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Personajes y antipersonajes del año en el Magdalena: entre la justicia, la historia y el agua

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El año que concluye deja en el Magdalena un mapa de poder en movimiento, donde la política, la historia y la disputa por recursos estratégicos delinearon los debates públicos. Las instituciones regionales fueron empujadas al límite de su capacidad de gestión y control, la historia volvió a interpelarnos desde la celebración de los 500 años de Santa Marta, y el territorio fue escenario de anuncios de proyectos que, de cumplirse, modificarían de manera sustancial la vida de miles de ciudadanos. El balance no admite simplificaciones ni lecturas complacientes: hubo gestos de grandeza pública, decisiones controvertidas, fricciones institucionales, litigios de alto impacto, celebraciones históricas y nuevas tensiones sociales.

Lo que está en juego no son nombres aislados ni episodios sueltos, sino la dirección de un territorio que exige menos retórica y más resultados verificables, menos propaganda y más gobierno, menos polarización estéril y más soluciones concretas. Este fue el año de los personajes y antipersonajes que marcaron agenda. Algunos lo hicieron desde los estrados judiciales, otros desde la gestión territorial, otros desde la política de alto voltaje y otros desde la infraestructura que define la dignidad cotidiana, como el acceso al agua y al saneamiento básico.

En todos los casos, la ciudadanía observó, valoró, cuestionó y aprendió. La democracia local no está anestesiada: está en tensión, en disputa y en construcción permanente, con una ciudadanía más consciente de sus derechos y al mismo tiempo más exigente frente a los resultados de sus gobernantes. Esa interacción crítica entre poder y opinión pública es, quizá, la mejor noticia del año que termina y el mayor desafío del año que comienza.

PERSONAJES DEL AÑO

La política judicializada como personaje del año

La judicialización de la política no fue ruido de fondo: se convirtió en personaje central del año en el Magdalena. Demandas, tutelas, medidas cautelares y acciones de nulidad redefinieron la geografía del poder y alteraron la estabilidad institucional prevista tras las elecciones. La anulación de la elección de Rafael Martínez como gobernador y la caída de al menos dos diputados demostraron que el debate electoral ya no termina en las urnas, sino que se prolonga en los tribunales, donde se deciden los contornos reales del poder.

Para algunos sectores, esta dinámica expresa un abuso instrumental del derecho; para otros, la materialización estricta de controles que garantizan la pureza del sufragio y la transparencia de los procesos democráticos. Lo cierto es que la política regional aprendió una lección incómoda: en el escenario actual, ningún cargo está asegurado hasta que el juez se pronuncie de manera definitiva y ejecutoriada.

Este personaje no se detuvo allí. Su alcance se proyectó sobre la terna y el concurso de contralor departamental, generando suspensiones, demandas cruzadas y un ambiente permanente de litigio administrativo; hoy se extiende hacia la lista a la Cámara de Representantes por el Magdalena, mostrando que la disputa por el poder pasa por despachos judiciales tanto como por plazas públicas. La política judicializada no es únicamente un fenómeno procesal, sino una forma de hacer política, una arena de disputa simbólica y estratégica que condiciona decisiones y agendas, reconfigura alianzas y redefine tiempos de gobierno.

Y recordó que la legitimidad democrática depende tanto de la voluntad popular como del respeto al ordenamiento jurídico, pero dejó también preguntas abiertas sobre el riesgo de convertir la acción judicial en una extensión de la lucha política, con desgaste ciudadano y parálisis administrativa como consecuencias no deseadas. Al cierre del año, lo judicial no solo desplazó parcialmente lo electoral, sino que se convirtió en una vía de control ciudadano sobre el poder, usada por movimientos políticos, organizaciones sociales y sectores independientes con inusitada intensidad. La posibilidad de impugnar designaciones, frenar nombramientos o suspender efectos administrativos fue ejercida como nunca antes, ampliando el repertorio de acción política del ciudadano y de sus opositores.

Santa Marta y sus 500 años

Santa Marta no fue un escenario secundario. Fue protagonista en el país y en el Caribe durante 2025. La celebración de sus 500 años reunió durante varios meses al Gobierno Nacional, a misiones diplomáticas, a referentes culturales, académicos y empresariales, y a medios internacionales que la miraron más allá de su tradicional postal turística. La ciudad se reconoció como capital histórica del Caribe colombiano y como territorio con profundas deudas sociales pendientes, particularmente en agua, empleo digno y seguridad ciudadana.

Los eventos conmemorativos resaltaron su belleza natural, su patrimonio material e inmaterial y su potencia simbólica, recordando que la historia no es un museo inmóvil, sino una tarea permanente de justicia territorial y de reconocimiento de sus pueblos originarios y comunidades afrodescendientes que han sostenido su identidad.

La efeméride dejó también una interpelación ineludible: ¿qué haremos con esa visibilidad acumulada? La respuesta comenzó a insinuarse con la Cumbre CELAC–Unión Europea, celebrada en la ciudad, que reunió más de cincuenta delegaciones internacionales, elevó la ocupación hotelera por encima del 95% y generó un impacto económico estimado en más de 20.000 millones de pesos en comercio, alojamiento y servicios turísticos. Las adecuaciones al aeropuerto Simón Bolívar, los dispositivos de seguridad y la operación logística mostraron que Santa Marta puede asumir eventos globales con solvencia y proyección, rompiendo el imaginario de ciudad marginal y reafirmándose como plataforma diplomática del Caribe colombiano.

Sin embargo, la celebración también dejó en claro que la proyección internacional debe corresponderse con la solución de problemas locales. La conmemoración de los 500 años fue, al mismo tiempo, espejo y denuncia. Informes recientes indican que el 44% de los hogares no recibe agua de forma continua y que más del 60% del empleo urbano es informal, lo que plantea un contraste duro entre el brillo de los actos oficiales y la precariedad de la vida diaria en barrios populares y zonas rurales. Santa Marta celebró, pero también reclamó; fue escenario de fiestas, pero también de protestas legítimas por agua, seguridad y oportunidades. Esa tensión entre orgullo histórico y deuda social será decisiva para los años que vienen.

Los grandes proyectos estratégicos

Las plantas desalinizadoras, las granjas solares y el centro de innovación e inteligencia artificial se consolidaron como personajes colectivos del año. No son únicamente anuncios gubernamentales; representan apuestas por un cambio de paradigma en la relación del territorio con el agua, la energía y el conocimiento. Solo en materia de agua se proyectan inversiones superiores a 1,7 billones de pesos entre Nación, Departamento y Distrito para intervenir redes antiguas, construir nuevas plantas y ampliar coberturas en zonas históricamente marginadas. En el campo energético, los proyectos de granjas solares buscan reducir la dependencia de fuentes tradicionales, abaratar costos y promover una transición ordenada hacia energías limpias, mientras que el centro de innovación e inteligencia artificial aspira a insertar a la región en dinámicas tecnológicas de frontera.

Bien ejecutados, estos proyectos pueden transformar la vida cotidiana de barrios enteros, reducir la dependencia de fuentes hídricas frágiles como ríos y pozos ya sobreexplotados, y colocar al Magdalena en el mapa de la transición energética y tecnológica del país. Constituyen la promesa de pasar del discurso a la infraestructura real, de las declaraciones solemnes a los resultados tangibles, con impactos directos en salud pública, productividad y competitividad regional.

Pero también representan una prueba mayor de madurez pública y de ética administrativa: exigen licencias sociales, estudios técnicos rigurosos, transparencia contractual, participación ciudadana y gobernanza territorial, de lo contrario se convertirán en fuente de frustración y conflicto social. Así, por su escala e impacto fiscal, estos proyectos son también un examen para la transparencia y la planeación a largo plazo. Se requieren cronogramas claros, responsables identificables, fuentes de financiación aseguradas y mecanismos reales de veeduría ciudadana. La región ya conoce el costo social y económico de las obras inconclusas y de los anuncios que nunca se materializan. Si se pretende evitar que este portafolio de megaproyectos termine en el cementerio de promesas políticas, será clave el rol de los medios, de la academia y de las organizaciones sociales en el seguimiento riguroso de cada fase.

La relación Pinedo–Petro

Entre los personajes políticos del año destaca la relación fluida entre el alcalde Carlos Pinedo Cuello y el presidente Gustavo Petro. En un país marcado por la polarización y la desconfianza mutua entre niveles de gobierno, esta interlocución mostró que la gestión puede imponerse sobre la estridencia ideológica y que los territorios necesitan resultados más que trincheras discursivas. El Gobierno Nacional acompañó varias apuestas distritales en materia de agua, vivienda, cultura e infraestructura, mientras que el Distrito entendió que los grandes proyectos requieren articulación interinstitucional real y diálogo fluido con los ministerios.

La ciudadanía percibió que la cooperación no implica subordinación, sino corresponsabilidad en la solución de problemas concretos. Este vínculo permitió alinear carteras, priorizar proyectos y destrabar decisiones que durante años habían estado aplazadas por cálculos políticos. Santa Marta fue incluida en programas nacionales de innovación con enfoque climático y en iniciativas de transición energética, mientras avanzaron conversaciones para fortalecer el sistema de acueducto y saneamiento. No se trata de una alianza incondicional, pero sí de una coordinación que sustituyó el bloqueo sistemático por la cooperación estratégica.

En tiempos de confrontación permanente, el mensaje político fue claro y pedagógico: gobernar exige hablar incluso con quien piensa distinto, porque la ciudad es prioritaria frente a cualquier identidad partidista. Sin embargo, este capital político no es eterno. Si la sintonía institucional no se traduce en obras visibles, mejoras medibles en la prestación de servicios públicos y políticas públicas sostenidas, la narrativa de cooperación se transformará rápidamente en desencanto ciudadano. La relación Pinedo–Petro es hoy un activo político y administrativo importante para Santa Marta, pero su valor real dependerá de su capacidad de convertirse en acueductos que funcionan, barrios con agua, empleo digno y seguridad ciudadana reforzada. Pasar del buen tono al buen gobierno será la prueba definitiva en 2026.

Margarita Guerra: el rostro de una renovación política

La gobernadora Margarita Guerra se consolidó como uno de los personajes del año al proyectarse como rostro de renovación dentro del caicedismo. Su estilo pausado, su narrativa de cercanía con comunidades y su énfasis en los temas sociales contrastan con la imagen desgastada de varios caciques de Fuerza Ciudadana y de actores tradicionales del departamento. Representa una transición generacional y estética en el ejercicio del poder, con mayor atención al lenguaje ciudadano, al reconocimiento del disenso y a la interlocución con sectores que históricamente se sintieron excluidos de la toma de decisiones públicas.

Ha sabido posicionarse en la opinión pública como figura fresca en un escenario saturado de confrontaciones y litigios. Pero el personaje no está terminado de escribir. La verdadera evaluación llegará con su capacidad para gestionar, ejecutar y gobernar sobre realidades estructuralmente complejas, como la inseguridad, la pobreza rural, la crisis del agua y el rezago en infraestructura educativa y vial. Guerra carga con el reto de demostrar si esa renovación es de fondo o solo de forma, si se traducirá en reformas concretas en las prácticas políticas o en un simple reacomodo de liderazgos tradicionales bajo nuevos discursos.

En un contexto de judicialización de la política y alta desconfianza ciudadana, su margen de error es estrecho, y la exigencia pública, cada vez mayor. En sus primeros meses de administración ha dado señales de reconfiguración interna del gobierno departamental, combinando figuras heredadas con nuevos cuadros técnicos y promoviendo agendas como cambio climático, economía popular, educación superior y participación de mujeres rurales. Ha construido un discurso de cercanía y reconciliación política hacia sectores diversos, buscando disminuir la polarización que marcó años anteriores.

No obstante, su examen principal estará en la capacidad de blindar su gobierno frente a presiones de quienes aún conciben el poder como patrimonio personal, y en la coherencia entre su discurso de renovación y las decisiones administrativas que adopte. Su historia política se está escribiendo ahora, y será juzgada por resultados, no por expectativas.

El Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado

En una ciudad sedienta, el Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado dejó de ser un documento técnico para convertirse en un verdadero personaje del debate público. Santa Marta vivió otro año marcado por desabastecimientos recurrentes, barrios que dependen de carrotanques, tensiones sociales por el agua y una percepción generalizada de injusticia hídrica entre comunidades de la zona rural y urbana. En ese contexto, el Plan Maestro se proyecta como la hoja de ruta que puede resolver décadas de improvisación institucional, fragmentación de competencias y soluciones parciales que nunca atacaron el problema estructural.

Su relevancia radica en que toca la línea más sensible de la dignidad humana: el acceso efectivo al agua potable y al saneamiento. Su ejecución implicará decisiones impopulares, inversiones altas, obras de largo aliento y consensos políticos que trasciendan períodos de gobierno. No hay margen para discursos sin cronograma, ni para anuncios sin financiación ni estudios serios. Este personaje del año no habla, pero obliga: obliga a las administraciones presentes y futuras a coordinarse, a los operadores a responder con eficiencia y transparencia, y al Estado central a priorizar la infraestructura básica sobre la estética superficial. Obliga también a la ciudadanía a ejercer veeduría y a comprender que sin obras profundas no habrá soluciones duraderas.

El impacto esperado es tan contundente como medible: la ciudad podría pasar de 83% a 98% de cobertura en agua potable y de 75% a 95% en alcantarillado si el plan se ejecuta plenamente en los próximos años. Sin embargo, el tiempo corre en contra y el cambio climático agrava el estrés hídrico, mientras barrios como Taganga, Bonda, Gaira y los cerros altos siguen dependiendo de soluciones precarias y costosas. El agua, que este año fue símbolo, conflicto y promesa, será en 2026 la línea roja que medirá el éxito o fracaso de cualquier administración. El Plan Maestro no es del futuro: es del presente urgente y del juicio político que la ciudadanía hará muy pronto.

La APP Ruta Magdalena–Sierra–Mar

La APP Ruta Magdalena–Sierra–Mar se consolidó como uno de los grandes personajes del año porque dejó de ser un simple corredor vial para convertirse en una visión integrada de desarrollo entre río, montaña y mar. El proyecto, estructurado bajo un esquema de Asociación Público-Privada, contempla una inversión cercana a 2,7 billones de pesos para la financiación, construcción, rehabilitación, operación y mantenimiento del corredor Santa Marta–Barranquilla, especialmente en el tramo Ciénaga–Barranquilla. Su impacto alcanza municipios como Ciénaga, Pueblo Viejo y comunidades del corredor de la Troncal del Caribe, articulando circuitos productivos, turísticos y logísticos estratégicos para el Magdalena y el Caribe colombiano.

Más allá de las obras físicas, la ruta simboliza una apuesta por transformar el modelo de conectividad del departamento. Incluye intervenciones de doble calzada y mejoramiento de tramos claves, como los autorizados entre el peaje de Tasajera y la Ye de Ciénaga, donde ya existen más de ocho kilómetros con licencias ambientales parciales aprobadas. El proyecto contribuirá a aliviar la congestión logística y turística, reducir tiempos de desplazamiento, fortalecer la seguridad vial y dinamizar la competitividad de sectores agrícolas, pesqueros, turísticos y comerciales que dependen de esta arteria costera estratégica.

Su reconocimiento institucional también la convierte en personaje del año. La Agencia Nacional de Seguridad Vial destacó en 2025 el trabajo de la Ruta Magdalena–Sierra–Mar por su compromiso con la seguridad vial, gracias a acciones pedagógicas y de intervención en el corredor. El desafío, sin embargo, está en garantizar que la obra avance con transparencia, sostenibilidad ambiental y participación real de las comunidades, protegiendo ecosistemas sensibles de la Ciénaga Grande y la Sierra Nevada. Si cumple esos estándares, la ruta podrá consolidarse como una política de cohesión territorial y no solo como una obra de ingeniería.

ANTIPERSONAJES DEL AÑO

La violencia en la Sierra y Santa Marta

Durante 2025 la violencia criminal se consolidó como uno de los grandes antipersonajes del año en el Magdalena. Entre enero y noviembre, el departamento registró más de 570 homicidios, con Santa Marta como uno de los principales focos urbanos y con municipios de las estribaciones de la Sierra Nevada inmersos en disputas entre estructuras armadas ilegales. Las pugnas por el control de rentas ilícitas, la reconfiguración de grupos armados y la debilidad de la presencia integral del Estado dieron como resultado un clima de miedo, desplazamientos, confinamientos y silencios impuestos en barrios y veredas. La vida cotidiana quedó atravesada por la amenaza y por la sensación de vulnerabilidad permanente.

La Sierra Nevada y sus zonas de influencia padecieron extorsiones, homicidios selectivos, masacres, reclutamiento de jóvenes y presión sobre comunidades indígenas y campesinas. Alertas tempranas de la Defensoría del Pueblo y pronunciamientos de organismos internacionales documentaron asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos, mostrando que la violencia no es solo un fenómeno delincuencial sino también un ataque directo a quienes ejercen liderazgo comunitario y control social. La violencia dejó de ser un dato aislado o una estadística lejana para convertirse en estructura de riesgo cotidiano, que condiciona la economía local, el turismo, la movilización y el ejercicio de derechos fundamentales.

Cada cifra es una vida rota y un proyecto truncado. Cada homicidio es un fracaso del pacto social y una herida abierta en la democracia regional. Este antipersonaje nos obliga a preguntarnos cuándo la seguridad dejará de ser un eslogan de campaña para convertirse en política pública efectiva, integral y sostenible, que combine presencia militar legítima con inversión social, justicia oportuna y oportunidades reales para los jóvenes. La Sierra y Santa Marta enviaron un mensaje claro durante el año: sin seguridad humana no hay proyecto de futuro posible.

La reacción paquidérmica de los entes de control

Otro antipersonaje del año fue la reacción paquidérmica de los entes de control frente a la flagrante violación de principios que rigen la función pública. Casos evidentes de opacidad contractual, posibles conflictos de interés, uso político de la pauta oficial, presunto direccionamiento de contratos y fallas graves en la prestación de servicios públicos fueron tramitados con una lentitud incompatible con la gravedad de los hechos denunciados. Las advertencias de organismos de control, las alertas tempranas y las denuncias ciudadanas terminaron, con frecuencia, atrapadas en laberintos procedimentales, traslados interminables y decisiones aplazadas.

La sensación ciudadana fue clara: el Estado ve, pero llega tarde o llega a medias. Esta lentitud estructural no es solo un problema administrativo; es un golpe directo a la confianza pública. Cuando la vigilancia administrativa, fiscal y disciplinaria llega tarde o no llega, se normaliza la idea de que la impunidad es parte paisajística del poder. Se premia al avivato, se castiga al ciudadano cumplido y se envía el mensaje perverso de que infringir la ley puede resultar rentable.

La ética pública no se defiende con ceremonias ni con discursos altisonantes, sino con decisiones oportunas, sanciones efectivas y transparencia verificable, y en ese terreno el año deja una deuda grave que no puede maquillarse con informes complacientes. Este antipersonaje no es un individuo concreto: es una práctica cultural arraigada en sectores del Estado. Es la cultura del archivo fácil, de la excusa procesal, de la dilación calculada y de la sanción simbólica que no transforma conductas. Mientras tanto, la corrupción, la violencia y el abuso encuentran terreno fértil para reproducirse.

En 2026, los entes de control tendrán que decidir si siguen siendo observadores tardíos o se convierten en garantes efectivos del interés público y de la dignidad ciudadana.

El despido masivo de periodistas

Uno de los antipersonajes más dolorosos del año fue el despido masivo de periodistas y el silenciamiento derivado de la dependencia de la pauta oficial. En varias salas de redacción locales y regionales se produjeron recortes de planta, presiones editoriales, cierre de espacios críticos y reconfiguraciones que afectaron directamente la pluralidad informativa. Paralelamente, organizaciones de periodistas registraron amenazas, estigmatizaciones y hostigamientos contra comunicadores que investigan corrupción, violencia o mafias locales, generando un clima de miedo que incide en lo que se publica y en lo que deja de publicarse.

La relación entre publicidad oficial y líneas editoriales ha sido un punto de presión constante. Es necesario afirmarlo sin eufemismos ni retórica vacía: sin periodistas no hay periodismo. Sin periodistas no hay investigación, ni denuncia, ni contraste de versiones, ni memoria histórica, ni control ciudadano. Lo que queda es propaganda, publirreportaje y silencio impuesto o autocensura. El debilitamiento de las salas de redacción no es un asunto corporativo o gremial, sino un problema democrático profundo, porque golpea directamente el derecho ciudadano a estar informado y a deliberar con base en hechos verificables.

Cuando el poder premia con pauta o castiga con su retiro, no solo afecta a un medio: afecta la calidad de la democracia. El despido masivo de periodistas, unido a la precarización laboral del oficio, produce un apagón informativo paulatino que favorece a los poderes opacos y perjudica a la ciudadanía. Defender a los periodistas es defender a la sociedad en su conjunto, porque sin prensa libre ninguna reforma, ningún plan maestro, ninguna política pública puede ser evaluada con rigor.

El reto del próximo año será desmontar el silenciamiento estructural y devolverle dignidad laboral al periodismo regional, entendiendo que sin periodismo independiente no hay posibilidad real de control democrático.

Finalmente, el año termina con certezas y advertencias. Hubo personajes que abrieron caminos y antipersonajes que encendieron alarmas éticas e institucionales. La región demostró liderazgo, capacidad de gestión y proyección internacional, pero también expuso sus heridas abiertas: violencia persistente, agua insuficiente, entes de control lentos y un periodismo golpeado. El reto para 2026 es claro y no admite aplazamientos: menos estrado y más gestión, menos propaganda y más instituciones, menos silencio y más periodismo libre. Santa Marta y el Magdalena no necesitan salvadores providenciales; necesitan un Estado que funcione, prensa independiente y ciudadanía vigilante, consciente de que el poder público es un servicio temporal y no un patrimonio familiar.