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La Firma

LA CIUDAD DONDE TODOS NOS CONOCÍAMOS

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Santa Marta no perdió solamente el tren, la bahía transparente y las calles de piedra. Perdió algo más difícil de reconstruir: la comunidad donde cada rostro tenía nombre.

Por Víctor Rodríguez Fajardo — El Man del Sombrero

«La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».
—Gabriel García Márquez

Dice la gente en las esquinas que el tiempo no pasa por Santa Marta, sino que se queda enredado en las acacias y trupillos de los parques y en las redes viejas de los pescadores que todavía le piden milagros a un mar exhausto.

Pero el tiempo sí pasa.

Pasa callado, con alpargatas, sin avisar. Nos cambia la ciudad por fuera mientras nos deja la infancia intacta por dentro, ardiendo como una brasa debajo de la ceniza.

La memoria es tramposa. No sabe de metros cuadrados ni de planos arquitectónicos. Uno cree que creció en un palacio de muros infinitos, custodiado por un perro que parecía un león, y medio siglo después regresa con los ojos afinados por la academia y descubre una casita del Instituto de Crédito Territorial: paredes delgadas, habitaciones apretadas y dimensiones pensadas para la clase media de un país que siempre ha medido los sueños con el rasero de lo justo.

Pero el niño que fuimos no mentía.

Aquella casa era una mansión porque allí no vivía solamente el concreto: vivía la certidumbre de estar a salvo. La arquitectura de la infancia no se levanta con ladrillos. Se construye con la sombra del patio a las tres de la tarde, con la voz de la madre llegando desde la cocina y con el olor del mar entrando por la ventana sin pedir permiso, como entraba entonces todo lo que valía la pena.

En la Santa Marta de los años sesenta, la bahía no era una postal desteñida colgada en la sala de algún ministerio. Era un reino transparente donde todos teníamos nombre, apellido y apodo ganado a pulso.

Don José era el custodio de aquella orilla. Repartía gomas de llanta de carro como flotadores, mientras la arena crujía bajo el sol y los muchachos buscábamos los hoyitos de los cangrejos con el palo del raspao.

Uno se metía en un agua tan clara que los cardúmenes de sardinitas le pintaban las piernas de plata. Y bastaba que los pescadores comenzaran a jalar el trasmallo para que medio barrio corriera a ayudar, aunque nadie necesitara tanta ayuda. Íbamos por el vicio hermoso de ver brincar la vida entre los nudos de la red.

Eso era la comunidad.

No una palabra de manual universitario ni un programa escrito desde un escritorio. Era el trasmallo, el grito, la carrera, la risa y el salitre. Era saber que lo que ocurría en la orilla también nos pertenecía.

Quienes caminaron la avenida Santa Rita antes del pavimento todavía pueden escucharla debajo del asfalto. Era roca viva desprendida del cerro adyacente, piedra que los pies aprendían de memoria como se aprende el camino a la casa de la abuela. Hoy tiene pavimento, sí, pero a medias, lleno de huecos y remiendos, como si la ciudad hubiera perdido la costumbre de terminar lo que comienza.

El sonido que realmente nos ponía la hora era el del tren.

El Expreso del Sol y el Autoférro no transportaban solamente pasajeros y mercancías. Llevaban despedidas, regresos, amores y noticias de un mundo que comenzaba después de los cerros. Por eso el tren terminó metido en los cantos de los juglares vallenatos: era el mundo moviéndose sobre rieles y la prueba de que más allá del mar había algo esperando.

Llegaba con una puntualidad casi británica. En medio de nuestro desorden caribe, era su manera de enseñarnos que algunas cosas todavía merecían confianza.

También estaba la sirena del puerto: aquella voz grave y prolongada que atravesaba la mañana para llamar a coteros y estibadores. No era solo ruido. Tenía propósito, oficio y dignidad. Le avisaba a Santa Marta que el día había comenzado en serio.

La sirena llamaba al trabajo. Los bafles de hoy no llaman a nadie: apenas expulsan el silencio.

Parlantes descomunales vomitan música desde el amanecer hasta que la madrugada se cansa. No es nostalgia de viejo malhumorado. Es contaminación sonora y, sobre todo, la señal de que algo se rompió en aquello que nos debemos los unos a los otros. Antes un sonido organizaba la ciudad; ahora el ruido de cada uno pretende imponerse sobre la vida de todos.

Y para que no quede duda de que aquella fue una década de gracia, hay que recordarlo sin modestia: en 1968, el Unión Magdalena fue campeón de Colombia.

Una sola vez.

Pero fue suficiente para que una ciudad entera descubriera lo que se siente cuando la alegría no cabe en el pecho y debe salir a bailar a la calle. Hoy la hinchada carga ese recuerdo como una reliquia dolorosa, mientras el equipo pelea en la B con la dignidad de quien no olvida lo que fue, aunque el presente duela y el estadio parezca más grande que la esperanza.

Eso también es Santa Marta: la que ganó y la que perdió; la que brilló y la que aguanta.

Ahora, cuando camino sus calles, el pie pisa el presente, pero la memoria pisa el pasado. Uno termina caminando en dos tiempos. La calle es la misma y ya no lo es. La esquina permanece, pero quien la habitaba se fue. El árbol creció, la pared se manchó y el negocio cambió tres veces de dueño.

Uno camina escuchando dos ciudades a la vez.

Pero si me preguntan qué extraño de verdad, no hablaré primero del agua transparente, del tren, de la sirena ni de las piedras de la avenida Santa Rita.

Lo que extraño es más simple y más grande:

Antes todos nos conocíamos.

El vecino tenía nombre y la señora de la esquina sabía el tuyo. El pescador te reconocía desde lejos y el cachaco de la tienda te fiaba sin pedir cédula porque tu cara era tu firma.

Había una red invisible, más resistente que cualquier trasmallo, que nos mantenía conectados sin que nadie la hubiera diseñado, contratado ni decretado. Se llamaba comunidad, aunque nosotros nunca usamos esa palabra. Simplemente vivíamos dentro de ella, sin imaginar que algún día tendríamos que recordarla para explicar lo que perdimos.

Eso no lo devuelve por sí solo el pavimento. Tampoco una bahía limpia ni un estadio lleno. Una ciudad puede reparar sus calles, recuperar sus aguas y levantar edificios, pero seguir siendo un lugar donde la gente se cruza sin verse, el vecino es un extraño con llave propia y el barrio apenas una dirección postal.

Lo que perdimos no está en el plano catastral.

Está en el saludo que ya no se da, en el nombre que ya no se sabe y en la mirada que pasa de largo porque nadie le enseñó a detenerse.

La Santa Marta que recordamos no es un espejismo de viejo melancólico. Tampoco significa que todo tiempo pasado haya sido mejor. Es la prueba de que esta tierra tuvo escala humana, vínculos, sonidos propios y una forma de reconocernos. No nos contaron que existió: la vivimos.

Los jóvenes de hoy habitan otra ciudad. Esta Santa Marta golpeada es su patria física y el lugar donde están construyendo sus propias nostalgias. Sus casas también les parecerán mansiones cuando las recuerden desde lejos. Sus calles tendrán nombres que nosotros acaso no entendemos y sus recuerdos serán tan legítimos como los nuestros.

Por eso no se trata de pelearle al presente ni de sentarnos a llorar sobre las piedras de una ciudad que ya no existe.

Se trata de contarla.

Porque las ciudades comienzan a salvarse cuando los recuerdos de los viejos se convierten en la ambición de los jóvenes.

Si no les contamos la bahía transparente, el tren que ponía la hora, la sirena que llamaba al trabajo, la tarde en que el Unión hizo campeona a toda una ciudad y los barrios donde cada rostro tenía nombre, terminarán creyendo que la escasez es normal, que el ruido es el único paisaje posible y que el cemento sin alma es todo cuanto pueden esperar de Santa Marta.

Ese sería el verdadero naufragio.

No el del mar, sino el de la memoria.

Nuestra tarea es pararnos otra vez en la esquina, con la dignidad intacta, el sombrero bien puesto y la voz firme, aunque tiemble un poco por dentro, para recordarles a quienes vienen llegando que Santa Marta no es solamente la herida de hoy.

También es la grandeza que fuimos capaces de vivir.

Y si apretamos el paso juntos, recuperamos el derecho a reconocernos y les contamos a nuestros nietos lo que merecen saber, la ciudad que les dejemos quizá pueda volver a parecerse, aunque sea un poco, a aquella mansión luminosa donde un día fuimos completamente felices.

Porque una ciudad comienza a perderse cuando sus habitantes dejan de conocerse por el nombre.