Editorial & Columnas
El derecho a equivocarse emprendiendo
Por: Gerardo Angulo Cuentas
Hace algunos semestres, en una conversación con estudiantes que intentaban sacar adelante pequeños negocios dentro de la Universidad del Magdalena, uno de ellos me dijo con honestidad desarmante: “profe, yo sé que esto no es todavía un emprendimiento como tal… pero es lo que me permite seguir estudiando”. No hablaba de un plan de negocios, ni de escalabilidad, ni de formalización. Hablaba de sobrevivir.
Ese día recordé algo que he sostenido durante años en distintos escenarios académicos: la universidad es el lugar perfecto para equivocarse. Equivocarse barato, equivocarse temprano, equivocarse acompañado. Equivocarse sin que el error te expulse del sistema, sino que te forme. Y esa idea —tan propia de la pedagogía universitaria— también debería aplicarse al emprendimiento estudiantil.
Hoy la Universidad del Magdalena vive un debate que, en apariencia, es administrativo: la legalización y regulación de los emprendimientos dentro del campus. Pero en el fondo es un debate educativo mucho más profundo: si la universidad será un espacio donde los estudiantes puedan aprender a emprender —con errores incluidos— o si solo reconocerá emprendimientos cuando ya estén maduros, formales y correctos.
Muchos de los negocios estudiantiles que hoy vemos en el campus no nacieron como proyectos empresariales estructurados. Nacieron como respuestas inmediatas a necesidades económicas reales. Jóvenes que venden alimentos, accesorios o servicios no lo hacen primero para emprender: lo hacen para sostenerse. En el Caribe, emprender rara vez empieza con capital; empieza con necesidad.
Ahí aparece la tensión. Porque cuando esas iniciativas crecen en número y presencia, la universidad —como institución— tiene la obligación de ordenar el espacio, garantizar movilidad, convivencia y equidad. La regulación es inevitable. Ninguna universidad puede convertirse en un mercado informal permanente.
Pero el punto crítico es otro: ¿cómo regular sin negar que el emprendimiento también es un proceso de aprendizaje? ¿Cómo formalizar sin castigar el error propio de quien está empezando?
Si aceptamos que la universidad es el lugar para equivocarse, entonces también debe ser el lugar para aprender a emprender equivocándose.
Esto implica reconocer algo que a veces se olvida: el emprendimiento universitario no nace formal. Se forma. Pasa por etapas. Empieza desordenado, improvisado, incompleto. Igual que un primer informe, un primer prototipo o un primer experimento de laboratorio. Nadie le exigiría a un estudiante que su primer intento académico sea perfecto. ¿Por qué esperar perfección empresarial desde el inicio?
La Universidad del Magdalena ha avanzado en construir un ecosistema emprendedor: el Centro de Innovación y Emprendimiento, los programas de formación, el capital semilla y la Zona de Emprendimiento son pasos importantes hacia una universidad que no solo enseña teoría, sino que impulsa creación económica. Ese camino es valioso y necesario.
Pero precisamente por eso, la formalización de los emprendimientos estudiantiles no debería verse solo como un asunto de control del espacio, sino como una etapa pedagógica del proceso emprendedor. Legalizar no debería significar simplemente autorizar o prohibir. Debería significar acompañar la transición entre el rebusque y la empresa.
Porque el rebusque, en contextos como el nuestro, no es lo opuesto al emprendimiento. Es su punto de partida más común.
Muchos empresarios del Caribe comenzaron vendiendo en patios, calles o entornos informales. Lo que los transformó no fue la prohibición, sino el acompañamiento. Alguien les enseñó a mejorar, a organizarse, a formalizarse. La universidad puede —y debería— ser ese “alguien”.
Si la regulación universitaria se percibe como sanción, los estudiantes la verán como exclusión. Pero si se percibe como reconocimiento de un proceso en formación, se convertirá en oportunidad. La diferencia es enorme: en un caso se corrige; en el otro se educa.
Legalizar emprendimientos estudiantiles no es exigir que ya sean empresas. Es reconocer que están aprendiendo a serlo.
Y aprender implica errores: precios mal calculados, productos inestables, modelos improvisados, ventas irregulares. Todo eso hace parte del proceso. Pretender emprendimientos perfectos desde el inicio sería negar la esencia misma de la formación universitaria: experimentar, fallar, ajustar y volver a intentar.
Por eso, el debate actual en la Universidad del Magdalena no debería plantearse como informalidad versus formalidad, sino como aprendizaje versus exclusión. La universidad que enseña a emprender no elimina los intentos imperfectos; los transforma.
En una región donde tantos jóvenes abandonan la educación superior por razones económicas, cada iniciativa productiva estudiantil es también una estrategia de permanencia. Permitir que evolucionen hacia la formalidad no es tolerar el desorden: es convertir necesidad en oportunidad.
Si la universidad es el lugar perfecto para equivocarse, también debe ser el lugar perfecto para aprender a emprender. Porque al final, el objetivo no es legalizar el rebusque. Es que quienes hoy sobreviven vendiendo dentro del campus, mañana puedan vivir de empresas que nacieron allí.
¿Tú qué crees?
