Editorial & Columnas
Ni cristal ni piedra
Por: Gerardo Angulo Cuentas
Yo tendría unos seis o siete años cuando me puse a llorar en una tienda porque mis padres no pudieron comprarme algo que yo quería. No recuerdo el objeto; recuerdo la escena. Recuerdo la frustración infantil, la vergüenza de llorar en público y, sobre todo, la frase que llegó como un golpe seco: “Deje de llorar, que se va a volver marica”. No fue un grito especialmente violento ni un castigo físico. Fue peor: fue una corrección emocional. Llorar no estaba permitido. Sentir, en exceso, era peligroso.
Durante muchos años no interpreté esa frase como maltrato. Era, simplemente, la forma en que se educaba a los niños varones en esa época: había que endurecerlos. La sensibilidad debía podarse temprano para que no creciera torcida. Mis padres —como tantos de su generación— no buscaban herir; buscaban preparar. El mundo, sabían ellos, no iba a tener paciencia con un hombre que llorara por frustraciones. Y, en efecto, muchas de las generaciones que hoy llamamos “fuertes” no lo eran por virtud, sino por necesidad. Aprendieron a resistir, pero también a callar.
En nuestras sociedades caribeñas —y en Colombia en general— crecer hace 30 o 40 años implicaba convivir con formas de crianza donde la emoción masculina era sospechosa y la vergüenza funcionaba como herramienta educativa. Algunos desarrollaron carácter y resiliencia; otros aprendieron, sobre todo, a ocultar la vulnerabilidad. La historia no es uniforme, pero sí comparte un rasgo: la fortaleza se asociaba con dureza emocional.
Esa misma escena —un niño llorando en una tienda— probablemente sería manejada hoy de forma distinta. Muchos padres actuales intentarían validar la emoción: “entiendo que lo quieras”, “sé que te sientes mal”, “no siempre podemos comprar todo”. Y ese cambio no es menor. Refleja un avance civilizatorio: el reconocimiento de que las emociones infantiles no son debilidades que deban corregirse, sino experiencias que deben acompañarse.
Sin embargo, como suele ocurrir en la historia social, el péndulo no se detuvo en el punto medio. Pasamos de una cultura donde la emoción era reprimida a otra donde la incomodidad es evitada. Bajo el discurso de la protección emocional, muchas familias han optado por eliminar casi toda frustración del camino de los hijos. Se negocia la norma, se suaviza la exigencia, se intenta que el niño no sufra. Y allí emerge el diagnóstico contemporáneo de la “generación de cristal”.
Pero el contraste es engañoso. Ni todas las generaciones anteriores fueron emocionalmente sanas por ser duras, ni todos los jóvenes actuales son frágiles por ser sensibles. La fortaleza no nace de la brusquedad, pero tampoco de la sobreprotección. La fortaleza, de hecho, no es patrimonio generacional: es resultado de experiencias, vínculos y aprendizajes.
Quizá el error conceptual está en confundir dureza con fortaleza y sensibilidad con debilidad. La dureza es resistencia externa; la fortaleza es estabilidad interna. La dureza se impone; la fortaleza se construye. Cuando la sensibilidad se combina con límites y responsabilidad, se convierte en inteligencia emocional. Cuando se combina con evitación y sobreprotección, se convierte en vulnerabilidad.
Mirando hacia atrás, puedo decir que aquella frase en la tienda no me destruyó. Tampoco me fortaleció por sí sola. Fue parte de un ecosistema de crianza donde aprendimos a aguantar más que a comprendernos. Muchos de nosotros crecimos funcionales, responsables, trabajadores; pero también con alfabetización emocional limitada. Nos costó nombrar lo que sentíamos, pedir ayuda o mostrar fragilidad sin sentir vergüenza.
Hoy veo a jóvenes que expresan emociones con más naturalidad, que cuestionan tratos injustos y que no aceptan la humillación como método formativo. Eso, lejos de ser decadencia, es un progreso cultural. Al mismo tiempo, observo que algunos tienen dificultades para tolerar el no, el esfuerzo prolongado o la crítica directa. Y allí aparece el nuevo desafío educativo: cómo formar personas emocionalmente abiertas sin volverlas psicológicamente frágiles.
Si hoy volviera a esa tienda con mis padres, no necesitaría que me compraran nada. Solo habría querido que me dijeran: “sé que te duele, pero no podemos”. No habría cambiado el resultado —seguiría sin el objeto—, pero habría cambiado el aprendizaje: la emoción no era peligrosa, solo debía atravesarse. Ese es, quizá, el punto de equilibrio que nuestra sociedad todavía busca.
Porque las generaciones no necesitan ser de piedra para ser fuertes, ni de cristal para ser humanas. Ni hijos de la piedra ni hijos del cristal: personas que puedan fallar sin quebrarse y esforzarse sin endurecerse. Personas formadas con afecto y exigencia, con empatía y responsabilidad. Personas capaces de sentir y resistir al mismo tiempo.
Esa es, en el fondo, la tarea generacional que tenemos hoy: formar carácter sin violencia y sensibilidad sin indulgencia.
Porque, al final, las sociedades no se sostienen ni con piedra ni con cristal. Se sostienen con personas capaces de sentir y resistir al mismo tiempo. Y esa combinación —más que heredarse— se educa.
¿Tú qué crees?
