Geopolítica Parroquial
El legado sepultado por la concupiscencia de Petro
El apetito desordenado por los afectos, las lealtades, los cargos y los bienes públicos terminó devorando el relato feminista y moral del primer gobierno de izquierda en Colombia.
Por Víctor Rodríguez Fajardo — El Man del Sombrero
A este gobierno no lo derrotó moralmente la derecha. No lo derrotaron el uribismo ni la oligarquía que tanto nombra el presidente en sus trinos de madrugada. Su relato se está derrumbando en boca de las mujeres que conocieron el poder desde adentro.
Y eso no tiene spin que lo tape.
La concupiscencia no es solo lujuria. Es el apetito desordenado por el placer, los bienes y el dominio: querer una lealtad, un cargo, un silencio o una obediencia con tanta intensidad que la razón y la institucionalidad terminan estorbando.
Gustavo Petro llegó prometiendo cambiarlo todo. Lo primero que no cambió fue él mismo.
Laura Sarabia abrió la primera grieta. Controlaba la agenda y el acceso al presidente. Con ella estalló el caso de Marelbys Meza, la niñera sometida a un polígrafo en dependencias oficiales. Una trabajadora doméstica tratada como amenaza de seguridad nacional cuando el problema tocaba la intimidad del poder.
En ese mismo laberinto apareció muerto el coronel Óscar Dávila. Las autoridades concluyeron que se trató de un suicidio. Angie Rodríguez aseguró que uniformados cercanos al coronel le expresaron que no creían en esa conclusión. No prueba un homicidio, pero deja una pregunta que merece investigación seria.
Sarabia salió, volvió y volvió a caer. En este gobierno las crisis casi nunca expulsaban al círculo íntimo: solo lo movían de silla.
Juliana Guerrero terminó de romper la relación entre Petro y Angie Rodríguez. Según esta, el presidente quiso nombrarla viceministra sin requisitos. Cuando Rodríguez se opuso, Petro habría respondido con acusaciones de envidia y comentarios sobre su físico. Si ocurrió así, el presidente feminista respondió a una irregularidad aludiendo al cuerpo de una funcionaria.
Guerrero, de acuerdo con las denuncias, ejerció influencia real —incluida la Aerocivil— sin cargo equivalente. Gabriela Muñoz también quedó mencionada. El Estado debe esclarecer el alcance de la cercanía y la influencia que le fueron atribuidas.
El poder informal también es poder. Solo que no firma ni responde.
Angie Rodríguez es hoy el mayor problema interno. No porque sea perfecta, sino porque habla desde adentro con nombres y fechas. Está en licencia por depresión y ansiedad. Petro usó públicamente ese diagnóstico para pedir que la declararan insubsistente. La salud mental no invalida una denuncia ni autoriza al jefe de Estado a convertirla en munición política.
Rodríguez denuncia presiones, insultos, temor por su vida y un supuesto intento de comprar su silencio en medio de disputas por recursos destinados a La Mojana. Son acusaciones graves que exigen investigación, no descalificación psiquiátrica.
Sandra Ortiz muestra la otra cara: la dirigente promovida por el proyecto que terminó vinculada judicialmente al proceso por la corrupción de la UNGRD. Su responsabilidad definitiva corresponde a los jueces. Ser mujer no absuelve a nadie del poder que ejerció.
Susana Muhamad representa la ruptura más limpia. En un Consejo de Ministros le dijo a Petro, frente al país, que como feminista no podía compartir gabinete con Armando Benedetti. Petro escogió al operador. Muhamad salió. Benedetti se fortaleció.
Los discursos muestran lo que un gobernante quiere parecer. Las escogencias revelan lo que es.
Francia Márquez, el símbolo más poderoso del proyecto, terminó opacada y relegada. La mujer que puso votos y territorio vio cómo otros entraban con más facilidad al despacho presidencial. Su distanciamiento es uno de los silencios más elocuentes del cuatrienio.
La crisis cruzó también la puerta de la casa. Mary Luz Herrán acusó a Verónica Alcocer de humillar a sus hijos. Es su versión; Alcocer tiene derecho a responder. Pero la pelea por los afectos y la influencia ya no cabía solo en el gabinete.
Day Vásquez abrió la grieta del escándalo de Nicolás Petro. Andrea Petro recuerda que ni la familia puede usarse como coro obligatorio.
Estas mujeres no forman un complot. No ocupan el mismo lugar ni merecen el mismo juicio.
Marelbys padeció el peso del Estado. Sarabia concentró poder. Guerrero representa la influencia sin nombramiento. Angie denuncia haber sido atacada por decir que no. Gabriela quedó bajo preguntas que el Estado debe esclarecer. Ortiz terminó en el expediente judicial de la corrupción. Muhamad se retiró por coherencia. Francia fue relegada. Herrán llevó la disputa a la intimidad. Day abrió una grieta moral. Alcocer sigue en el centro de la batalla por el acceso. Andrea muestra que la familia tampoco es escudo.
Unas padecieron el poder que se les impuso.
Otras disfrutaron el que se les entregó.
Algunas pudieron abusar de él.
Otras terminaron atrapadas en su maquinaria.
Ese fue el rostro de la concupiscencia petrista: el apetito desordenado por los afectos, la obediencia, los cargos, los bienes públicos y el control. La incapacidad de ponerle límites al impulso cuando el impulso llevaba el sello del presidente.
La historia de este gobierno no la escribirá Petro desde su cuenta de X a las tres de la mañana. También la escribirán ellas.
Eso no tiene revolución que lo cure.
Porque una cosa es que lo derrote el establecimiento. Otra muy distinta es que el relato se derrumbe por las voces de su propio despacho, de su propio proyecto y de su propia casa.
Ahí no hay narrativa que alcance.
No hay bodega que tape.
No hay diagnóstico psiquiátrico que sustituya la obligación de investigar.
Lo que queda es un legado sepultado.
No por los enemigos de afuera.
Por la concupiscencia de adentro.
