairo dejó algo más duradero que cualquier obra material. Dejó una lección de humanidad. Dejó una forma correcta de tratar al otro. Dejó una luz encendida en quienes lo conocimos y aprendimos de él.

Y si tuviera que resumirlo en una sola frase, me quedo con la que vibra como su testamento moral: “vivir para servir”.

Porque eso hizo. Y porque eso me enseñó.